¿Para qué sirve leer realmente a Francois Dubet?

… a los jóvenes daneses se los alienta a volverse autónomos y construir su propia experiencia. Se les da ayuda para procurarse vivienda, seguir sus estudios, trabajar; la mayoría trabaja y estudia a la vez, tiene derecho al error y así va entrando de a poco a la vida adulta. Los jóvenes ingleses comparten ese mismo modelo, pero dentro de un marco más inequitativo y menos sostenido por el Estado. Los jóvenes españoles permanecen mucho tiempo en su familia y acceden al empleo gracias a la fuerza de sus redes sociales tanto como a sus estudios. En Francia, todo sucede como si los jóvenes hubiesen interiorizado la idea de que no puede haber salvación por fuera del éxito escolar, y que los títulos educativos deben automáticamente dar acceso a un empleo determinado. Esperan demasiado de sus diplomas, suelen sentirse fracasados y mal orientados, perciben los trabajos menores como obligaciones injustas más que como oportunidades, esperan menos de sí mismos que de la instituciones que siempre los defraudan… Uno debe poder trabajar y estudiar al mismo tiempo, a condición de acomodar el trabajo y los estudios para que esto sea posible… Debería ser posible, a condición de no pensar que en ese trance todo consiste en organizar la precariedad, sino aportar recursos, enriquecer experiencias… Uno debe tener la posibilidad de circular por las formaciones, cambiar de orientación sin perder demasiado tiempo… Uno debe tener la posibilidad de viajar o trabajar a tiempo completo y retomar sus estudios. Uno debe regresar a sus estudios cuando lo necesite o lo desee… Aliento a los alumnos que querrían hacer sociología a comprometerse; el interés intelectual debe ser el principal motor de los estudios. Pero también los invito a desarrollar otras competencias, a buscar trabajos de temporada, a viajar, a hacer música y política si les antoja… Algunos de ellos serán sociólogos profesionales de la investigación, otros harán sociología en empresas, organizaciones, asociaciones o administraciones públicas. Otros acaso nunca hagan sociología, pero sus estudios los habrán formado y transformado. También por esa razón es útil la sociología.

¿Para qué sirve realmente un sociólogo?

Francois Dubet

I

Antes que nada: la sociología debe recuperarse a sí misma, es decir, debe volver a conquistar un terruño, recreando la tradición que fundamenta su pensamiento: la intuición de la escritura renueva siempre las escamas del concepto. Destruir a las actuales “metodologías de la investigación” —dominantes en nuestras universidades— es el centro y la tarea urgente para el porvenir de nuestras instituciones educativas: condición sine qua non del avance de esta moderna disciplina del pensamiento. Entre muchas causas y condiciones debemos también a los metodólogos el ya no tener ni poder decir absolutamente nada de peso sobre el mundo. Permanente jibarización de la inteligencia. Epistemólogos de moda y metodólogos de la supuesta seriedad resultan en verdaderos realistas políticos de la acabada subsunción de la ciencia al capital: la notoriedad es el resultado de acoplarse a la demanda del patrón poderoso, el sponsor acaudalado, el capitalista in propria persona. El orgullo científico es pantomima del acatamiento del poder económico: no es la ciencia la financiada sino el financiamiento la regla, modelo y orden de la producción científica, correctamente, capturada.Economistas y sociólogos utilizan las “categorías”, “teorías”, “modelos” que sus clientes quieren que usen; presentan informes con gráficos y tortas y abstracciones matemáticas “como se presentan en todo el mundo”; hacen pronósticos al dictat del impacto mediático:lubrican la presión política del capital y del estado contra el saber.

Mientras tanto, los académicos se lanzan a publicar artículos a diestra y siniestra (teniendo o no algo sustancial que agregar a lo dicho y divulgado) porque las facultades confían cada vez mas en los “conteos de citas” (la cantidad de veces que un texto de su autoría es mencionado en los artículos o libros de otros autores) para tomar decisiones referidas a la contratación del personal; las publicaciones llamadas “prestigiosas” insisten cada vez más en presentaciones rígidamente “formulaicas”, plagadas de un sinnúmero de citas, bibliografía extensísima, opresivas reseñas de literatura: ese status de “lo que todo el mundo hace” —defendido a muerte por árbitros, comités de supervisión y tribunales que “bajan línea” con la patente intención de fortalecer sus propias reputaciones y mantener a rajatabla el orden de la cuantificación del discurso— no logró, sin embargo, aplastar la escritura, el estilo y el pensamiento. En todo caso, expulsó la innovación académica hacia el abundante rizoma anónimo de canales de publicación (tanto digitales como en forma de libro) de forma tal que el que tiene algo para decir ya no lo dice en la universidad sino en supágina web.

