La forma de las cosas: Dólar y argentinidad

Mis ojos han visto el glorioso advenimiento del Señor, Él está hollando la vendimia de las uvas de la ira…

Mi versión del asunto

Truman Capote

I

Pressing porteño—. Nada como la preocupación por el dólar muestra tan claramente el gobierno productivo de la mentalidad de los argentinos. No es un trastorno obsesivo que reclame una clasificación psiquiátrica, ni mucho menos la oportunidad para esgrimir comentarios irónicos sobre el comportamiento psico-social de “la clase media” bajo la forma de columna de opinión: el rostro petulante de Alfredo Zaiat subestima, con su carita de niño diez, una aceitada máquina de poder capaz de recrear un furibundo eje respecto del cual retorna idéntica la costura entre “el campo” y “la gente”.

Bosta, piquete y cacerola: la lucha no es una sola pero el moco comunicativo les infunde unidad en tanto mayoría amorfa: el país se va a la mierda y “la gente” lo disfruta, por fin liberada, en pleno ejercicio de “libertad de expresión”. ¡Periodismo para todos! ¡Fuck you! ¡Fuck you! Todo el chiste, por estos días, se reduce a quién se victimiza más, quién es el más censurado, quién afirma más cínicamente el poder que lo banca: mientras con picos de rating te muestro que me amordazan, más crece la apariencia de verdad de mi discurso.

La modernidad significó una protesta contra la disminución política del hombre al mismo tiempo que una conciencia de insurrección contra la disminución económica del hombre en relaciones objetivas de explotación. Las sociedades actuales, que se llaman posmodernas, suman un tercer bullicio a la crítica de la cultura: la disminución del valor comunicativo del hombre en el medio del imperio tecnológico. Ya presentimos que hagamos lo que hagamos —chico, grande, mediano, inmenso— con honestidad o sin ella, abruma el sentimiento de que la máquina mediática es el conjunto de medidas encaminadas a ridiculizar a los hombres. Ninguna cólera revolucionaria emerge: cualquiera teme ser cogido por el archivo que todo lo graba, edita, denuncia, ve, sea cual sea la nobleza o vicio de su excitación.

La vida privada y la pública se han indiferenciado: el chiquero del comentario cotidiano vocifera, parrandea, bromea, twittea, se aburre, sin responsabilidad alguna, con todo lo que tiene a mano. Florecen un sin número de chupa-sangres del ánimo con el único fin de destruir y después vemos… De Moyano a Boudou —pasando por la negligencia compacta que se cobró vidas en Once y late cómplice en las pútridas infraestructuras de nuestras facultades, hospitales, subtes y construcciones de paja— la lengua sedienta de vengarse del poder quiere urgente purga.

Purga de “viveza” en los subsidios; purga de políticos corruptos; purga de funcionarios lengualarga; purga de periodistas mercenarios; purga de militantes que no dan la vida por Perón sino por la clase media (un departamento, el cumpleaños de quince de la nena, un auto, una casa con diez pinos); purga de organismos de derechos humanos que “protegen a los chorros” y amparan a la “delincuencia subversiva”… ¡Gobierno de amigos! ¡Democracia trucha! ¡Nueva Dictadura! ¡Hambre cero ya! ¡Basta de corruptos! ¡Purga! ¡Purga! ¡Purga!

Sea al batir de la indignación en la esquina de Coronel Díaz y TN o con los argumentos primarios del Frente Amplio: la sencillez del republicanismo charlatán da con la naturaleza campestre del programa opositor bajo el pressing de la puteada porteña.

II

Gelbardismo sustituto y sindicalismo empresario—. Agradecido, y no caliente, debería estar el cristinismo: sacrificar a Moyano es toda la estrategia “política” de los industriales sustitutos respecto a sus costos de producción, en materia de transporte, y es un chivo adecuado para abroquelar a la burguesía con activos productivos nacionales, mediante la inversión estatal, en el negocio de las infraestructuras con salida al capitalismo chino. El “plus de goce” de esta operación no es otro que el debilitamiento del empresario, con pose obrerista, menguando la base material de su poder con inversión ferroviaria.

