Turismo Político

Sobre La democracia en América de Alexis de Tocqueville

Por Leonardo Sai

ALEXIS DE TOCQUEVILLE
ALEXIS DE TOCQUEVILLE (Photo credit: drivebybiscuits1)

Hay una tranquilidad de diario de viaje en La democracia en América. Es un trabajo de campo. Pero también es el esplendor y la contemplación de una idea. Retrata el advenimiento de algo nuevo, una novedad, condenada a diseminarse y esparcirse por todos lados, como un virus, la muerte en masa: bien democrática. Alexis registra una buena democracia y una democracia jodida. La buena democracia desparrama el poder. Tiene sistema municipal, ciudadanía participativa, blanca, racional y consciente. Hay en él una moralidad de minorías contra una moralidad de masas. Hay una necesidad de trasmutar la nostalgia de una época perdida en una política reformista para el presente. Son estas ideas de viaje, estas anotaciones, estas experiencias, estas descripciones y reflexiones las que Tocqueville se lleva de regreso a Francia donde es diputado entre 1839 y 1848 y propugna la descentralización del gobierno y un poder judicial independiente; vicepresidente de la Asamblea en 1849, opositor al golpe de Napoleón III. Se retira de la vida política en 1859. Tocqueville se va, se silencia, este mundo ya no le importa. Y es que en la especie aristocrática del hombre el juicio reza así: “lo que es perjudicial para mí es también perjudicial en sí”.

La mayoría, las masas, son aquí un individuo contra otro individuo que se llama minoría: hay guerra. Alexis no cree en gobiernos mixtos. Dice que el poder no puede estar por su propia naturaleza dividido. En la democracia o predomina la mayoría o no hay democracia. La democracia es un poder de mayoría.

Tocqueville

Tocqueville se pregunta: “¿Hay un poder superior? ¿Cuál es este poder social superior? ¿Cuál es el control?” Muestra la tensión. Racionalidad vs. Pasión. Aristocracia vs. Democracia. Lo que Tocqueville llama democracia es la sospecha de una demagogia invencible. Tocqueville quiere pensar algo más que una realidad sociocultural, política y algo religiosa: quiere mirar el alcance de una forma surgida sin una revolución social subyacente. Es una crítica a un tipo de espíritu, una crítica a un clima, a un hábitat de desarrollo de humanos. Tocqueville critica el invernadero de la democracia, el repollo de los nuevos hombres, la placenta de una subjetividad naciente. Nuestro pensador francés sostiene que ya nadie podrá levantar demasiado la cabeza por encima de nadie, una igualdad se come el alma virtuosa, una inmundicia espiritual acecha la sociedad y sólo Dios sabe qué belleza pueda haber en eso. El remedio que salva a “los valores” de esta serie en expansión es infiltrar un espíritu aristocrático en la democracia, específicamente, intervenir en el aparato de justicia. Justicia descentralizada, voluntad popular dividida, municipios: minorías reconocidas. ¿Cuál es el trabajo que Alexis de Tocqueville está haciendo?

Tocqueville está trabajando teórica y políticamente lo existente sin necesidad de inventar otro mundo. Trabajar lo existente quiere decir, por ejemplo, que Tocqueville ve en el individualismo un relajamiento excesivo del lazo social que hace que el ciudadano deje de ser tal y se sumerja en un egoísmo infructífero para el bien común. En las aristocracias hay familias, en las democracias hay individuos. En las aristocracias hay tradición, en las democracias hay innovación. Tocqueville piensa que si esos hombres ya no le deben nada a nadie, ni esperan nada de nadie, y ven con gusto el destino en sus manos, las instituciones libres les recuerdan que necesitan de un otro para vivir, limitan egoísmos abismales, apartan la mirada de sí sobre sí y mediante la vida política nace una libertad. Una libertad política que combate los males de la igualdad y permite la formación legítima y legal de minorías disidentes, no de individuos aislados y disconformes. Minorías enraizadas en instituciones con peso de decisión en el aparato de gobierno.

Tocqueville dice que la democracia está, que es lo que se viene, que no se la va a frenar, que le desagrada y que no hay otra. ¿Qué hacer? Políticamente, interviene dentro del sistema de gobierno. Teóricamente: inventa lo que luego se llamará sociología. Tocqueville es uno de los primeros sociólogos. Hay un tipo de sociología que se compone con los Tocqueville, los De Maistre, etc. Es una sociología del desagrado manifiesto, del desprecio empírico, del asco a secas. Tocqueville practica la sociología como el arte de la intoxicación voluntaria, como una escucha para las detonaciones de la época. Salvo que Tocqueville a los temas que lo secuestran no les agrega buena voluntad, compasión, ni empatía sino desprecio, distancia, amplitud del ojo. La crítica de Tocqueville es la crítica a una forma: la forma democracia. Los hombres son delegaciones de formas que empiezan antes que ellos, actúan mediante y más allá. Oswald Spengler lo llamaba Cultura. El advenimiento de una forma es el advenimiento de un tipo de sociedad. Tocqueville sobre-reacciona. No se adapta, extrema su insulto. No es un empleado de la teoría del progreso. Es un pensador, esto es, el invento de la bestia que en sus excesos vitales produce ideas.

El libro culmina con frases como esta:

“Recorro con la mirada esa inmensa muchedumbre compuesta de seres iguales, en la que nada se eleva ni se rebaja. El espectáculo de semejante uniformidad universal hiela mi sangre y me entristece, y casi estoy por echar de menos la sociedad desaparecida.”

Publicado originalmente aquí

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