En ese sentido, Howard Becker se anota un poroto de razón:

Por último, todavía nos resta explorar seriamente las posibilidades de la publicación electrónica. (Véase el análisis de “impresión a demanda” en Epstein [2006]). Pero ya es posible escribir un libro o un artículo, colgarlo en nuestro sitio web, y de ese modo ofrecerlo al mundo. O utilizar un emprendimiento editorial on line para producir y distribuir nuestros libros. Publicarse a uno mismo no tiene la misma garantía de calidad que tiene ser publicado en una revista arbitrada por pares y colegas o por una editorial prestigiosa. Pero muchos lectores ya han llegado a la conclusión de que las revistas arbitradas por pares y colegas tampoco ofrecen la calidad y el interés que promete ese arbitraje. Creo, quizás con demasiada esperanza, que ya contamos con otras maneras diferentes de publicar y distribuir lo que pensamos, aunque todavía no hemos llegado a comprender su verdadero potencial y utilidad.

(Howard Becker; Manual de escritura para científicos sociales; Pág.229; Siglo XXI; 2011)

Hemos suspendido la interpretación del hombre: solo amontonamos papers tras papers. Tal constituye el escuálido ingreso de los intelectuales a la posmodernidad en tanto pose desconfiada frente al desorden de lo real:

Puede suceder que esas reglas se presenten como una revelación “posmoderna” y en nuestros días reciban el impulso para abrirse un largo camino, cuando la sociología lleva ya tiempo deconstruyendo aquello que se da por descontado y se presenta como natural: uno no describe las relaciones sociales, sino que deconstruye las categorías —género, edad, cultura— que las rigen; uno no evalúa la eficacia de un modelo, sino las premisas arbitrarias de su construcción; tampoco critica un análisis: denuncia para qué sirve o podría servir… La sociología se vuelve así una constante faena de desnaturalización de lo social, de deconstrucción de los discursos que las sociedades sostienen acerca de sí mismas en una espiral que nada interrumpe, ya que la deconstrucción puede ser a su vez deconstruída. Más que decir algo que parezca verdad, lo importante es no pasar por tontos.

(Francois Dubet; ¿Para qué sirve realmente un sociólogo?; Pág.35; Editorial Siglo XXI; 2012)

Nada relevante se escribe, ni se dice, ni se produce, ni muchos menos se ejerce, entre “cualis” “cuatis” o “triangulados de cualis y cuantis” que valga la pena unas horas de saludable desvelo. Objetarán, tanto desde el marketing neoliberal de empresa o consultora como desde la izquierda foucaultina que trabaja en la “micro-política” de aparatos de estado, que los informes empíricos detallan maniobras, producen conocimientos y comportamientos, ejercen presión y denuncian sufrimientos, etc. Repito: lubrican un poder económico o político sin lectores propios. No hay independencia: se ha naturalizado completamente la relación salarial. Proletarización de la ciencia social. Ningún Baumann emergerá de las existentes academias para metaforizar la textura de nuestro tiempo con esta sistemática obediencia del pensar al más apestoso, simplón, insignificante y pobre empirismo aconceptual. La evasión de una interpretación sociológica de la zona gris[1] del humano entrega a un coro de derrotados, cansados del espíritu y desesperados con voluntad de profecía negra el infinito anuncio del retraimiento de la humanidad del hombre; mirada del Apocalipsis que tanto satisface el retorno de las huellas teológicas de lo inconsciente. Dicho de otro modo: ser el anunciante de algún “fin final” garpa. Así tenemos “fin finales” para todos: “el fin de la historia”; “el fin de la civilización”; “el fin del hombre”; “el fin del pensamiento”; “el fin de la política” “el fin de la sociedad”; “el fin de la economía ricardiana”; “el fin de la modernidad”; “el fin del capitalismo”; “el fin de la izquierda”; “el fin del individuo”; “el fin de lo simbólico”; etc.

