La insoportable levedad de ser (modernos)

Mientras los sociólogos no paramos de acumular sufijos (con la excepción del señor Niklas Luhmann que siempre se rió de tales semánticas modernas) unas “sociedades-post” (post disciplinarias, post industriales, post humanistas, post fordistas, post modernas etc) el gran historiador francés, Jacques Le Goff, solía recordarnos, con una sabiduría tan polémica como lúcida, que todavía estamos en la Edad Media [http://www.lanacion.com.ar/746748-s…] Recuerdo un profesor de sociología general que cada vez que se encontraba con un problema de la actualidad (respecto del cual carecía de “bases empíricas”) lo resolvía todo echando mano de una conocida frase gramsciana “unas instituciones que todavía no terminan de morir, unas instituciones que aún no nacen”. Una dialéctica del fantasma, tan bien trabajada por Shakespeare, que Bertolt Brecht expresó con profundidad: lo viejo no acaba de nacer y lo nuevo no acaba de morir.
¿De dónde proviene ese interregno? ¿Porqué resultamos tan dóciles a su hechizo? Se trata de una carga en el pensamiento, una muy vieja, algo que el positivismo sociológico llamaba “prenoción”. Forma parte de la historicidad del pensar con el cual abordamos la actualidad.
“Podemos representar esquemáticamente las actitudes colectivas ante el pasado, el presente (y el futuro) observando que en la antigüedad pagana predominaba la valorización del pasado, conectada con la idea de un presente decadente; en la Edad Media el presente se ve atrapado entre el peso del pasado y la esperanza de un futuro escatológico; que en cambio en el Renacimiento se apunta al presente, y que entre los siglos XVII y XIX la ideología del progreso proyecta hacia el futuro la valorización del tiempo… La concepción medieval del tiempo bloqueará el presente entre una retroalimentación hacia el pasado y un futurotropismo particularmente acentuado en los milenaristas… Del mismo modo, los artistas de la Edad Media, atrapados entre el reclamo del pasado, del tiempo mítico del Paraíso y la búsqueda del instante privilegiado, el que compromete hacia el futuro, salvación o condena, trataron de expresar sobre todo lo atemporal…” [Jacques Le Goff, Pensar la historia: Modernidad, presente, progreso, Buenos Aires, Paidós, 2005; págs 188-190]
¿Qué es lo estrictamente moderno? Para Le Goff, es una ambigüedad que tiende, ante todo, a negarse, a destruirse:
“Lo moderno tiende ante todo a negarse, a destruirse. Desde la Edad Media al siglo XVIII, uno de los argumentos de los modernos era que los antiguos en su tiempo habían sido modernos. Fontenelle, por ejemplo, recordaba que los latinos habían sido modernos en relación con los griegos. Al definir lo moderno como el presente, se acaba convirtiéndolo en un futuro pasado. Ya no se valoriza un contenido sino un continente efímero… Tiende a valorizar lo nuevo por lo nuevo, a vaciar el contenido de la obra, del objeto, de la idea… “[Op. cit., pág 175]
La destrucción de lo moderno por sus propias fuerzas es lo que Marx llamaba “disolución de todos los sólidos”, el poder universal de la mercancía. El poder de licuefacción de la modernidad forma parte de sí misma, no es el signo de una nueva época, es un ingrediente de su salsa esencial: la modernidad siempre fue líquida.

“Lo moderno está atrapado en un proceso de aceleración sin freno. Tiene que ser cada vez más moderno: de allí un remolino vertiginoso de modernidad. Otra paradoja o ambigüedad: ese “moderno” al borde del abismo del presente se vuelve hacia el pasado. Rechaza lo antiguo, pero tiende a refugiarse en la historia: esta época que se dice y se quiere enteramente nueva se deja obsesionar por el pasado, por la memoria, por la historia” [Op. cit., pág 175]

Se idealiza un pasado mediante una selección, custodiada por nuestros afectos y conveniente para una determinada carga ideológica, con el fin de construir un presente a medida de nuestros fantasmas en la dirección de un futuro cuyo desciframiento escatológico nos obsesionamos en entrever en las metáforas del instante con las cuales nos obsesionamos cual exégetas de lo porvenir, aquello que no termina de nacer. Dicho de otro modo: la frase gramsciana no da cuenta de ningún otro presente que el presente de una repetición, el de una conciencia medieval que, en su interminable trabajo de conjuración de dioses, nos reclama, no sin descanso, tanto la buena sepultura para con los muertos, como la vida y el porvenir de los espectros.
El problema no es que seamos “posmodernos” sino que seguimos siendo modernos, demasiado modernos.
De aquí que, en definitiva, nunca realmente lo seamos.
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