El keynesianismo exegético de Kicillof, en la década del setenta, se llamaba gelbardismo: todo el secreto pasa por estimular intensamente el consumo de bienes semi-durables mediante una notable inyección de circulante que “fogonee” la demanda y apurar la inversión sustitutiva. La ecuación es clásica en el peronismo: fortalecer a los industriales domésticos con “política económica contra-cíclicas” equivale “independencia del capitalismo nacional”. Dicho de otro modo: lo que en los setentas era clamor de independencia económica, hoy es una desesperada y angustiante maniobra para re-impulsar la acumulación del capital bajo los compromisos firmados en el G-20 en pos de ofrecer demanda mercado internista, desde los emergentes, que garantice flujo de liquidez estatal mientras se ajustan las economías europeas, contra los trabajadores, bajo el puño financiero alemán. No son otros los términos de la dominación: la fracción del peronismo que ejecuta las reformas necesarias para re-encauzar la acumulación en la economía nacional se convierte en el “peronismo de la victoria” más allá de sus costos sociales. Por eso, el peronismo “de la época” es siempre el victorioso.

En ese sentido, la idea de que Moyano organice una “patria camionera”, bajo la conducción de Scioli, con asesoría de un economista del establishment académico —un Javier González Fraga, un Roberto Lavagna, quien sea— es más cotillón de los setentas (“el vandorismo revisted”) mientras se posterga la nueva turbulencia global. Quién quiera luchar o resistir en la organización de esta clásica coyuntura de poder: que lo haga, por favor, sin corear un revival que por ningún lado existe salvo en su mórbida repetición.

La clase media porteña indignada, bendecida por Dios, marcha solita al matadero.

III

Desorganización 2.0—. El dólar es una devaluada reserva de valor en el mundo entero. En nuestra pampa fue además el correlato necesario del terror político: picana monetaria contra la inflación populista como plan de estabilización. El verde hace patente nuestra americana condición dependiente: profundizar la industria sustituta o lamer las bolas del toro —con importado y stand by del FMI mediante— es la disyuntiva que organiza la posibilidad de una industria tecnológicamente potenciada.

Si cada pieza de cierta complejidad debe ser importada: la innovación técnica no tiene otro destino que la pizarra de Chicago y la transferencia tecnológica como exportación de laboratorio sin peso nacional. No hay dólares para “la gente” porque el gobierno tiene que ponerse con el capital financiero (ahorristas de la pesificación asimétrica del 2002, incluidos) para que éste lo deje existir: Ganar autonomía relativa en el marco del estado no equivale a la conquista de una autonomía auténtica y por eso tiene precio. Los griegos no fueron a decidir el 17 si continuaban bajo el euro o si iban al default: fueron a elegir pagar el precio de una autonomía mínima que les restituya un marco elemental de política o la compasión con los cerdos (P.I.G.S) bajo el dictat alemán. Prefirieron el sacrificio de la pertenencia. Volvamos.

Es cierto que ahorrar en pesos con una tasa de interés menor a la inflación no garpa y que el objetivo de pesificar, administrativamente, la economía, en un contexto de alta inflación, sin incentivos para el ahorro, es voluntarista, retórico, timorato. Esta contradicción hace a la esencia de las declaraciones imbéciles del Animal Fernández y a la buena, necesaria y saludable necesidad de purgar agresivamente funcionarios demasiado corruptos… El gobierno primero debe defenderse “de los propios”. Y hasta ahí llega todo lo que moralistas y economistas cristianos (RSE o “responsabilidad social empresaria”) tienen para decir.

Es que si el negrero del pensamiento (el sentido común) dictamina que “lo hacen por el bolsillo” y la sentencia funciona, con tanta plasticidad, para explicar, al mismo tiempo, que “la votaron por la cuota del LSD” y atestiguar que “el cacerolazo es por los dólares” se debe a la universalidad de un argumento sin límite. En particular: no explica ese odio contenido, liberado en las calles del Barrio Norte, que excita, agita, hace gozar a la Pando, en su vulva militar, como orgasmo metafísico del Ser Nacional:

El peronismo se siente el hecho maldito de la Argentina moderna porque se considera tan originario como el conservadurismo y en pie de igualdad con él… Quizás esta crisis tenga un costado optimista, pese a la enorme derrota política del campo popular. Ya sufrimos algo similar en el año 83’. Cedimos el origen mítico de la patria. He aquí la dimensión del antagonismo. Se nos propone seguir adelante, resolver desde el pensamiento la dimensión de esta derrota. No debemos hacerlo. Más bien creo que en este momento trágico al pensamiento le cabe la función de denunciar la herida sufrida, de mostrar su extensión y gravedad… (Enrique Meler; El Azote; Diáspora, Estado y decadencia; Ediciones del signo; 2009)

IV

El precio de la re-primarización emergente—. El proceso desindustrialización iniciado en la última dictadura terrorista, profundizado por el peronismo en la década del 90, conllevó transformaciones sustanciales de la estructura económica nacional. El modelo neo-liberal se tradujo en bajas tasas de crecimiento, retracción de la producción industrial, aumento del endeudamiento externo, contracción de los salarios reales: entre 1976 y 2001 la economía argentina se expandió a una tasa anual acumulativa de solo 1,4% mientras que el endeudamiento externo pasó de 9.278 M de dóls a 139.783 M de dóls en el período de referencia para financiar la fuga de capitales locales al exterior por una suma superior a los 130.000 M de dóls. Entre mediados de los setentas y el año 2001, el salario real se redujo un 25%. Esa dinámica se agudizó, particularmente, a partir de 1998 y hasta mediados de 2002: el PBI se contrajo un 18,4% mientras que la desocupación alcanzaba al 18,3% de la PEA y la pobreza al 60% de la población. La devaluación de la moneda a comienzos del 2002 supuso el comienzo del fin del régimen de la convertibilidad —el golpe de defunción a esa ley fue la reciente reforma de la Ley Orgánica del BCRA— y comenzó a configurarse una nueva forma de acumulación de capital que requería —para hacer posible el gobierno de la sociedad— la reconstrucción del empleo de forma masiva mediante la recomposición del tejido industrial: entre 2003 y 2010 la economía se expandió a una tasa anual acumulativa del 7,4% al tiempo que se generaron 5 millones de puestos de trabajo.

La modificación del tipo de cambio potenció la exportación[1] y, al principio, restringió la importación; las tasas de interés eran bajas; existía capacidad ociosa derivada de las inversiones e importaciones de bienes de capital de los noventas; el salario real estaba por el piso: la tasa de ganancia se elevó sideralmente.  En ese sentido, entre 2003 y 2010, los sectores productores de bienes se expandieron a una tasa anual acumulativa del 6,6% con una contracción de 3,5%, en el 2009, por el impacto de la crisis global. El crecimiento fue liderado por la construcción, la industria manufacturera: la producción industrial creció a una tasa anual acumulativa del 7% entre el 2003 y el 2010.

Entre 2002-2007 funcionó el mercado, solito: hubo una total ausencia de políticas industriales estatales activas, planificadas y coordinadas en pos de una modificación de la estructura productiva nacional: se dejó hacer al  mercado porque la fórmula del dólar alto y las condiciones asiáticas de explotación del trabajo argentino eran suficientes para recomponer las ganancias y ganar las elecciones.

A partir del 2007, con la piña de la crisis internacional y cuando se empezaron a erosionar las extraordinarias condiciones del plusvalor absoluto, se asistió a una desaceleración en el ritmo del crecimiento fabril: el mercado le imponía política activa al estado para re-lanzar “el modelo productivo”. La desaceleración evidencia el lento agotamiento de un número reducido de ramas (sustancias y químicos, alimentos y bebidas, curtiembres, metales básicos, caucho y plástico, armaduría automotriz, ensambladoras de productos electrónicos en Tierra del Fuego); el menor ritmo de crecimiento en ramas diversas como los minerales no metálicos y la elaboración de instrumentos de precisión, de productos textiles y vestimenta, productos elaborados de metal y ediciones e impresiones; la caída en los volúmenes producidos por un conjunto de actividades que durante 2003-2007 se habían expandido en forma considerable como los bienes de capital, los productos de la madera, muebles y colchones, equipamiento de transporte e industrias refinadoras: la innovación tecnológica general ni asoma. Más trabajadores, desocupación encubierta, productos cada vez más caros, necesidad de importar tecnologías: el dólar ya se asoma como el signo de la desesperación económica nacional siempre que un proceso sustitutivo cobra existencia con cierto grado de dinamismo y éxito. Dicho de otro modo: el ahorro de una economía subsidiada, al momento que se recompone, ya se predispone al dólar y al importado.