¿Quién se atrevería a decir, después de estudiar la escuela o las barriadas populares, que nada queda por hacer, para volver menos equitativa la escuela y más vivible los barrios, sino esperar que arribe una revolución tan radical que anule los problemas mismos? ¿Y quién se atrevería a decir, al contrario, que todo sigue por el mejor de los rumbos en el mejor de los mundos? ¿Quién se animaría a decir que los actores no tienen capacidad alguna de actuar, en tanto no se parecen al que se supone todopoderoso movimiento obrero de la sociedad industrial?… Sostener debates razonables y mesurados no es el medio más seguro de procurarse la escucha de un público amplio. En cambio, denunciar sin matices el fin de la civilización, la mercantilización del mundo, el escándalo de las desigualdades, la cultura de masas, la era del vacío, el culto de la imagen y el marketing, la deshumanización del mundo ante el señorío de la técnica y de las finanzas internacionales, es el medio más seguro de ser reconocido por el mismo sistema que se denuncia. Los sociólogos y los intelectuales son a veces como los grupos de rap y de rock: son contestarios y quieren proclamar que el mundo es insoportable, pero tienen muy en claro que ese “mensaje” es un buen modo de ser reconocido, con el beneficio secundario de eludir el estilo show biz que invade los medios masivos y el mundo político.

(Francois Dubet; ¿Para qué sirve realmente un sociólogo?; Páginas 48-49; Editorial Siglo XXI; 2012)

II

El individuo, ciertamente, no existe.

Eso no quiere decir que la sociedad no pueda construir la experiencia de lo que llamamos, reconocemos, defendemos, vituperamos comoindividuo. Y al denominado “individuo” mismo, bajo la posmodernidad, habrá también que ir a buscarlo con lupa puesto que, atravesado por un sinnúmero de identificaciones (reales, simbólicas, imaginarias) el individuo sin límites disciplinarios se desplaza como flujo.¡Hay que encontrar la subjetividad en tales flujos! Lo que llamamos actualmente individuo coincide con lo que Schumpeter llamabainnovador. El individuo es el innovador; el resto, los no innovadores, resultan una especie de fluidos, de masas amorfas, como diría Perón. La sociedad se (re) presenta, es decir, regularmente actúa, bajo el neo-liberalismo, como un sin número de micro-empresas que se prolongan hasta hacer del yo una empresa de sí: en la medida en que no soy un innovador, no soy una empresa; ergo: no me pongo como sujeto de la economía, soy arrastrado, innovado, diseñado, exteriormente, en tanto flujo.No puedo “ser mi propia creación”. No puedo alcanzar la condición de “self made man”. El que no innova se ata a la media, se lo sospecha de “mediocre”: queda afuera de la lucha por la distinción; no califica, no nomina, no brilla por sí mismo: no es lo suficientemente responsable. El no innovador será observado sea como un industrial parasitario que vive del subsidio en tanto rentista remarcador de precios; sea como un trabajador-masa… un tipo apegado a su rutina, cada vez hace menos y peor; un tipo que inspira aburrimiento, burocracia, falta de vitalidad, planicie, chatura, no me importa otra cosa que jubilarme. Las oficinas de recursos humanos y las secretarías de competitividad ya están ahí, rápidamente, dispuestas para identificar a quien ya no innova y decidió hacerse una identidad: ése no sirve. La identidad “fija” es, simplemente, intolerable para la época.

Si la llave maestra de las ganancias permanentes es el cambio tecnológico: se trata de parirlo con una mentalidad, un comportamiento, un modo de conducirse y de pensarse a sí mismo acorde. ¡Innovar! ¡Innovar! ¡Innovar! Es el grito de los coachers cual Martas Minujines de la economía del capital. Así nace el “trabajador ideal” que más que un trabajador es delirado como “empresario”: el que no se queda quieto, el que seguirá estudiando, formándose, haciendo cursos, buscando nuevas fronteras, empleos, sin otra identidad que la disposición, la idoneidad, el capital humano ya no para el empleo sino para la “empleabilidad”: ser muchas cosas, interdisciplinario, esquizofrénico, multicultural. Por eso, el innovador es el empresario que, desde su espacio nacional, salta al universal mercantil globalizado como diseñador de nuevas y frescas experiencias del yo. Hay que detenerse un momento en el zapping y verla a la Vanucci haciendo sus entrevistas a los millonarios innovadores y managers del “cuidado de sí”: los símbolos del éxito que desde el vértice organizan el imaginario. El diseñador es el tiempo completo del innovador de la subjetividad[2]: estetiza los términos del triunfo inmenso, rotundo y profundo del liberalismo norteamericano: haberse hecho carne en tanto “filosofía de vida”, forma y modo de ser. El liberalismo como “ser en el mundo” construye la experiencia social como una especie de formación de uno mismo, la experiencia social como completamente indiferenciada, social e individual a la vez… sea en la legalidad como en la ilegalidad. No existen “sujetos contra la sociedad”… Las bio-grafías de la empresa de sí no solo hay que buscarlas en los exitosos legales como Steve Jobs. También los psicópatas y chorros encerrados tienen sus biografías best seller de algún periodista que vampiriza el dolor y el goce ajeno.

