En abril llega… el 2do. número de la Revista Cultural “Espectros”.

12898336_980634175351089_2060803283767918331_oLa actualidad profesional de la política (abstracta, decorativa, mercantil) no soporta que se esgriman intuiciones, pensamientos, reflexiones sobre las consecuencias funestas de la derrota. El cuerpo podrido de Fabio Tomasi expone las pulsiones de muerte de la representación y su circo geopolítico. En efecto, todo el trabajo de la comunicación se ha vuelto lucha electoral. La guerra imaginaria de los aparatos mediáticos eleva el pragmatismo a tribunal de la razón. Un anarquismo de panza dura, departamento en Miami y obediencia debida, dictamina la pertenencia correcta desde las columnas de opinión, solamente, tomadas en serio por quienes aún consideran a la reliquia de la bosta impresa un digno índice de “las operaciones del poder real”. Una caterva de reducidores del pensar laceran todo intento de saber acerca de lo real para conducir los nervios de los argentinos al minuto del periodismo y a éste como técnica de regulación de las conductas. La ciencia tecnológicamente dirigida para potenciar al capital, para fundamentar las propias convicciones del estado, es orgullo nacional. Innovación. Twittear y re-twittear la pertenencia feliz. Ya no es más el derecho una técnica del estado para regular un flujo poblacional de comportamientos sino el periodismo el hacedor de toda justicia y valoración de los hombres. Las prostitutas de la palabra fijan el mandato permanente de lo que se debe hacer y cumplir, la orden del día, para ser reconocido, por la mercancía, como hombre y mujer de sociedad; signo del éxito: publicidad de ser uno mismo. Opera la conocida subsunción de la universidad, en tanto intelecto general, al capital, sea directamente a través de sus empresas, sea indirectamente a través del financiamiento del estado. Ya nadie quiere saber nada con la crítica si ésta perjudica o duele: lo que importa es que sea “orgánica”. Y, por supuesto: “que le resuelva los problemas a la gente”, “al pueblo”, que lo parió. La Ilustración pasa a relevo como monstruosidad genocida del hombre blanco, contra el salvaje inocente, de los pueblos originarios, tan buenos, tan puros, tan originarios. Ya no hay espacios para la crítica pública y la obediencia privada. La primera se sospecha de traición; la segunda se descuenta. Un circo miserable de buchones y mediocres conforman la textura de la decadencia. Educaditos, rockeritos, cancheros, con buen promedio universitario. Damos asco. Así las cosas, no es extraño que formar “grupos”, “comités”, “agrupaciones”, tenga, a priori, el sabor de la empresa. Hasta el lenguaje se vuelve… Carapintada. Pero de ningún “color esperanza”. Acumulación, constante y sonante de lo que sea. Lo importante es hacerse de muchos para con los muchos hacer estadística de la importancia, conseguir likes, sponsors, publicidad, canjes para el conveniente apoyo de la madre de todas las batallas… El amor del campo popular. Que esta tarea se haga también en la universidad nada dice de ningún “retorno de la política”. Solo afirma la urgente reconversión tecnológica de la renta agraria, mediante una política de estado, para el continuo financiamiento de conocimiento sin lectores, mediante un entramado de becas y estímulos, que consoliden la carrera profesional de los profesionales, los exporte o importe, o rotundamente ignore, para una nueva distopía de Hernán Vanoli. El pensamiento ya no amanece en el grupo, en la voluntad de grupo, mucho menos en la pareja y su soporífero ser familia, demasiado enajenada, en el sostenimiento de identidades zombis… El inicio de las ganas y de la libertad es ahora el dúo: una máquina para el leer y escribir de los espectros.
Los Editores.
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La escritura polémica del estado como texto

