El enemigo en el límite de la política.

013-antonin-artaud-theredlistLa política del enemigo no es otra cosa que una reflexión acerca del temor. Es la proximidad a un volcán envuelto en seda. El enemigo en la política (y no “de la política”) es la dimensión esencial del concepto como dolor y muerte. La idea de que la guerra no tiene nada que ver con la política, que una empieza cuando termina la otra, es miedo del temor: un punto de vista liberal; epidermis del derecho. La política en su registro existencial, “en el fondo de los fondos”, es una cinta de Moebius en la cual se posibilitan guerra y economía. Es el espacio-juego total donde, en cualquier momento, podemos pasar de un lado (en el derecho mediante el estado de excepción) al otro (en la economía mediante la crisis capitalista) de la superficie propia del capital. Y jamás volver iguales al inicio: la política es la cinta. Enemigo es diferencia existencial.  No es un mero extrañamiento del espíritu[1]. Así lo niego como enemigo y lo vuelvo un opositor, un mero contendiente, alguien con quien, finalmente, me voy a poder entender. Es la negación del temor. Pero el enemigo es lo irreconciliable. Tal, constituye la notable fuerza del concepto teológico-político para la madurez del pensamiento en el sentido de su determinación. La derrota sobre el enemigo solo puede significar una victoria de la consciencia histórica, un crecimiento en la realización de lo universal concreto; autoconciencia del pueblo. De lo contrario, simplemente, no hemos vencido a nadie. Y solo contemplaremos apariencias: sangre del puño, en la pared, de las sombras.

¿En qué sentido es (im) posible una política de la amistad?

Una política de amistad es, en definitiva, un animarse a lo temido, un arrimarse a la bestia: descender al sótano del amor: “¿Has visto ya dormir a tu amigo— para conocer cuál es su aspecto? ¿Pues qué es, por lo demás, el rostro de tu amigo? Es tu propio rostro, en un espejo grosero e imperfecto”[2] Quien ve el mundo divido por amigos y enemigos es tirano y esclavo al mismo tiempo, no puede tener amigos, no puede ser protector de nadie: “¿Eres tu aire puro, y soledad, y pan, y medicina para tu amigo? Más de uno no puede librarse a sí mismo de sus propias cadenas y es, sin embargo, un redentor para el amigo”[3] ¿Cuál es el problema subjetivo que el enemigo le impone a la política como autoconciencia? Que su presencia resulta una invitación a reconocerme en lo monstruoso, siniestro, en todo lo que arrojo fuera de mí. Y también una invitación a superar esa mirada imaginaria que nos hacemos de él. De lo contrario, la permanencia en el registro imaginario del enemigo siempre desemboca en una voluntad de destrucción. Incluye, obviamente, una irrefrenable psicosis paranoide. Destrucción, por lo tanto, de toda posibilidad de trascenderlo. Esa destrucción no pone fin a la política, ni a lo político; equivale, al contrario, a su repetición. Repetición del enemigo. Bajo nuevas máscaras. Que la sociedad y la cultura, debidamente, proporcionarán: “Toda va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser. Todo muere, todo vuelve a florecer, eternamente, corre el año del ser. Todo se rompe, todo se recompone; eternamente la casa del ser se construye a sí misma. Todo se despide, todo vuelve a saludarse; eternamente permanece fiel a sí el anillo del ser”[4] Una política de coraje con el enemigo no busca su destrucción sino su sacralización. El enemigo, este enemigo, debe ser para nosotros: sagrado.

Sacralización del enemigo quiere decir que hemos vuelto al enemigo un maestro de la existencia. Y de la política. De ahí la advertencia nietzscheana: cuídate de elegir bien a tus enemigos. De su figura infantil (la sombra, el oscuro, etc) a su uso simbólico: “¡Sé al menos mi enemigo! — así habla el verdadero respeto, que no se atreve a solicitar amistad. Si se quiere tener un amigo hay que querer también hacer la guerra por él: y para hacer la guerra hay que poder ser enemigo. En el propio amigo debemos honrar incluso al enemigo. ¿Puedes tú acercarte mucho a tu amigo sin pasarte a su bando? En el propio amigo debemos tener nuestro mejor enemigo. Con tu corazón debes estarle máximamente cercano cuando le opones resistencia. ¿No quieres llevar vestido alguno delante de tu amigo? ¿Debe ser un honor para tu amigo el que te ofrezcas a él tal como eres? ¡Pero él te mandará al diablo por esto!”[5] ¿Por qué el enemigo es sagrado?

