Estética de la decadencia

09 Jun 1978, France --- Director of studies at the  since 1962, he taught at the "College de France" from 1976, until he died in an accident 4 years later. --- Image by © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis
09 Jun 1978, France — Director of studies at the since 1962, he taught at the “College de France” from 1976, until he died in an accident 4 years later. — Image by © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

El ser cotidiano de la cibernética puede ser interpretado como la compulsión a permanecer “conectado”, al “ver qué pasa en las redes”, a la fascinación con la adicción a la pantalla digital, las novedades infinitas de algún sistema prepago: fotografía, libros, cine, radio, música y televisión han sido, tecnológicamente, superados por la producción de contenidos media vía streaming de forma tal que esos productos, poseídos antes de modo privado, material y finito, se han vueltos públicos, inmateriales, infinitos. El asunto, por estos días, es evitar la anulación del deseo por el goce infinito del ojo y del oído[1]. Oportunidad del sexo casual, oportunidad laboral, oportunidad del encuentro: salirse de las redes gesta el miedo de desperdiciar las relaciones sociales como tales. Aquí el terror al hacker, a la pérdida de contraseñas, a la absoluta vulnerabilidad de nuestra persona secuestrada por lo virtual.  Dominio del lenguaje binario de la comunicación sobre la textura de la sociedad.

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Fuente: The New Yorker

El liberalismo encarna la voluntad de producir el mundo exterior como el interior absoluto del individuo, confortable, decorado, suficientemente grande para disfrazar la prisión, diría Walter Benjamin: un querer disfrutar de la totalidad del mundo sin tener que salirse de casa: “Lo que ha surgido con los teléfonos es algo increíble. El teléfono es lo máximo, más que la computadora. Porque en la computadora te sentás y tomás una actitud, pero con el teléfono te movés. Lo tenés cerca del corazón y, encima, va sintiendo tus latidos, va sintiendo tus movimientos. Es un aparato sensible y se ha transformado en una extensión de uno mismo, como si se te saliese el corazón afuera. Aparte, la gente a veces pierde mucho tiempo con gente que no coincide. Hay un roce desgastante en esas relaciones. Entonces, se me ocurrió hacer una performance…”[2]

El individuo se profesa. Es desconfianza del hombre como lobo del hombre[3], pero también es denuncia, en las almas bellas, tan dolidas, del proceso de socialización (“todo lo que nos han hecho para que nos identifiquemos con un yo, un estado, una nación”) y siempre un pensar la sociedad como teatro: “Y aquí reencontramos un rasgo constitutivo de la mentalidad reaccionaria que radica en dispersar a la colectividad en individuos y al individuo en esencia. Lo que el teatro burgués hace del hombre psicológico al poner en conflicto al viejo y al joven, al cornudo y al amante, al sacerdote y al mundano, los lectores de Le Figaro también lo hacen con el ser social. Oponer huelguista y usuario es constituir el mundo en teatro, extraer del hombre total un actor particular y confrontar a esos actores arbitrarios en la falsedad de una simbólica, que simula creer que la parte es sólo una reducción perfecta del todo”[4] Una huelga de los suministros de internet es sufrida como terror y abstinencia en el torrente sanguíneo del cocainómano: el usuario enloquecido. En esta mundanidad de la cibernética, el espectáculo que antes era relativamente exterior ahora nos envuelve como parte de su instalación: podemos ser filmados, grabados y reproducidos para una joda global en Youtube. Tal como afirma Boris Groys en Going Public: es la industria cultural misma la que ha sido invertida, y las estrellas proletarizado: “These networks are characterized by the mass production and placement of weak signs with low visibility— instead of the mass contemplation of strong signs with high visibility, as was the case during the twentieth century. What we are experiencing now is the dissolution of the mainstream mass culture as it was described by many influential theoreticians: as the era of kitsch (Greenberg), the culture industry (Adorno), or a society of spectacle (Debord).This mass culture was created by the ruling political and commercial elites for the masses— for the masses of consumers, of spectators. Now the unified space of mass culture is going through a process of fragmentation. We still have the stars— but they don’t shine as bright as before. Today everybody writes texts and posts images— but who has enough time to see and read them? Nobody, obviously—or only a small circle of likeminded co-authors, acquaintances, and relatives at the very most. The traditional relationship between producers and spectators as established by the mass culture of the twentieth century has been inverted. Whereas before, a chosen few produced images and texts for millions of readers and spectators, millions of producers now produce texts and images for a spectator who has little to no time to read or see them”[5] Dicho de otro modo: la comunicación produce un hombre que jamás para de trabajar, un workaholic, un hombre responsable del diseño de su propia vida, sin tiempo propio[6].

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Fuente: Waldemar Von Kosak. Artista ruso.

Ya no sabemos dónde se detienen las  necesidades vitales y tampoco logramos dotar de valor el sentido de nuestros esfuerzos. El peso del mundo en los hombros del individuo. Humanos absolutamente moralizados como “empresas de sí mismos”. Una mirada reduccionista de la acción social fija el liberalismo como existencia: la máquina deseante queda bien dispuesta a la producción de sin sentido: “Estas son, en efecto, las dos características de nuestra situación moral. Mientras que el Estado se infla y se hipertrofia para llegar a contener con suficiente fuerza a los individuos, pero sin lograrlo, éstos, sin lazos entre ellos, ruedan unos sobre otros como tantas moléculas líquidas, sin hallar ningún centro de fuerza que los retenga, los fije y los organice[7]”. Para Durkheim, la modernidad es esa fuerza que busca hacer tabula rasa con el origen: produce al individuo como voluntad suicida.