El proceso sustitutivo nacionalista-profundizado, tarde o temprano, siempre entrará en contradicción con el consumo de lo que se llama “clase media”. Este el núcleo material del conflicto “mediático” que llena de palabras y representaciones el humor del cotidiano. Hasta la fecha, el proceso sustitutivo no tuvo grandes dificultades para incidir sobre la conducta de la población —puesto que se apoya en el poder del aparatos de estado— en cuestiones referidas al consumo (restricciones al dólar) a la producción (un peso, un dólar como condición de la balanza de importaciones y exportaciones) o a los impuestos en general (anarquía impositiva) y, no obstante, en la generalidad de los casos capital-intensivos, la inserción en el mercado mundial es subordinada, pasiva, no innovadora y la principal protesta es la suba del salario contra el cual combaten inflación mediante.

Estos sectores capital-intensivos se apoyan en los sectores más duros de la política industrial oficialista porque necesitan que el estado recorte los negocios de las empresas transnacionales que monopolizan sus sectores productivos como condición de avanzar en mayores eslabonamientos nacionales de la cadena interna de valor. El oxígeno de estos sectores se llama MERCOSUR y la ambigüedad se llama China: desean alcanzar ese mercado pero rechazan su competencia. Esta situación origina una “formación de compromiso” que se llama “licencia no automática”. El debate de las PyMES es el debate sobre la inserción industrial endógena en un mundo mucho más complejo que aquél que, bajo la teoría desarrollista, proponía reformas o planes quinquenales. Volvamos a centrarnos en la dinámica económica de lo que ya se va atisbando como “década kirchnerista”.

El sector construcción registró, durante el kirchnerismo, una tasa de crecimiento aún más elevada que la producción manufacturera (11,3% anual acumulativo entre 2003 y 2010). La industria manufacturera creció en promedio anual acumulativo al orden del 7,98%. Este comportamiento estuvo asociado a la recuperación del nivel de actividad y a la contracción superior al 50% que el sector había experimentado durante el tramo último de la convertibilidad agónica. La producción agropecuaria creció a una tasa que fue aproximadamente la mitad de la registrada en el conjunto de la economía (3,9%) debido, fundamentalmente, al denominado “paradigma sojero”. La producción pesquera y minera, si bien se expandieron, evidenciaron un menor dinamismo al crecer a tasas inferiores a 1% anual acumulativo. Si bien 2003-2011 el PBI per capita pasó de 8 mil millones de dóls a 17 mil millones de dóls (según el FMI) y la tasa de crecimiento (2003-2011) anual acumulativo fue del 7,8% el peso de la industria como tal (PBI-industrial), en el PBI total de la economía, sea en los noventas, sea actualmente, no deja de ser del orden del 17%, según el INDEC.

Cabe precisar que el peso de la industria en el PBI era del orden del 22% en los ochentas, del 31% en los setentas; actualmente, en los países industrializados y muy desarrollados, el peso de la industria ronda el 18%; en los países asiáticos el peso de la industria en el conjunto de la economía representa el 30-34%; en Brasil el porcentaje asciende al 25%. Repito: en Argentina se reduce a su “estable” 17%.

El denominado “modelo industrialista” del kirchnerismo y tomando en cuenta que logró remontar la acumulación de capital desde el abismo económico mayor de la historia argentina (2001-2002) no deja de ser una declaración de principios, un norte, un “deber ser”, una meta, un objetivo político: una idealización, una abstracción, un modelo. No una realidad concreta. No una modificación de la estructura económica.

