Prudencia


Cuando pasa el gran señor, el sabio campesino se inclina profundamente ante él, y en silencio se tira un pedo

Proverbio etíope

Lo que menos necesitamos, respecto del “conflicto Malvinas”, es un gol con la mano. Urge tener juicio y conciencia de nuestros límites. Dicho de otro modo: nuestra minería a cielo abierto, absolutamente fuera del control del estado, es una prueba grosera del poder soberano de nuestra nación. Las provocaciones de Cameron son, simplemente, gimnasia del poder; el reconocimiento chabacano de su ejercicio. Elcinismo vulgar inglés tapa con sentimiento patriótico el desempleo global. Sería digno no hacer lo mismo, no buscar la forma de ser vivos ni piolas; evitar tocarle el culo a la reina. Lo peor, en estos momentos, es redoblar la fuerza.

Logotype of the former Yacimientos Petrolífero...
Image via Wikipedia

Desde nuestra periferia, un gol diplomático a una potencia extranjera es un grave equívoco. Los recursos y consejos del resentimiento no traen gloria para nadie. La Argentina no tiene ni siquiera una Petrobras propia (u asociada) como para explotar el petróleo de Malvinas. Tenemos acciones en YPF. No alcanza. Hay argentinos y argentinas—y no pocos ni pocas— a lo largo y ancho de todo nuestro territorio que defienden la devastación minera con el argumento de que “genera empleo”. Sabio es empezar a revertir esta conciencia cipaya en los actuales límites de nuestro poder territorial. Esta escala de dichos y contra-dichos es, totalmente, innecesaria. Pero los argentinos insistimos en evitar pensar hacia delante. Y nuestro gobierno no para de alimentar el retorno de las huellas del dolor, revolver el pasado y traer sus fantasmas a un presente agobiado de problemáticas más urgentes. El periodismo pordiosero de Jorge Lanata tiene también razones.

Las mentes afiebradas de pos-modernismo consideran que este conflicto por el momento verbal es un asunto de entretenimiento veraniego que “ya pasará”. A los que vemos en estos entredichos algo mucho más tenebroso, peligroso y determinante se nos acusa de paranoicos: el psicoanálisis salvaje es un deporte de la lengua porteña. Sucede que la paranoia no es una enfermedad mental sino un uso: nos permite estar alerta a las señales terribles de lo real. El problema de la paranoia no es el aviso, la referencia, sino sus respuestas: la respuesta paranoica es lo que nos enferma. No su anticipación.

No tenemos ningún honor que salvar ni ningún potencial económico nacional que, a corto y mediano plazo, podamos desplegar en Malvinas. Nos falta mucho para eso. Exponer la vulgaridad británica es ya una conquista de nuestra debilidad. Es inútil avanzar cuando nuestros socios regionales, con un mero cambio de bandera, dejarán pasar los barcos ingleses, todos sometidos a un derecho internacionalextrínseco. Irritar a los ingleses con populismo y patrioterismo es desaprovechar la cólera del enemigo.

Demos el ejemplo cristiano de la compresión, la paciencia, y en silencio: emitamos nuestras flatulencias. Nuestro tiempo es el tiempo de la espera. Con tranquilidad y cordura, vislumbraremos mejores tácticas y una geopolítica respecto de la cual el mundo entero carece de concepto. La crisis monetaria del euro no solo lo evidencia. También lo hace la voluntad de venganza que nos impide imaginar productivamente un mediodía para nuestras posibilidades.

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