leonardo fabio¿Fundamenta la ideología una identidad? No. Sucede al revés. La identidad, en tanto principio de identidad[1], es el inicio de toda ideología como tal. El principio de identidad exige una decisión previa, que ya no concierne al orden de las ideas, de las ideologías, de las representaciones, de las imágenes, de los significantes, sino que concierne, estrictamente, a la existencia como política: el quién del estado. ¿Quiénes somos en el estado? ¿Un pueblo como unidad política viva, existente? ¿Una Nación? ¿Un Nosotros? ¿Cómo comienza la Constitución? Con un preámbulo. Que la escuela nos hace estudiar y recitar de memoria. Empieza con un Nos. Un Nosotros. ¿Quién es ése Nosotros? ¿Nosotros? ¿Existió ése Nos, ése nosotros? ¿Hemos exigido al estado que reconozca nuestro cuerpo? Un cuerpo no puede ser otro que el del trabajo, el del sacrificio, el cuerpo explotado del hombre por el hombre para producir el mundo del hombre como valioso y como sentido. No podemos dejar de dudar de nosotros si queremos pensar. ¿Acaso hemos sido siempre un puro relato? Lo que sabemos es que, muy a pesar nuestro, algo somos. Una identidad se nos ha clavado, marcado, herido. Porque incluso para poder dudar de nuestra identidad, de nuestro Yo, para poder dudar de nosotros, debemos presuponerlo. Debo presuponer que, ante todo, existo. Alguien debe estar pensando mientras escribo que estoy pensando en esto que, aparentemente, ¿somos? Ya desde el comienzo de la Constitución ¿un hecho literario? ¿Cómo evitar que un texto político como Facundo sea, al mismo tiempo, ideal del yo para el pueblo (civilizado) y origen de la tradición de la literatura argentina? ¿Cómo no va a ser, por lo tanto, el propio Estado-Nación: lector primero de Martín Fierro, su principal propagandista e impulsor? Si el Martín Fierro es el testigo de la esencia de los argentinos, diría Carlos Astrada, el poema en donde alguna vez hemos reconocido una unidad primera, originaria, un destino, una relación con la tierra, con la naturaleza, un arraigo, una pertenencia, unas letras compartidas, recitadas, revindicadas, tanto por porteños como provincianos, nacionalistas y anarquistas, gorilas y peronistas; Si el Facundo no ha podido lograr esto es porque pertenece, totalmente, a uno de los dos bandos inventados por su propio relato, porque, para el otro, el excluido, no hay dominación política sino liso y llano exterminio; Si el mérito mayor de Sarmiento es haber trazado la lógica política del enfrentamiento (amigo-enemigo) entonces vamos a tener que concluir, necesariamente, que el poema de Hernández no es otra cosa que el campo de batalla en tanto éste representa, textualmente, la unidad conquistada del estado. Pero el campo popular excede el texto de Hernández; su captura por el Estado. Y ya expone la diferencia entre lo nacional y lo popular.

[1] Si el principio de identidad es pensado de modo formal A= A entonces B no tiene nada que ver con A, son dos formas distintas. No pueden reconocerse en algo común. Esa lógica no produce una dominación política porque la clave de toda dominación política es que B reconozca en A su propio rostro pero dado vuelta, como Amo. Toda dominación política es una idea del Esclavo que quiere ser Amo. Por eso, el Esclavo desea ser Amo, y Amo no desea: Goza de serlo. Pensada de modo estrictamente formal, la identidad presupone la guerra. Amigo o enemigo. No puedo reconocerme en el enemigo. B debe ser exterminado. El principio de identidad, pensado de modo dialéctico, supone que B no es esencialmente distinto de A sino que se pertenecen, B es lo otro de A, que debe ser asimilado como diferencia específica al interior del conjunto de A. No supone una guerra sino una lucha. El enemigo dialéctico me invita a superarlo o asimilarlo como Ideal. En esa lucha, se juega el destino de B como dominado, es decir, ocupar el lugar de A. O se juega su emancipación, lo cual quiere decir superar tanto a A como a sí mismo, como B, para producir la diferencia verdadera, una historia propia y realizar la justicia más allá de la identidad (de A) y de su estado (que incluía a B como dominado) El enemigo concebido de modo dialéctico presupone que el hombre solo puede llegar a ser auténticamente hombre si se supera a sí mismo como tal, es decir, en tanto revolucionario.

