LA GUERRA PRIMITIVA; por Leonardo Sai

Por el imaginario del siglo XIX, por el panfleto ecológico y la “new age”, se cree, muy cómodamente, que los primitivos eran unos seres armónicos, unidos al fermento, como humus contemplativo del retorno idéntico de lo eternamente igual. Es una imagen tierna que considera la vida del primitivo como vida feliz. Nada que ver. Hay violencia en la sociedad primitiva; su ser social está determinado para la guerra. ¿Cómo se cristianiza a estas “gentes sin fe, sin ley, sin rey”? ¿Cómo se hace con estos tipos que desconocen el estado, los derechos humanos, la sociedad de los imperativos universales? ¿Cómo se hace cuando todo poder es directamente común y no se concentra en nadie sino que permanece indiviso? La guerra primitiva es una sociedad para la guerra. Sociedad primitiva quiere decir sociedad de multiplicidades esquivas que rechazan la unificación de una trascendencia. Primitiva es la sociedad absolutamente libre. Sin gobierno, sin estado, sin jerarquía. Estos “sin” no equivalen a la negación de la sociedad sino a una forma social que desconocemos porque solo reconocemos la organización victoriosa de la conquista. Lo universal, entre los primitivos, no es el baile alrededor de la divinidad sino el conflicto armado.

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Los primitivos no hacen la guerra porque cazan: la misma flecha —el mismo objeto– mata a la presa y al hombre y no por ello la guerra es asunto zoológico sino, esencialmente, sociológico. El primitivo es guerrero por independiente; no por miserable. Hace la guerra agresivamente como afirmación de una diferencia comunitaria y no porque responda, económicamente, a las penurias de la subsistencia. Hay que ser superficialmente marxista y profundamente imbécil para creer que los primitivos se matan por “un bajo rendimiento de la tecnología productiva”. La guerra primitiva no es el atraso ni se debate en los términos de la invasión. La economía primitiva es una economía de satisfacción. No hay agotamiento de fuerzas productivas porque las necesidades no son infinitas (como en la sociedad del capital) sino que se trata de una selección de lo suficiente. La sociedad primitiva es una comuna del ocio. Los bienes no son escasos: son lo justo y lo preciso. La esencia de la guerra primitiva no está en otro lado que en su propio ser social. ¿Cómo es esta guerra primitiva? ¿Cómo pensarla?

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Fuera de la diferencia de sexos, no hay otra división en la sociedad primitiva: todos los hombres saben todo aquello que los hombres deben saber hacer. Otro tanto respecto de las mujeres. Se produce para la satisfacción, no para el excedente. El excedente resulta inútil; el deseo de acumulación ni asoma. La explotación, la división del trabajo, la desigualdad no existen en lo social primitivo. Es una totalidad-una que no se representa porque nadie puede diferenciarse, políticamente, de su inmanente indivisión. La sociedad primitiva no permite que ningún poder se separe del resto. Un ejemplo. Supongamos que alguien decide acumular. ¿Qué hace la comunidad al ver que digamos “un rico” acumuló recursos que no usa? Bueno, la comunidad primitiva ayudará, con sus estómagos, a consumir tales recursos gratuitos. Dicho de otro modo: el deseo de acumulación en la sociedad primitiva equivale a la explotación del rico por la comunidad.

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La sociedad primitiva hace la guerra porque lo que quiere es mantenerse indivisa. Lo más lejos posible el extraño, el otro, el enemigo; celosa de su territorio, si va al intercambio lo hace contra su deseo de independencia absoluta. La presencia del enemigo procura convertir a los aliados en cuñados. Intercambiando mujeres no solo se funda la cultura sino que se forjan alianzas para una guerra que no busca extender el dominio en el espacio sino mantener a rajatabla la autonomía política del ser social primitivo. Con el intercambio, los primitivos no suprimen la guerra: la hacen posible. La voluntad de afirmar la diferencia comunitaria, la fuerza de un Nosotros, es lo suficientemente tensa como para que el menor incidente —violación de territorio, agresión del brujo vecino— transforme el frágil equilibrio de una vecindad desconfiada en violencia inmediata. Pero la guerra primitiva no busca el poder, el dominio del enemigo: los primitivos rechazan la formación cultural, es decir, la relación amo-súbdito. El ser social primitivo es muy conservador: persevera indiviso. Si buscara la dominación, ésta le impondría la división política, una ley externa, la unificación y, por lo tanto, perdería todo carácter disperso, autónomo, centrífugo, separado… primitivo. La guerra permanente le garantiza la existencia no como victoria sino como una continua atomización, dispersión, fraccionamiento. Es que la sociedad primitiva tiene por esencial un único enemigo que la organiza: la guerra contra la lógica de la unificación, la guerra contra una instancia que se separe de su cuerpo social, la guerra contra el surgimiento de la historia.

La guerra primitiva es el mayor obstáculo sociológico imaginable a la civilización. El ser social primitivo no puede subsistir sin la guerra: vive para la guerra. A más guerra, menos unificación. Por eso, el maestro Pierre Clastres definía a la sociedad primitiva como una máquina de dispersión que se afirma, que funciona, que se resiste a la máquina de unificar. Nos enseñó que la guerra primitiva es, en rigor: una guerra contra el Estado.

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Texto escrito para el programa de Radio El Circo Miserable, basado en el trabajo de Pierre Clastres “Arqueología de la violencia“, para Fm Nacional Rock 93.7. Conducción del programa: Norberto “Ruso” Verea. 

Para bajarse el audio del programa donde se leyó el presente fragmento:

http://www.mediafire.com/?3b0b3th6psjgy11

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