Y ya es posible ver los efectos: el EMI-base 2006 = 100 (INDEC) se está reduciendo aceleradamente: 4to trimestre de 2010 crecíamos al 10,3% y en el 4to trimestre de 2011 lo hacemos al 2,2% y de diciembre 2011 a enero 2012 —como primera caída desestacionalizada— cayó al 1,5%. Cayeron y siguen cayendo: textiles en todas sus ramas, automotores, alimentos. Según el EMI 2012 del INDEC, autos, acero, farmacéuticas que fueron los protagonistas del auge lo son ahora también de la caída. Es que la política de estabilización y recomposición de reservas de Brasil tiene peso sobre la economía nacional y siendo que el 65% del crecimiento se sostuvo en el consumo: bajan los salarios, bajan las horas extra, se agota la capacidad de deuda de la población… ¿Profundización de la “quita de subsidios”?

Si la demanda interna —o la recomposición nacional de la acumulación del capital que incluye inversión y demanda en su propio concepto—fue el motor del crecimiento es, simplemente, ideológico hablar de “viento de cola”. Asimismo: esto no puede llevarnos a hablar de una “soberanía nacional” en una economía altamente extranjerizada (65% de las ventas de las 500 empresas más importantes son realizadas por trasnacionales) que, no obstante, al recuperar la política económica como herramienta del desarrollo conquistó espacios de decisión clausurados por la ortodoxia convertible. ¿Hay algún sustento objetivo para caracterizar este período como “viento de cola” más allá de las percepciones confeccionadas por la ideología?

Se debe señalar que el crecimiento de las exportaciones de bienes en la economía argentina fue muy significativo ya que pasaron de 28.938 M de dóls en 2003 a 68.133 M de dóls, en 2010, pero la Argentina fue el país de la región con peor desempeño exportador. Si consideramos el conjunto de las economías sudamericanas, las exportaciones crecieron a una tasa acumulativa del 16,2% en el período de referencia mientras que en la Argentina esa tasa fue del 12,7%. Y el crecimiento del valor exportado fue sensiblemente menor al de otras naciones como Paraguay, Perú, Bolivia.

Para concluir con este asuntito: Así como el estudio del sector externo desmiente las habladurías del “viento de cola”: el peso relativo del PBI Industrial desmiente las habladurías “neo-desarrollistas” de “modelo productivo de matriz diversificada” y nos devuelve la realidad de una estructura económica re-primarizada tecnológicamente dependiente.

V

Brasil-Argentina: tipo de cambio y diferencia—. La elevación internacional de los precios de los productos primarios y derivados, a partir del 2007, condujo al ingreso de una masa de riqueza extraordinaria en las economías de la región y determinó una tendencia hacia la apreciación de sus monedas modificando los precios internos. Argentina no apreció su moneda: ganó competitividad mientras sus socios encarecían monedas como modo de evitar la denominada “inflación importada”, esto es, si la moneda es más cara: el precio interno no corre hacia el precio internacional sino que se mantiene, relativamente, controlado a costa de la competitividad de la industria nacional. En Brasil varió un 20,5% y en Chile un 11,0%. Brasil privilegió un tipo de cambio bajo y baja inflación. Argentina al revés.

Truman Capote, 1948
Truman Capote, 1948 (Photo credit: Wikipedia)

Brasil logró una variación anual promedio del 5,6% (2007-2010) en la tasa de inflación. Incrementó las tasas de interés internas para controlar la demanda (para aminorar la inflación) agudizando más la apreciación y fomentando el ingreso masivo de capital financiero: el capital especulativo tomó y sigue tomando deuda a tasas cero en dólar, las invierte en la plaza financiera brasileña, obtienen tasas de rendimiento elevadas y así reciclan las pérdidas financieras del centro desarrollado en ganancias financieras provenientes de las economías emergentes (Brasil y la India como casos ejemplares de este fenómeno) Las inyecciones de dólares a las economías europeas y norteamericanas resultan en colocaciones en Brasil, India, China o Rusia. Esta “bicicleta” es la típica evidenciada en Argentina durante el período 1976-2001. Como resultado, Brasil es una economía también re-primarizada y su industria pierde dinamismo de forma creciente con un déficit de cuenta corriente en 2010 de 55.000 M de dóls. No obstante, la apreciación del real significó una mejora relativa de las condiciones de vida de la población al abaratar los bienes transables y el valor de los alimentos en el mercado local.