Dotados de todos los “know hows” mediante el uso de los tutoriales de internet, debemos saberlo hacer todo y arreglárnosla sin depender de nadie a riesgo de ser desterrados de este sueño último de inmortalidad y permanencia: “La era presente no subvierte las cosas, las situaciones, los temas: los lamina. Los despliega, los arrastra hacia delante, los disgrega y apisona, los coloca bajo coacción a manifestarse, los deletrea de nuevo analíticamente y los introduce en rutinas sintéticas. De supuestos hace operaciones; proporciona métodos exactos a confusas tensiones expresivas; traduce sueños a instrucciones de uso; arma el resentimiento, deja que el amor toque innumerables instrumentos, a menudo recién inventados. Quiere saber todo sobre las cosas del trasfondo, sobre lo plegado, antes indisponible y sustraído, en cualquier caso, tanto como sea necesario tener a disposición para nuevas acciones en el primer plano, para despliegues y desdoblamientos, intervenciones y transformaciones. Traduce lo monstruoso a lo cotidiano. Inventa procedimientos para introducir lo inaudito en el registro de lo real; crea las teclas que permitan a los usuarios un abordaje fácil a lo imposible hasta ahora. Dice a los suyos: No existe el desmayo; lo que no puedes, puedes aprenderlo. Con razón se la llama la era de la técnica”[8]. Este darwinismo, poéticamente sublimado, convive, asimismo, con su total rechazo con voluntad snob de secta[9]… ¡Contra el agobio: Fiaca! Una renovada voluntad de pereza, un fundamentalismo de la pereza, un clima cultural, editorial, bien dispuesto al elogio de la lentitud[10]: trabajar para vivir y no vivir para trabajar; disfrutar el presente; sacar tiempo para aprovechar lo que tenemos; quitar el pie del acelerador e ir más despacio. Ser lento era ser un perdedor, carente de iniciativa, un torpe. Y ahora el marketing también lo incluye; también te tiene en cuenta… Para que vos también “vayas lento”. “Go slow”… Ninguna carga… Ninguna herencia. Rápido, lento: todo flota sobre la superficie bailarina de la mercancía. Nada nos pertenece. Ni siquiera la destrucción: “Todo subsiste y sin embargo nada pertenece a nadie, cada cosa presente en su forma completa está vaciada de esa tensión combativa que segrega la propiedad, hay pérdida, no de los bienes, sino de las herencias y de los herederos”[11].

La estética de la decadencia, paisaje natural del liberalismo, es la propia lógica de despolitización de la existencia en su aspecto sensible, la victoria sublimada del capital: la total desherencia del mundo.

Buenos Aires, 15 de Noviembre de 2015

Leonardo Sai

Notas al pie:

[1] Sobre este asunto se puede consultar el trabajo de Michela Marzano, La pornografía o el agotamiento del deseo [Buenos Aires, Manantial, 2003; trad. Víctor Goldstein] cuya lectura no debe limitarse al diagnóstico sobre la pornografía sino, en tanto hecho social, asimismo puede ser utilizado para pensar la capacidad psíquica de resistir esta sociedad mundial constituida como comunicación.

[2] Entrevista a Marta Minujín; Planeta Minujín, Texto: Daniel Jatimliansky. Revista Cielos Argentinos; Número 74, Julio 2015, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

[3] Hobbes representa el caso de la filosofía política que mejor fue capaz de pensar la objetividad del conflicto entre los hombres. Este problema que la modernidad científica llama “malestar en la cultura” fue trabajado con mucha anterioridad a Freud, y con igual visión, en este fundamental pensador del cristianismo y la teología política. Para Hobbes, el conflicto confronta el narcisismo del hombre porque hace presente, de forma inminente, la presencia de las fuerzas del mundo que incluyen al otro en su propia naturaleza de apetito y razón. El conflicto es la objetividad que hace pensar al humano y conducirlo a la razón, al estado: la humanidad del hombre solo se conquista si se alcanza ese estado artificial que no es el estado natural del hombre sino un actitud básica de la cual éste carece, naturalmente: la humildad de la criatura. ¿Qué vuelve humilde al hombre en Hobbes? La contemplación de su propia desmesura, la guerra.

[4] Roland Barthes, Mitologías, Buenos Aires, Siglo XXI, 2014, trad. Héctor Schmucler; pág. 141

[5] Boris Groys, Going Public, Sternberg Press, pág 117.

[6] Y el filósofo coreano Chul-Han ya le puso otro conveniente mote, el suyo: sociedad del rendimiento.

[7] Emile Durkheim, El suicidio, Buenos Aires, Bitácora, 2000, trad. Emilio Bernini; pág334.

[8] Peter Sloterdijk, Esferas III, Madrid, Siruela, 2006, trad. Isidoro Reguera; pág. 72.

[9] El grupo anarquista Decadent Action busca instaurar el lunes como “el día de llamar al trabajo y decir ‘estoy enfermo”. En Austria, está la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo, que busca la piedra filosofal, el eigenzeit (el propio tiempo); en Japón, el Sloth Club con su eslogan Lo lento es bello; en Estados Unidos, Take Back Your Time aspira a convertirse en una plataforma social de activistas del tiempo.

[10] Aquí una conferencia del periodista con la exposición del punto de vista: https://www.ted.com/talks/carl_honore_praises_slowness?language=es

[11] Roland Barthes, El grado cero de la escritura y Nuevos ensayos críticos, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2015, trad. Nicolás Rosa y Patricia Wilson; pág. 175.

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