Don Sergio Di Nucci: un perezoso desvergonzado

Por Leonardo Sai

La obra de Sergio Di Nucci recién empezó. Es más: él mismo es ya un personaje, un Ricardo Darín de las letras. No esperamos de él ninguna sofistiquería dialógica, intertextual ni mucho menos esos farsantes encubrimientos suministrados por San Panesi, el Monasterio Puán y sus ovejitas chorras. De Don Sergio Di Nucci esperamos robo, afano, sucio lucro. Es la versión literario-periférica del capitalismo, un padrino local. La sublimación menemista, en el plano de las ideas, se llama plagio. Es el máximo de sublimación posible para este tipo de bicho social. No pidan más. Di Nucci se ha vuelto una página de las perversiones urbanas. Roedor, es decir, animal cosmopolita, moderno, con dientes poderosos para masticar piezas olvidadas, con olfato para el queso. Animal prolífico, veloz reproductor de sí. Máquina contaminante: transmite rabia, indignación y usura. Ataca animales débiles, pobres, muertos. Y, fundamentalmente, tiene una gran utilidad en los estudios de laboratorio. Disecar un Di Nucci permite entender la materia que socialmente somos. Ahora bien ¿Quién es Sergio Di Nucci? ¡De quien estás hablando! Les paso a explicar, detenida y rápidamente, el caso polémico.

Me enteré del caso Di Nucci por un excelente texto de Elsa Drucaroff, semióloga, escritora del libro El infierno prometido, Roberto Arlt, el profeta del miedo, un ensayo imprescindible sobre Bajtín llamado La guerra de las culturas y muchas otras genialidades más. Es una mujer brillante, obsesiva, demasiado judía. Recientemente, escribió un artículo “Qué supone defender un plagio” . El caso es el siguiente: Sudamericana-La Nación arman un concurso. Un tipo se presenta. Se llama Sergio Di Nucci. Gana el concurso. Drucaroff lee el libro, le gusta, le agrada, hace público su reconocimiento porque “era otro escritor joven que venía a integrar la valiosa generación literaria sobre la cual en este momento estoy escribiendo”. Drucaroff feliz. Hay talentos, todavía hay vida en el país de la virgen de los sicarios. Luego la escena trágica. El tribunal lee el libro Nada de Carmen Laforet. La Ley ejerce su dictat: Di Nucci plagió a Laforet. ¡Robo! ¡Robo! ¡Un plagio! Se revoca el premio. Drucaroffcorre a leer el libro. Afirma que “leyó a los 16 años” Un olvido, de muchos, pero no de todos. Di Nucci casi lo logra, faltaba poco y la ley salía burlada. Pero No. Hay castigo. Drucaroff siente responsabilidad. Su conciencia se vuelve insoportable. ¡Cómo no lo advertí! Entonces, defiende la condena de la Ley, confiesa el fallido, es honesta cien por cien, palabra por palabra. Es tan seria que además juega con las mismas armas que sus contrincantes que —a diferencia de ella no sienten culpa, ni indignación, ni responsabilidad ni nada de nada: ironía contra ironía, sarcasmo contra sarcasmo, chicana contra chicana, interpretación contra interpretación. Una sinfonía atonal de inteligencias rabiosas se desencadena. Drucaroff no lo soporta en sí, no puede ser cómplice: los busca uno por uno, los detecta, les clava una pregunta: “¿Nos obliga a algo lo que decimos los intelectuales?” Drucaroffse pone el manto socrático. Nos genera ese deseo de saber. Y ese es el rol del Educador. El resto importa menos.

El puchero está caliente: es la salsa criolla de la comedia de la UBA. Las aguas se dividen. De un lado, quienes quieren borrar el límite, correrlo, hacer que no duela; son la tribu incestuosa de Jorge Panesi —prestigioso crítico y según Drucaroff “uno de los grandes críticos literarios de hoy”—, Daniel Link y el rebaño virtual de los adolescentes del Monasterio Puán que los adulan como histéricas: ¡Muerte del Autor! ¡Muerte del autor! ¡Intertexto!. Los Panesis dicen tener la Verdad: toda literatura es necesariamente robo. En nombre de la Sagrada Literatura, nosotros, los críticos, nos burlamos de ese lastre animal llamado Trabajador. Nosotros, robamos, lo decimos, lo defendemos, bien teórica, bien prácticamente. Drucaroff estalla. Allí está la Ley, allí está el límite. Pertenece a la religión del Padre, de la Ley, del Libro: es demasiado judía para dejarles pasar un asunto como este. Del otro lado, tratan de correr el límite de la sentencia, como cristianos maternales, dicen: “Se trata de un procedimiento: ¿No habéis escuchado hablar de la intertextualidad? ¿Acaso no habéis oído hablar de un tal Derrida? ¿Acaso habéis olvidado las verdades de la teoría del signo?” Pervierten el saber. Drucaroff arremete como justiciera: inicia una empresa de castración simbólica.