Argentina no revaluó su moneda sino que el tipo de cambio nominal se elevó 29,1% entre enero de 2007 y diciembre de 2010 incrementando los precios locales como consecuencias del arrastre de las subas de precios internacionales y de la incapacidad tecnológica de responder a la demanda con una producción aumentada en su escala. Es probable que los oligopolios aumenten sus precios internos persiguiendo el precio internacional y es poco probable que éste sea el caso de las PyMES que suben los precios por motivos de “cuello de botella”. Una economía nacional “re-calentada” con “desempleo domado” es más gobernable, desde el estado, que una economía ortodoxa “abierta al mundo” con “precios domados” que si bien calma la tasa de inflación produce desempleo y crisis social permanente.

Tanto Brasil como Argentina sufren la fuga de capitales y la diferencia no es otra que la magnitud del negocio financiero, en una plaza y en la otra, el monto y poder de acaparamiento de reservas, en uno y en el otro, con la siguiente diferencia: el empresariado brasileño está ganando poder financiero propio en el marco de los BRICS mientras que los grandes grupos económicos argentinos, en todo el ciclo denominado “valorización financiera” (1976-2001), solo lograron vender sus activos nacionales y muy pocos saltar al espacio internacional del valor.

VI

Independencia que supimos conseguir y MERCOSUR—. El capitalismo asociado con voluntad industrialista constituía el proyecto político del desarrollismo de Frondizi: fue el único proyecto de poder de la clase media para la conducción del conjunto de la sociedad y la posibilidad de organizar una especie de industrialización sin Perón. En su lugar, emergió su versión financiera, bajo la dirección de Onganía y la búsqueda de una planificación de la intervención estatal de la mano de Kreiger Vasena y un aparato tecnocrático. Hasta 1973, el conjunto de la burguesía había logrado subsumir, económicamente, a los trabajadores con inflación crónica, stand by del FMI, picos de desocupación, industrialización moderada, devaluaciones varias, represión policial, agro estancado y semi-estancado, unas finanzas que empezaban a sobredimensionarse en deuda creciente. Tales fueron las condiciones de posibilidad de las políticas de ajuste: la ortodoxia monetarista fue el arma de la burguesía terrateniente para combatir al pujante movimiento obrero argentino con dependencia.

Los efectos objetivos de esa desindustrialización (1976-2001) estallaron con la convertibilidad sin anestesia. El peronismo del 73’ se había propuesto (CGE-CGT) re-conectar la vía del desarrollo capitalista dependiente asociado bajo su fracción doméstica de pie y pujante: los industriales de Gelbard. Sucede que en el marco del empate social (1955-1973) no solo se construyeron las alianzas empresariales con la clase trabajadora y sus sindicatos sino que, justamente, debido a la dinámica de la lucha de clases, desatada en 1955, los trabajadores llegaron, en los setentas, ya no solo a sufrir, frenar y resistir medidas ortodoxas en defensa del salario sino a cuestionar, íntegramente, el sistema capitalista. El modelo 1976-2002 acabó, definitivamente, con la fracción industrial del peronismo y derrotó a la clase trabajadora en su conjunto. A pesar de este rotundo aplastamiento, renació, con la sustitución 4 a 1 durante la gestión de Néstor Kirchner: del 2003 al 2007 creando 3.5 millones de empleos, de los cuales 1.5 eran empleos en negro.

This image is taken from the Presidency of the...
This image is taken from the Presidency of the Nation of Argentina web site, in accordance with the copyright licensing internally logged as OTRS ticket 2007042610015988. (Photo credit: Wikipedia)

En los dieciocho años transcurridos entre el derrocamiento de Perón, y su vuelta con Campora, la Argentina retrasó su potencia industrial frente a Brasil. El tejido industrial argentino, bajo las formas nacionales de acumulación del siglo pasado, ya no puede, por si solo, dar un salto tecnológico-productivo que le permita competir en el mercado mundial: la ausencia de políticas de integración industrial y de desarrollo asociado, con el conjunto del MERCOSUR, de forma permanente y sistemática (no coyuntural y según el sector), con el agregado de los programas brasileños de subsidios a la inversión, producción y exportación, solo conducen al bloque a profundizar las diferencias entre las estructuras de valor sin hacer emerger cadenas productivas regionales que solo se abrirán camino si la política industrial de Argentina y Brasil concuerda en dejar de competir por lo mismo (sustitución de importaciones) y asociarse en tanto economías complementarias: dejo de producir esto, vos lo otro, sellamos un acuerdo; cumplimos, de una por todas, el Tratado de Asunción del bloque del año 1991, es decir, nos integramos[2].