La personalidad así inflada e inflamada no puede sino hacer reventar por todos lados los techos simbólicos de la sociedad del estado benefactor y erigir un estado de naturaleza hobbesiano: get rich or die trying.

Mi hipótesis general es que el sistema simbólico que sostenía las instituciones encargadas de actuar sobre los otros, que enmarcaba las relaciones y cimentaba la autoridad, ya no da abasto (Dubet, 2002). Por ende, la experiencia profesional zozobra: la personalidad le gana a la función, hay que motivarse a uno mismo para motivar a los demás, se crea una obligación de compromiso, una heroización del sujeto que a veces lo revela, a veces lo agota, como queda demostrado en os estudios acerca de fatiga, estrés o burn out.

(Francois Dubet; ¿Para qué sirve realmente un sociólogo?; Pág.73; Editorial Siglo XXI; 2012)

III

Hacer una despiadada crítica de la moral es el objeto de la sociología. No hay otro asunto auténtico para un sociólogo: la moral es el fósil que oculta el poder y la comprensión de la materia humana. La utilidad de la sociología es despegar la bruma moral que 24hs del día no paramos de (re) producir para sostener heredados criterios de “bien” y de “mal”: los bichos metafísicamente metafísicos no hacemos otra cosa porque tal división (bien y mal, amigo y enemigo) es la fuerza más poderosa de la subjetividad. Comprender la moral, disecarla sociológicamente, es una tarea de confrontación permanente con el lector y la política: la polémica es esencial a nuestra empresa. La moral, sea donde se la practique, es un desahogo para el individuo, el cual debe satisfacer tanto las exigencias legales de la represión cultural como los imperativos sociales del goce individualizado: ¡liberáte! ¡descontrólate! ¡goza! ¡el que no afana es un gil! La moral se presenta como espectadora desvinculada de todos estos procesos y se pregunta por la causa cuando es ella misma el efecto de un material psíquico previo.

Toda experiencia y parloteo sobre la sociedad tiene, en su origen, un sentimiento de injusticia que la moral resuelve inmediatamente con víctimas y responsables, con buenos y malos. El sentido común, en tanto moralista colectivo, es una verdadera máquina paranoica; un negrero del pensamiento… puesto que la moral misma es, en el discurso, ése a quien odia bajo la demanda de justicia (muerte) porque se ignora.

La pregunta por la utilidad de la sociología se responde como rodeo mediante el cual prolongamos la crítica materialista de la cultura.

Notas


[1] Zona gris es un concepto filosófico inventado y pensado por Primo Levi para dar cuenta de la frágil humanidad del hombre; se trata de unespacio para la meditación donde las ideas morales y la voluntad de emitir juicios sobre los demás guardan silencio frente escenas, situaciones, existencias de amos y esclavos que se separan y convergen de forma tal que lo que irrumpe es la incapacidad del pensamiento para erigir binomios: suscita una ambigüedad en la cual reconocemos la propia. Se trata de una posición ética capaz de conducir, en este caso al sociólogo, a una metafísica de la subjetividad en la cual ésta no es ni el resultado de estructuras omnipotentes ni tampoco la decisión plenamente consciente del individuo sino una íntima y compleja complicidad que le indica al ojo: “ése es tu propio ser en el mundo”. “Objetivistas” y “subjetivistas” se desploman ante las evidencias humanas, demasiado humanas, de la zona gris del alma. Un trabajo sociológico, contra el sentido óntico-ontológico aquí defendido, es “La Zona Gris: violencia colectiva y política partidaria en la Argentina contemporánea” de Javier Auyero, publicado por Siglo XXI, en el 2007.