Para Panesi en la literatura se puede y se debe robar. Drucaroffdesenmascara: “Usted usa el concepto teórico de autonomía de la literatura y lo traslada a la autonomía de quienes hacen literatura”.Panesi, envicia los términos, modifica las líneas de la cancha: llama a una cosa por otro nombre. Sucede, explica Drucaroff, que los académicos estudian lo que otros producen, no ellos; creen estar a salvo de los refugios de la cultura, la vida mercantil y el cultifilisteísmo. Afirma que el menemismo vació las palabras, que fue una especie de cultura política en donde se podía decir una cosa, la otra, todo lo contrario y donde nada, absolutamente nada, crece, ni prospera: una ciénaga. El menemismo no solo fue el uso de los placeres por diez años. Además de darle una vuelta de media a la moral alfonsinista, liberar el exceso de toda culpa, aflojar el tejido hasta la irresponsabilidad de destruirlo todo, rifar el país, diseminar una máquina suicida en la sociedad, invirtió los valores. Desde esa inversión, es Drucaroff quien es acusada, de menemista. ¿Quiénes acusan? Una especie de retórica con sabor cool en la pluma de Daniel Link. Le gritan: “militante de la propiedad privada”, “detectivesca”, “policía moral”, “adicta al copyright”, “burguesa”. Link dice que se asusta y asombra de la posición ignorante y reaccionaria de quienes condenan el plagio.Drucaroff defiende la condena. Leyó los blogs del conventillo online. Pensó: ¿así que ignorante? ¿Reaccionaria yo?. La sed de venganza recorrió sus venas. Volvió a leer el podrido blog. ¡Vení, lindo, vení que te voy a demostrar lo que es una Madre Judía Enojada y Marxista!Drucaroff lo introduce a su pasión literaria y política. Afirma que Link no entiende qué es la propiedad privada. Es más: Link no entiende aMarx en lo mínimo para aprobar un CBC de Sociedad y Estado. Link dice que la valoración del individuo creador es un invento de la burguesía feliz. Drucaroff arremete “Tal vez Link extrañe esa dorada época en que indios esclavos tallaban exquisitos santos en las Iglesias, sin derecho a firmar, o a cobrar, o a recibir apenas reconocimiento de la comunidad, memoria póstuma y valoración alguna; tal Link extrañe los maravillosos tiempos en que en las Letras regía el principio de autoridad y la falta de autonomía hacía de todo creador un sirviente del noble, el rey, el Papa… Solo quiero admitir que no, yo no extraño esos tiempos, más bien junto a MarxEngels en su Manifiesto Comunista, rindo homenaje a esa notable revolución que supuso la irrupción de la igualdad jurídica en el mercado y la burguesía, respecto del Orden Feudal, reservándome por supuesto el derecho a combatir las desigualdades que esa igualdad oculta, a espaldas del mercado” Luego demuele: “Soldados de la propiedad privada, defensores del capitalismo: Es una vieja táctica de ciertos integrantes de esta academia corrernos por izquierda (nuestra ideología oficial) para volver todo tan infinitamente subversivo, tan trasgresor, que ninguna trasgresión cotidiana, modesta, sirve ya para algo, comparada con aquella teórica que se repite de la fotocopias que se leyó preparando una clase o un parcial, y con las que nadie pretende realmente ser consecuente. La puesta en jaque total de la propiedad privada poco tiene que ver con los planteos de Marx, que son los que originaron en la humanidad tanto revolucionarismo. Solamente desde el desconocimiento profundo o la mala fe se puede escribir eso. Marx no ataca cualquier propiedad privada, ataca una muy concreta: la de los medios de producción. Postula la necesidad de terminar con ella. ¿Y para que? Simplísimo: para que nadie pueda apropiarse (como hace quien plagia) del trabajo ajeno. Lamento dar explicaciones escolares a tan subversivos y audaces polemistas…” Drucaroff implacable. Daniel Linkpierde el semblante, se cae el antifaz, camina por Palermo SOHO, busca una nueva pilcha, cavila una nueva ironía, renace por más. Basta, por el momento, de este conventillo. Entremos por otro lado.

Hablemos de la perversión, no tanto del cuarto peronismo. El menemismo es una designación social del exceso. Pensemos un poco la microfísica del goce, luego lo macro. La ley del perverso es hacer su ley, conoce la ley universal, la reniega, examina, ejerce el peritaje de la trampa. Por eso, el Fetiche. El fetiche oculta la falta, reemplaza el castigo de la ley: “Nadie me castiga, a mí, Jorge Panesi: tengo la Verdad literaria”. El fetiche es la convertibilidad, el espejuelo 1 a 1. Y la convertibilidad de este caso: un Di Nucci vale un Laforet, y no hay falta. Todo igual, sin límites.