Si los industriales no apremian al gobierno con proyectos y éste no los conduce hacia el desarrollo con planificación inter-estatal, productiva, regional y asociada, la Sociedad Rural empujará, nuevamente, la economía nacional hacia la conciliación política: Scioli, endeudado en el meollo de la riqueza bonaerense, es el stand by con el FMI en el estado nación.

Así, tapemos con dólares la contradicción material de nuestro destino y asumiremos, hasta que revienten las cárceles, un clima de seguridad, diálogo y armonía respecto del cual no tenemos existencia.

VII

La argentinidad que se afirma, esencialmente, en la tierra trastocada por moneda mundial e importación limita el porvenir y confunde al trabajo con el látigo. Llámese a ese devenir, como se lo proyecte, en tanto “tecnología” “conocimiento” “innovación general” “ciencia básica” “industrialización de los emergentes” no es aquí la cuestión: supondrá siempre mantener a raya el péndulo que quiere retornar idéntico al origen natural de la Nación, ese que nos borra al desierto.

La guerra por la independencia es, definitivamente, la que hay que hacer.

9 de julio de 2012

Publicado, originalmente, en NACION APACHE

Para bajarse este texto en PDF: La forma de las cosas

Notas


[1] Dada su baja productividad relativa, una manera que tiene la industria de ganar competitividad en el mercado mundial es a través del tipo de cambio real alto que implica salarios bajos en términos de la moneda mundial (dólar principalmente) Los impulsos inflacionarios que se derivan de este régimen cambiario, a mediano plazo, generan las condiciones para la reversión hacia el tipo de cambio bajo. Estas variaciones modifican las tasas de rentabilidad: con tipo de cambio alto los sectores productores de bienes transables se benefician, aumentan sus inversiones y bajan los niveles de los sectores no transables, tanto en inversión como en rentabilidad. Con moneda apreciada, a la inversa: los sectores transables ven disminuidas sus ganancias y los no-transables las incrementan y con ella la inversión, el crecimiento. El resultado es un desarrollo estructuralmente desestructurado. En los 90, por ejemplo, tanto en teléfonos como producción y transporte de electricidad, se realizaban inversiones y se expandían mientras que muchas industrias transables, intensivas en mano de obra, como textiles, desaparecían y el parque industrial trabajaba con un 50% de capacidad ociosa promedio. A partir del 2002, por el contrario, sectores productores de transables o sustitutos de importaciones, prosperaron y amplios sectores de servicios, o energéticos, se retrasaron. A mediano plazo, la ventaja competitiva tiende a erosionarse en la medida en que los bienes no transables y los salarios, especialmente de los sectores sindicalizados, buscan recuperar el terreno que han perdido con la devaluación. Entonces, la evidencia del mediano o largo plazo aparece con toda crudeza y las contradicciones estructurales no pueden maquillarse con arreglos monetarios. La cuestión de fondo no es otra que la debilidad de la inversión y el despliegue tecnológico que no permiten superar el atraso del capitalismo argentino y asegurar una genuina competitividad a su industria.

[2] La integración económica supone estados-partes que son iguales al comienzo pero distintos al final: la diferenciación de un proceso complementario es la patente de la integración productiva.

La foto del Lanata es un dibujo de Gabriel Muro y la pintada en la pared es una foto sacada por el celular de Fonzi…ambos amigos a quienes agradezco y aprovecho a saludar por este medio.

Anuncios

2 comentarios sobre “La forma de las cosas: Dólar y argentinidad

  1. Excelente síntesis del tiempo actual como punto de cristalización de contradicciones profundas y de larga data… eterno retorno de Frondizi, Perón, Gelbard y de la vulva excitada de la Pando… la dialéctica argentina es la del perro que se muerde le cola.

    Abrazo

    Me gusta

Muchas Gracias

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s