Expiaciones; por Leonardo Sai

 

Por “sociedad”, en el sentido más importante, entendemos una especie de contextura inter-humana en la cual todos dependen de todos; en la cual el todo subsiste gracias a la unidad de las funciones asumidas por los copartícipes, a cada uno de los cuales, por principio, se le asigna una función; y donde todos los individuos, a su vez, son determinados en gran medida por la pertenencia al contexto en su totalidad. El concepto de sociedad, pues, designa más bien las relaciones entre los elementos y las leyes a las cuales esas relaciones subyacen, y no a los elementos y sus descripciones simples. Así entendido, es un concepto de función.

T.W. Adorno

¿Cómo se puede cruzar el sentirse bien, el clima distendido, lo liviano de un “resumen de medianoche” que repasa la masacre en la indiferencia que seduce tanto como ignora? ¿Qué se quiere “informar” cuando se une al dolor sin concepto la carita de pequeñín de un conductor que propone subir la música del Dj de fondo, prepararse para la noche, coquetear las redes sociales en esa buena onda que lo define revolviendo sangre con azúcar? Lúdico, canchero, informado, saludable, feliz… Quizás, preferimos la renovación generacional de la conducción de los noticieros. Intuimos, sentimos, percibimos, con esa crueldad típica del sentido común, que la cara de cemento de los viejos moralistas no tiene cabida en nuestra cultura light. En definitiva: ¿Cuál es el problema de presentar la violación, la adicción, la corrupción, la tragedia en un clima de joven after office deseante de fans, seguidores, twittertequila sunrise? ¿Cuál es el problema? ¿Acaso no se trata de dilemas, miserias, mala leche de unos individuos contra otros? ¿Qué drama hay? Si, después de todo, no hay ninguna sociedad detrás, adelante, al costado, en el rincón, de cada una de las imágenes tanáticas de nuestro municipio interconectado. A este periodismo de venganza, a veces de bajas calorías, otras veces de cirugía mayor sin anestesia, se lo compensa con una espiritualidad del “hacerte cargo” y, entre ambos, desfilan un sin número de comentaristas, locutores, opinólogos y críticos de la amargura ajena con el objetivo de apresar la intimidad del individuo y volverlo, infinitamente, responsable de un mundo en el cual apenas si incide y casi nunca decide curso mínimo alguno. Somos todos, individualmente, responsables de todo porque la guerra de todos contra todos nos impone la más absoluta igualdad irracional.

Esta cultura hiper-individualista invoca a “la sociedad” desde los medios de comunicación para repartir culpables y víctimas. Gracias a ella el progresismo ha podido, recientemente, identificar que redactores, columnistas, colaboradores de algunos diarios cuestionados por causas de derechos humanos son cómplices subjetivos de crímenes cometidos antes de su nacimiento. ¡Cuántas maravillas nos proporcionan el tribunal de los micrófonos y las iluminaciones de pantalla! En este hiper-individualismo tan crítico como cómodo, Claudio Márquez y Eduardo Feinmann no solo comparten C5N sino que metaforizan el anverso y el reverso de nuestra cultura del yo. Uno, espiritualmente, nos responsabiliza por ser creadores de nuestro propio fracaso. El Otro, sádicamente, goza exponiéndolo. Y la Trinidad se cierra con progresistas y nacionalistas que tienen revisada la cosa y contra el neo-liberalismo individualizante oponen la militancia organizada que denuncia a los poderosos que mueven los hilos del “poder económico” digitando, en el anonimato, la capitulación del pueblo. Alejandro Dolina sublima esta tercera posición que considera que ya no coinciden “poder político” y “poder económico” porque algunos apellidos históricos del segundo se resisten a entregar divisas para que se los acuse, desde el aparato ideológico estatal, de traidores a la patria y auténticos responsables de la dependencia nacional. Solo el molde cambia porque lo que se desplaza —la mirada reduccionista de la sociedad a sus partículas elementales— permanece disimulado.

Es interesante que la sociedad argentina haya ido al fondo, a pesar suyo, con su convertibilidad hasta hacerla estallar en mil pedazos. Los optimistas del presente sueñan con la continuación del hiper-personalismo por otros medios y los pesimistas sueñan con otro personalismo que los favorezca. Esto está tocando fondo y expone la debilidad biológica presidencialista, sus potenciales desenlaces críticos. Hay voces que hoy nos llaman la atención y se pronuncian contra la repetición fláccida a favor de la diferencia. La cinta del 2015 no le calza a nadie y hay tiempo todavía para pensar. No está escrito en ningún lado que debamos resignarnos a la inestabilidad de los compromisos personales. Alcanzar un mayor grado de racionalidad en el ejercicio político es una solución que la propia sociedad plantea, conjuntamente, a sus tendencias absolutistas. Sucede que no va a existir “parlamento” sin una mentalidad parlamentaria que, desde abajo, absorba tanto a opositores como a oficialistas. ¿Otro largo plazo? El algo para existir necesita un horizonte. Quien actúa en el corto plazo no crea nada nuevo. Simplemente, posterga las fuerzas de disolución con diques (discursos) El corto plazo es un falso hacer. Una política parlamentaria, una mentalidad parlamentaria seria, constituye una verdadera revolución cultural para nuestra sociabilidad “atada con alambre”. Hace falta un ejemplo.