El menemismo, “un conjunto de valores compartidos”, todo esa parafernalia histórico-social sirve para describir, analizar, condenar, clasificar, poner distancia. Es cierto que no todos somos menemistas. Pero eso es un mecanismo de defensa de minorías, de fragmentos altivos, que afirman “Les advertí: ¡Jódanse!” Es imperioso hablar del menemismo. Constituye la atmósfera de una época, una forma de intoxicación psicopolítica, un cinismo enseñado, encumbrado, una bajeza gozada: el baile embriagador de un poder irresponsable. Di Nucci ha sido acusado de menemista, de perverso, de obsceno plagiador, esto es, se ha vuelto un escritor interesante. Di Nucci es un pillo. No es un demonio, es un perversito. Segrega sofismas, trampas: es demasiado perezoso para el crimen perfecto. Quiere disimular, pero toca colas en público. ¡Resultadismo! ¿Y si nadie se enteraba? ¿Se acordarían hoy de Laforet si no hubiese salido esto a luz? ¿Hubieran recordado su vida, su militancia en pleno franquismo, su olvido? ¿Acaso es Di Nucci ese lado oscuro que le permite ser brillo a la luz?

Hoy Di Nucci es el Ricardo Darín de Nueve Reinas, no Pauls. Es perdedor. Hoy es pisado por los tribunales y los comité de Eticas. Como diría mi amigo Tomás Abraham: a Di Nucci le faltó limitar su bilardismo. Por eso, la obra de Di Nucci recién comienza. Ahora bien ¿Por qué Drucaroffdice que “menemismo es un conjunto de valores compartidos y naturalizados”? Ya que todos estos críticos literarios se agarran del mínimo detalle del fallido, del sin querer queriendo, pensemos eso de “conjunto de valores compartidos y naturalizados”. ¿Qué quiere decir esa jerga sociológico moral de los valores compartidos, naturalizados, hecho cuerpo? Allí hay una clave, quizás.

El menemismo no es tanto un conjunto de valores, menos un tipo de moralidad: es la puesta en disolución de los mismos. El menemismo es el ácido argentino, la forma periférica del nihilismo real, imaginario y cultural. ¿Cómo es que el menemismo obtiene su Ismo? Entre muchas explicaciones, me gusta ésta: lo que en el poder es goce, abajo se vuelve imperativo categórico. ¿Qué? Lo que en el poder -en el ejercicio del poder-, se convierte en exceso, vivido desde el rebaño espectador (onanista, villero, sicario, pequeñoburgués) se traduce en cierta frase: “Acá para hacer la tuya, para llegar, tenés que robar.” O, en mayor síntesis: “No robás, no existís.” Lo que el poder ejerce, el esclavo moraliza. Cambalache. Lo que el Amo hace, el Esclavo lo vuelve axioma cartesiano: “afano, luego existo” o en la versión cartesiana de fuerte apache “me mamo, luego existo”. En ese extraño proceso, aparece elismo del Menemismo. Allí donde el ejercicio del poder derrama exceso libidinal, la sex politik de Carlitos, ese mismo goce se vuelve objeto de deseo, se vuelve valor. Pero, ¿cuál es la tragedia de este supuesto valor? ¿Su carga de sentido? ¿Se trata de un Valor? En absoluto, nada de valor. Puro fetiche, puro semblante. ¿Cuál es la fuerza que valora este valor, que lo pesa? Aparece la credencial del nihilismo: todo construido, todo bolivias construccionesDi NucciPanesi, son nihilistas de oficio, nihilistas culturales. Nihilistas incompletos como dice NietzscheCarlos Menem le ha dado a ese huésped un nombre propio, una zona del deseo, una intensidad. Menemismo no es ideología. Una ideología es algo demasiado elaborado, serio. Hay mucho concepto en la ideología. El menemismo es una máquina deseante, pulsional. El menemismo es acéfalo. No hay sentido que pueda mensurar esos supuestos valores del menemismo, ni su difusa “cultura”. Es amoralidad pura, puro artificio, un puro globo. El movimiento difuso que subyace a PanesiDi Nucciafirma que “la lengua es necesariamente toda robo”, “todo plagio”. Esta lógica llevada al extremo impide valorar algo en lugar de la nada. Así, “la muerte del autor” deviene como imposibilidad de valorar el arte de escribir. Lo que nos lleva a dar valor al plagio mismo, al copiar y pegar digital, cosa imposible de admitir. Ese murmullo anónimo, amorfo, disuelve valores, no los crea. No se puede apresar lo amorfo, ni los rostros desfigurados en los límites del mar. El valor reclama una unidad de sentido, el comprender en general, la vida del todo. Panesi,Di NucciLink son la decadencia explícita: están por debajo del nihilismo.

Sin embargo, es necesario un Di Nucci, un Panesi y muchos Link. Los defiendo. Defiendo el plagio Di Nucci. Gracias a su derrota, a su perversión y pereza hoy se vuelve hablar de Laforet, se le vuelve a inyectar vida, lectura, comentario, polémica y conventillo. Me olvido de que soy sociólogo, niego el pasado, deja de importarme el hecho social. Me vuelvo el peor de los nihilistas activos, pasivos, reactivos; Me vuelvo gusano, lacra, desvergonzado, etc. Deliro a un Di Nucci, al escritor por venir.

¡Plagia tu nueva palabra y rómpete!

Bajar en pdf: Don sergio di nucci

PUBLICADO: Marzo 15th, 2007

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