Denle un hueso al perro

El hueso lo mastica un perro callejero. Es una esquina de carnicería. El perro relame las sobras con el rigor de unos impúdicos colmillos. Lo hace despacio, como un despótico cirujano. El bife sufre la disciplina carnívora del instinto. Lo tiene enfrente de sí, directo bajo su violencia, quieto, como objeto examinado por el criterio de una incisiva teoría. Las maniobras del hocico, de la pata. Esculca, somete, separa, desgarra, deshace, analiza, digiere. La cola es puro baile de felicidad. El disfrute sobre la presa arrojada es un espectáculo de la naturaleza. El perro clava las uñas. Apetito de la voluntad. Acomoda, mira paranoico el entorno. Nadie se atreva. Camina, entre los hombres, como el mejor político. Ladra con nobleza, ciertamente. También mueve la cola seduciendo a la visita. Pero su lealtad verdadera es con el hueso. Por eso, lo mastica y relame… como quien cavila, por lo bajo, una jugosa venganza. El callejero es un traidor. Es noche y tiniebla. Conjura, contra la luna, el griterío de los fantasmas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agradezco a la fotógrafa argentina Andrea Rumi por la foto del dog at night.

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