Economía política criminal: ensayo sobre el caso Luciano Arruga (2009)

1392438_10202353324857658_521277652_nBestiario bonaerense—. Lo que una sociedad mastica, lee, escucha, es decir, libidiniza, bajo la producción mercantil, son modos de relacionarse con lo que alguna vez se denominó trascendencias. Para una sociedad anómica, del sálvese quien pueda, vale todo, el clima de inseguridad se torna extremo, imperioso, necesario. Dicen los antropólogos que los sicarios le piden a María Auxiliadora que no les vaya a fallar, que les afine la puntería cuando disparen, que les salga bien el negocio. La literatura latinoamericana, bajo el signo neoliberal, se produjo como escritura de lo corpóreo, bordeando el límite de lo obsceno, del asco, de lo decible o, sin más, liquidándose en ese límite mismo. Escuetamente: letras de una modernidad excluyente. Somos arcaicos contemporáneos de una literatura, de un cine, de una televisión que hace del horror, de lo animal y bestial humano, un objeto de goce, de saber, de consumo: Sin humanidad y sin deseo, las escenas de nuestra mórbida mundaneidad definen su ley en una abolición, paradójica, de lo prohibido. Todo sucede, sin embargo, como si el retiro de un garante trascendente de la seguridad hubiera dejado subsistir, como su sombra, un absoluto deseo de estar amparado contra todas las incertidumbres de la existencia. En ese sentido, los cuentos de Sebastián Pandolfelli constituyen el testimonio de un Welfare State que ya no puede reconvertir la miseria en clase trabajadora pero alienta su consumo con Pizza, birra y faso:

Es tarde en la noche. Alegría y enigma de una hora extraña. La misteriosa Buenos Aires aparece lentamente. Escribo a estas horas mientras en la Chacarita desentierran a un recién llegado para robarle y revender el pijama de madera a alguna funeraria inescrupulosa. Mientras un travesti menea el culo frente al recolector de basura en el bosque de Palermo. A esta hora entre tanto duerme tu ciudad, la otra sigue la parranda, famélica, dura, desnuda. Dejando pasar el tiempo. Cuando el vecino de la planta baja no quiere seguir más, no puede soportarlo y abre las llaves del gas. El sabe que el amor es la respuesta, pero nadie se atrevió a formular una pregunta. Olor a gas y se va durmiendo tranquilo. Nunca tuvo un momento Kodak. Olor a gas y chau insomnio. Nunca tuvo un motivo real para brindar con sidra Real. Olor a gas. Nunca tuvo tanto blues…

[No hay tiempo de más; Sebastián Pandolfelli, inédito]

Bestiario humano, estado de naturaleza, no solo ficción, no solo bonaerense.

Para leer el ensayo completo: Economía política criminal

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