Fundamentalmente, porque el enemigo no es una sombra de mí mismo. Ni tampoco la propia fuerza en su extrañamiento: “Pero el peor enemigo con que puedes encontrarte serás siempre tú mismo; a ti mismo te acechas tú en las cavernas y en los bosques”[6]. Porque el enemigo es otro. Le temo, lo desconozco. De allí que lo que el enemigo me enseña no tiene que ver tanto conmigo sino con el mundo. El enemigo no ataca, particularmente, mi narcisismo. Ataca todo mi mundo: “A cada alma le pertenece un mundo distinto; para cada alma es toda otra alma un trasmundo”[7]. Le hace la guerra a la totalidad en la cual significo e identifico mi vida. No es alguien a quien le caigo mal y quiere verme sufrir, por envidia, resentimiento, placer. Además: quiere mi alma. Él también puede resultar débil frente a mí, querer borrar su diferencia. Volverme un simple opositor en una vasija común. El enemigo quiere verse vencedor desde adentro mío, solo así puede percibir la huella de la victoria y el orden de la dominación. En este sentido, la política profesional de la victoriosa liberal-democracia es a la política lo que la masturbación al sexo: un juego con uno mismo. No solo temo al enemigo como enemigo. También temo volverme como él. Por eso, solo el enemigo puede producir, respecto de la política, su fundamento como autenticidad.

Solo el enemigo me hace auténticamente político. Así sucede porque el contacto con el enemigo es doloroso, desgarrador, profundo. Una picadura del escorpión. De ese estar frente a frente, se sale transformado. O no se sale: “Sólo os es lícito tener enemigos que haya que odiar, pero no enemigos para despreciar. Es necesario que estéis orgullosos de vuestro enemigo: entonces los éxitos de él son también vuestros éxitos”[8] El enemigo es el límite de la política porque en su propio concepto está en juego la repetición del teatro y su doble —lo político se confirma, una y otra vez, como resultado de una memoria histórica que ha visto morir y ha de revivir y reconstruir la unidad y carne del pueblo, esto es, su existencia: la política nos conduce a la muerte para producir la inmortalidad real del estado y de sus extraños— o la integración del dolor a un nuevo concepto de amistad respecto de la vida.

 

Provincia de Buenos Aires, 9 de diciembre de 2015

L.S.

Notas:

[1] Quizás, se haya confundido, muy a menudo, la objetividad de la enemistad con un extrañamiento de sí. Se ha visto en la objetividad una alienación de sí en el enemigo. Desde el punto de vista psicoanalítico, una forclusión que retorna dividiendo el mundo entre amigos y enemigos. Una posición paranoica del deseo. Pero la objetividad de la enemistad, cuya metáfora se personifica en el enemigo, no es lo Otro de una consciencia enajenada. La objetividad de la enemistad, al menos bajo el capital, se encuentra en la existencia. La encuentro en el mundo y no en mi cabeza. El traslado de la enemistad a la enajenación de una idea produce una filosofía especulativa alrededor de la identidad y desconoce el ser mismo de la enemistad, viendo en ella un término relativo. No una posición auténtica, originaria. De este modo, suprime como elemento central de la política la cuestión de la lucha dado que bastaría con suprimir la alienación para revelar el carácter aparente del enemigo. De hecho, por ejemplo, “una consciencia sana” podría superar “su alienación en el enemigo” y encontrarse, una y otra vez, con la enemistad en la política. En ese terreno, queremos pensar ya no el concepto de lo político, como si fuera su centro y distinción fundamental, sino su límite. La objetividad de la enemistad no es un modo para la consciencia política de enajenarse sino de suprimirse naturalmente. Se encuentra allí como naturaleza del hombre, lobo del hombre. En este sentido, la tarea del pensamiento es acceder a esta diferencia no dialéctica (en el borde la dialéctica) que atraviesa y trabaja toda enemistad.

[2] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, España, Ediciones Altaya, trad. Andrés Sánchez Pascual, pág. 93; 2000.

 

[3] Op. cit., pág. 93.

 

[4] Op. cit., pág. 300.

 

[5] Op. cit., págs. 92-94.

 

[6] Op. cit. pág. 103.

 

[7] Op. cit., pág. 299.

 

[8] Op. cit., pág. 80.

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