El sótano pestilente de la pasión; por Norberto “Ruso” Verea y Leonardo Sai

El autoengaño es el discurso. El discurso es el oficio pulido del Yo. Es el Yo, urgido de palabras, el que busca domar la diferencia que su propio discriminar le impone. Reestablecemos nuestro falso señorío de mendigo: “yo no discrimino, soy una persona tolerante”. Quien así habla, no sabe indagar sobre su máscara: carece de coraje. El Yo — esa una unidad tan, objetivamente ilusoria, como su Estado y su Dios— necesita discriminar para existir.

El Yo existe porque existe el Otro. Yo existo porque no soy vos, no soy como vos, soy distinto: el principio de la identidad es el origen de la carnicería entre los hombres. “¡Vos no existís!”, grita la hinchada adicta de resultado. Es cierto que estar por debajo del Yo equivale a locura. No es menos cierto que el amor propio limita nuestra inteligencia que solo se vuelve más penetrante, aguda y sabia cuando logra pensar desde los ojos del otro para alcanzar lo propio.

Un discurso sobre la discriminación se desmiente a sí mismo al enunciarse. ¿Para qué un discurso “contra la discriminación”? ¿Para qué un discurso “a favor de la tolerancia”? ¿Porqué recurrir al discurso? ¿No basta con ser?

Sin embargo, hablamos sobre la discriminación. Se nos ha invitado a hacerlo. ¿Qué decimos?

Decimos que necesitamos instituciones para sancionar, en la pelea por el amor propio, los límites de las heridas compartidas. Nos encanta que la educación y las buenas maneras nos organicen la forma correcta del discriminar. No queremos culpas. Hay “discriminaciones positivas” y “discriminaciones negativas”. Todo depende… Como la canción y su moraleja de graffiti. Sucede que toda discriminación es un ejercicio de violencia.

Toda discriminación ejerce algún poder: desde la cognitiva que separa y divide para dominar, científicamente, el objeto hasta la patotera que, en la cómoda fuerza de los muchos, castiga la debilidad. ¿Es todo lo mismo? ¿Es todo igual? ¿No se puede hacer nada? La moral detesta la ambigüedad pero la ambigüedad es el terreno de la discriminación.

En rigor, no importan los “tipos de discriminación” sino su seducción.La discriminación nos seduce con la victoria; nos promete las mieles de los triunfadores; coqueteamos con la risa del poder: es el banquete imaginario de nuestro patetismo. Discriminamos para olvidar la fragilidad esencial de nuestra existencia: el azar de tener un cuerpo, unos sentidos, un mundo. “Discriminación” es, simplemente, otro nombre para “ingratitud”. Discriminamos por miedo: es nuestro rechazo íntimo al peligro de existir.

No es “lo mucho” o “lo poco” por hacer lo que cuenta. La discriminación enseña en su amargura, en lo que nos regala: la humillación. Es sentirnos humillados, débiles, impotentes, excluidos…la enseñanza de este asunto.

Se trata de vernos, desde la vereda de la derrota, pavoneándonos como orgullosos gallos, agitando esas infieles banderas del éxito que no tienen bando, ni hinchada, ni colores, ni técnicos de renombre, ni color de piel, ni nacionalidad, ni partido político, ni gusto musical, ni portación de apellido, ni cuenta bancaria. ¿No se cansa el deporte de insistir en que aprendamos de esto? ¿Y si a la pelota además de pensamiento táctico le arrancáramos ese oculto saber del convivir?

El débil es el fuerte, el fuerte es el débil: el discriminador se identifica con uno y repudia al otro… Pero todo se intercambia y el gol borra el nombre del ídolo con otro ídolo, tan impiadoso como el olvido.

La discriminación es nuestra mugre; mi mugre, el sótano pestilente del amor.

Para bajarse el texto: el sótano pestilente

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