El mencionado trabajo re-interpreta la posición ética, surgida de una pregunta sobre el ser del hombre, como “producción de conocimiento y teoría del actor” y transforma una interrogación esencial en un objeto teórico susceptible de indagación empírica: Auyero encuentra la zona gris en el espacio más fácil, visible, respecto del cual pueda presentarse, desnuda, ante los ojos: la economía del favor, zonas de exclusión y margen, economías precarias, interior, conurbano bonaerense, clientelismo.

Lo más destacable, sin duda, del mencionado trabajo de Javier Auyero es cuando, en uno de sus trabajos de campo, hace hablar a “Jack, el saqueador” o, en términos marxistas, a la “conciencia de clase”: Que, por una vez, la gente tuvo oportunidad de comer un trozo de queso gourmet, que fue la del 2001 la mejor navidad en años porque estaban todos felices con los buenos vinos, champán, carne, ropa nueva y juguetes acaparados durante los saqueos de diciembre de ese simbólico año. Históricamente equivale a afirmar: lo que en el 45’ el peronismo era capaz de producir, oficialmente, en los sectores populares, mediante la política benefactora del estado; en el 2001 lo hacía, en forma clandestina, utilizando el aparato de estado y del partido contra la legalidad de las instituciones democráticas mediante una red de favores que incluyen el tejido mafioso para-estatal (droga, aprietes, delincuencia). La alegría de la “fiesta del trabajo” trastocada por el liberalismo se denomina: “fiesta del saqueo”. Cerremos esta nota al pie.

En las situaciones límite la zona gris aparece palmaria; desenvuelve, completamente, su verdad: la vergüenza, el disfrute, el goce, la venganza y humillación se muestran exteriormente en toda su desesperación. Primo Levi nos llama a meditarla: “recuerda que no sos distinto: vos también actuarías del mismo modo”.

La zona gris no está aquí o allí sino en el centro de la política toda en tanto a ella convergen, bajo el dominio del capital, las fuerzas de la economía política y la guerra; cara y seca de su unidad decisional.

[2] El Diseñador se presenta al mundo. Ejerce un trabajo de estilo sobre sí, una publicidad del alma: es el hacedor posmo. ¿Es o no Director Creativo? ¿Referente de que corriente? ¿Diseñador preferido de que famoso/a? ¿Contrato de exclusividad con un artista? ¿Un deportista o una modelo?¿En donde se graduó? ¿Cómo auto-define “estilo” “clase”? ¿De quién heredó su pasión por el diseño? ¿Cuándo ingresó al fashion style? El diseñador trabaja formas, fetiches, fantasías. En el mundo del diseño ser revolucionario es un imperativo: frenesí de creatividad desenfrenada. El Diseñador es firma revolucionaria que inicia un terremoto cultural desde los cimientos de su propia sensibilidad. Creatividad desparramada, pasión que se rebasa, productor de deseo. Es el descubridor de sensibilidades que uno tenía y que no sabía: brujo, hechicero, es quien jamás elude responsabilidades sino que las explota. Es el hombre que usa y abusa de su mestizaje interno. Provoca Ruido Visual. Recorre como antropólogo las basuras de las pulgas. Es el genio que toma lo cotidiano, lo transforma, lo embellece, lo realza y nos devuelve lo inservible bajo el velo del confort y de lo exótico. Lujo vía técnica, un cambio súbito de perspectiva. El Diseñador es aquél que vislumbrará el surgimiento de un nuevo tipo de belleza, un nuevo color, la novedad de un matiz. Su fama no es vanidad sino clientela fiel. No es ególatra sino budista. No se trata de ostentar sino de expresarse. Seductor inteligente, innovador, distanciado de los excesos. Su única droga es el desafío mismo. Una sabiduría de Graffiti le invade el corazón abierto a todo. Un adicto a la vida. El diseñador crea su propio imperio, un señorío personal donde el proceso creativo debe fluir. No hay fábricas de bolivianos carbonizados sino un dulce proceso que le devuelve a sorbos ese gran amor, ese gran espacio abierto, de cuando de niño tejía con la abuela. Vida que vibra con cada producto. Producto que vibra al unísono de una vida, esencia del ser que se hace mercancía… Mercancía sexy, mercancía que expande su concepto; huella en la existencia impermanente y vacía: costilla de sí.

MODIFICADO :Agosto 6th, 2012

Para leer el texto en pdf: Para que sirve realmente leer a Dubet

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