Escrituras de la decadencia (Comunicación y persona) / Ensayo Revista Espectros

 

¿Qué río éste que arrastra mitologías y espadas?

Es inútil que duerma

Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano.

El río me arrebata y soy ese río.

De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo.

Acaso el manantial está en mí.

Acaso de mi sombra

Surgen, fatales e ilusorios, los días.

Heráclito

Jorge Luis Borges

12370905_10153698688428808_1535078004980417869_oNosotros, los bastardos—. Esta sombra es el yo. La modernidad para determinar la subjetividad del sujeto, esto es, su esencia, tuvo que concebirse a sí misma como tiempo: la conciencia cartesiana es el resultado de la conquista y funda la subjetividad moderna europea como conciencia solipsista. Soy nada más que tiempo, pero la sombra me informa la ilusión que organiza el orden de mis días: la sombra, en cada caso, propia. La modernidad piensa el presente como el orden trascendental de la razón, mediante la lógica, permite al sujeto no sucumbir frente a lo real. El hombre moderno no tiene otro fundamento que la pregunta por su actualidad. En esta falta de fundamento, la modernidad describe el aislamiento metafísico del hombre como ser efímero: el presente en tanto presente es el tiempo producido por la ciencia. El presente de un discurso científico. Este discurso científico no descubre el Hombre en el humano sino positividades: lenguaje, trabajo, inconsciente. La sombra no me informa sobre el ser sino sobre el orden de la representación. Pero no es ella, la sombra, la dimensión oscura del alma: la sombra es el cogito. El cogito me exige la organización de la totalidad para la certeza y seguridad de la razón: es la meditación objetiva de la esencia de la política como guerra. Un mundo donde la subjetividad se piensa bajo los límites del estado y se funda en los distintos modos seculares de la ley, necesariamente, expulsa, teme, denigra, la alteridad, condena la diferencia. ¿Qué pasa cuando sentimos que todos los órdenes de los cuales habíamos considerado como “fundantes” “eternos” y “universales” se disuelven ante los ojos de una cultura que no dejamos de percibir como inauténtica? Aparece la textura de nuestros días, los nervios de nuestra desesperación, el retorno de los brujos: la decadencia de Occidente. ¿Acaso esta decadencia no revela la disipación del cono de sombra que recaía sobre nosotros cuando Europa se pensaba a sí misma como luz? De una materia deleznable fuimos concebidos: desarraigados, implantados, mestizos.

Pero la decadencia nos revela la refutación de todos los orígenes, la duda y disolución de todos los fundamentos: la verdad trágica del bastardo es el carácter universal de toda la cultura.

Para leer el texto completo: Escrituras-de-la-decadencia_Leonardo-Sai

Publicado originalmente en el primer número de la Revista Cultural Espectros.

[La escultura es un trabajo del genial NOE SERRANO]

Espiga.

Endurece las emociones, ante sí, como quien mira una espera.
Observa, duda, no baila con las pasiones; las mide, más allá o más acá, del instinto de la lógica.
Desearía ser perfecta; dibuja los términos del mundo: la fuerza es juicio, forjado en el detalle, la confirma, soberana, del cuerpo.
Metódica, insaciablemente, criticona.
Negada a lo trascendente; no suelta los pies del barro, se deja seducir, alguna vez, por una indagación estética en la cual siente, proyectada, la potencia infinita de la vida.
La tierra no ha decaído, guarda fértil lo porvenir, en labios desconfiados.

Christer Strömholm
Foto: Christer Strömholm


22/02/2016
L.S