Las minorías gays no construyeron la conquista jurídica del matrimonio igualitario del mismo modo que los piqueteros, y el conjunto de los movimientos sociales, la asignación universal por hijo. El triunfo positivo de gays y lesbianas está mucho más despegado de los vaivenes personalistas que la construcción política de algunos sectores piqueteros. Hay diferencias de clase, diferencias de economía política de esos derechos conquistados, sin duda alguna. Pero, también, hay diferencias de construcción política. Los piqueteros y movimientos sociales, salvo excepciones, están ligados al Ejecutivo y desde el aparato de estado se fueron armando las mediaciones, circuitos, conductos. Se lo llama gobernabilidad. La política en pos del matrimonio igualitario conquistó al Parlamento, uno por uno, y luego vino la foto con K. Fue la estrategia micro-física de una mentalidad distinta. Un triunfo parlamentario. No una ley oficialista con apoyo y modificaciones técnicas (a veces importantes como la que el Proyecto Sur estableció, en su momento, a la Ley de Medios) de fuerzas políticas menores. Los gays ejercieron una política con un horizonte de incidencia (regional e internacional) desconocido en la política nacional-centrada. Presionaron sobre el Parlamento; negociaron, discutieron, pulieron argumentos, escucharon a los energúmenos, combatieron las lenguas resecas del cristianismo. El reconocimiento de sus derechos subió un escalón más el piso de la discusión cultural de la sociedad argentina. Quienes no estuvieron a su altura: nos causan vergüenza ajena y humillan nuestra inteligencia. Volvamos ahora a la imagen del periodista cool antes del cierre porque se trata de ver cómo se comunica esta cultura del individualismo pobre que culmina en la verticalidad del todo o nada.¿Signo de qué es el comunicador piola?

No solo los llamados “trabajadores manuales” han perdido su identificación con el oficio. No se trata solamente de la destrucción de las identidades industriales y los modos líquidos de la economía de servicios donde el único punto de identificación con respecto al trabajo es si tengo empleo o no lo tengo. La ética del oficio “con las manos” se disolvió tanto como la ética de la profesión “de la palabra”.  La honestidad intelectual brilla por su ausencia. En la mediática del vivir tampoco tengo un producto que ofrecer sino un “aire que saturar”. El periodista cool tiene tanto largo plazo como los wachiturros. La diferencia es el mercado de fans. El periodista cool puede ser deportivo, de espectáculos, conductor de noticieros o radial. No importa: la forma es la misma. La empresa de medios vende publicidad y el relleno es un canchero desinformado que cree “saber lo que pasa” o se siente exponente-referente de la “universidad de la calle”. No hace falta que “se ponga la remera” de la mega-empresa que lo contrata (sea nacional o trasnacional) Le basta afirmar que “se siente libre” para “decir lo que piensa”. Es el símbolo de un funcionamiento de especialización mediocre; menos versión masculina de vedette que versión televisiva de repositor de supermercado. Basta ponerse a tono con “lo que se dice” y cuestionar la media lo justo y necesario para que pueda, apenas emerger, alguna dimensión de cualidad personal. No existe un reclamo de libertad para transgredir lo establecido. El periodista cool no es un trasgresor. Es un obediente que pugna con otros por destacarse en el circuito de la competencia de empresa. Si actúa de un modo no presupuesto, no es por trasgresor sino para diferenciarse, para innovar. El periodista cool no tiene pasiones: ejecuta un trabajo de presentación pública del mismo modo que una sonrisa de Mc Donalds. La única destreza que desarrolla es elser chismoso y una identificación con una cultura de la empresa de síque lo lleva a producir, constantemente, minuto a minuto, una extensa red de contactos, cenas, comunicaciones, para lograr posicionar su “yo mediático”. La prolongación instrumental, exterior, de sus ansiedades, miedos e inseguridades es el Blackberry y las virtualidades donde descarga la necesidad permanente, imperiosa y mercantil de los otros. El periodista cool dice que es su propia empresa pero jamás gasta un centavo en una inversión real que no sea su propia imagen. Si contrata a alguien: lo hace para sentirse mejor y cubrir una falta subjetiva. No importa si es un profesor de filosofía o un personal trainer. No le interesa ni la filosofía ni el deporte sino aparecer inteligente o saludable. Un gasto para sí. No “lo que soy” sino “cómo me muestro”. El riesgo empresarial real le es por completo desconocido. Necesita mucho ocio para consumir el cheque de fin de mes. Es, sencillamente, un empleado con imaginario empresarial y según su rating: un precio determinado. El periodista cool es un creyente. Un individuo que cree en lo que hace; cree en los valores de la época: sonríe y sufre sus consecuencias. Estas creencias lo llevaran al burn-out, al ataque de pánico, a la cocaína o al Reiki. Importa y no importa. Importa porque es la demostración clínica de una sociedad que masacra los nervios y las resistencias de aquellos explota encumbrando. No importa porque los periodistas cool no existen. Son, esencialmente, exponentes variopintos de nuestro deseo neo-liberal. Háganse las modificaciones pertinentes: sáquese al periodista cool y póngase al militante-funcionario con departamento en Puerto Madero y tendrá la correspondiente versión “nacional y popular” de ese mismo deseo en un marco de cristalización estatal. Cambiará la representación pero el goce permanece idéntico a sí mismo. Cerramos, ahora sí, nuestra crónica de asfalto re-caliente.

Tardamos casi 30 años en recuperar unas posiciones heterodoxas en política económica. Hechos recientes urgen a replantearnos la ortodoxia presidencialista con la cual, de conjunto, reproducimos el esquema de sustituir fusibles, sacrificar chivos e interpelar a la mayoría amorfa de la globalización con modernidad obsoleta.


Publicado originalmente en weblog Nación Apache y en la web de noticias Punto de Equilibrio

Anuncios

Muchas Gracias

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s