Fragmento sobre Sonia Sanchez

sonia sanchezEscuchamos a Sonia Sanchez contra la moralina. Sabe que detrás del discurso políticamente correcto anidan nuevos rótulos para nuevos negocios y oportunidades de lavar pecados. Nos habla de la piel marcada por los íntegros. Se pone en el lugar fundacional y de reforma general. Quiere un hombre nuevo, producto de una interminable discusión histórica que seguramente incluirá al derecho positivo y al castigo, esto es, su voluntad de justicia. La fuerza de sus palabras pareciera ser un punto de vista de clase pero, en realidad, es el punto de vista del desclasado, el más duro de todos, el que nadie quiere escuchar, el que apunta contra todas las clases sociales y el orden del estado. Para un punto de vista como el de Sonia: la cultura es hipocresía compacta y la ley una forma de dominación del macho. Quiere devolver la culpa, a todos y a todas, repartirla a quien le toque: hacer sentir remordimiento como venganza pública. Aquí la puta como la santa alzan el dedo ante la masa neurótica de fieles, es decir, clientes, que las producen material, espiritualmente. La tristeza de Sonia es activa. No tiene miedos. Y ese mismo público que tanto odia también consume su relato por Canal Encuentro. Por este camino, no hay salida porque no hay perdón. Y poco y nada sabemos del perdón porque lo hemos entregado a la religión y a sus funcionarios. ¿Cómo perdonar? ¿Para que? ¡Con todo lo que me hiciste! Volverse sublime es la respuesta de la lógica: perdonarlo todo, perdonar a la humanidad es no perdonar nadie y ganar, seguramente, un premio Nobel a la paz. Del perdón solo sabemos de su alivio, del mirar hacia delante: es el espíritu que finalmente puede abandonar el cuerpo. En verdad, el asunto no pasa por el recorte del medio en el contexto específico de un decreto presidencial.

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Fragmento sobre Blue Jasmine a modo de reseña breve

969603_578329965540530_41372670_n(1)¿Qué significa la frase “vos te merecés alguien mejor”? ¿Cuál es el fundamento de la comparación para juzgar el “ser mejor” sino el punto de vista de uno mismo? ¿Un hombre más poderoso, con más dinero, propiedades, influencias? ¿Una mujer más bella, ensoñadamente, perfecta? ¿Cuál es la verdad oculta del ideal? Una vez más, Woody Allen saca el escalpelo de la visión trágica del mundo y emite unos incisivos cortes en el rostro de lo social: Blue Jasmine es un poema sobre la inautenticidad de la vida. Su cámara se vuelve testigo del burgués enmascaramiento de la miseria de la existencia. Denuncia, con el ojo en el dolor demasiado humano, como una hermana puede envolver caramelo con el veneno del desprecio: es la transmutación que intenta Jasmine con los valores de Ginger para destruir la felicidad verdadera que su corazón es incapaz de sentir. La frialdad del poder, la voluntad de apariencia, el rechazo de la verdad, tienen el precio de la locura. La película puede ser leída como una nota sobre la actualidad de la crisis norteamericana o puede buscarse en ella algo mucho más importante que las interminables y permanentes elipsis que el director utiliza para confesar, en el guión, los pecados que aún lo persiguen: Blue Jasmine piensa el límite de la persona cuando ésta ya no puede sustraerse a lo real.

Allí, ya no quedan sino lágrimas y un diálogo, a solas, con lo propio.