La escritura polémica del estado como texto

leonardo fabio¿Fundamenta la ideología una identidad? No. Sucede al revés. La identidad, en tanto principio de identidad[1], es el inicio de toda ideología como tal. El principio de identidad exige una decisión previa, que ya no concierne al orden de las ideas, de las ideologías, de las representaciones, de las imágenes, de los significantes, sino que concierne, estrictamente, a la existencia como política: el quién del estado. ¿Quiénes somos en el estado? ¿Un pueblo como unidad política viva, existente? ¿Una Nación? ¿Un Nosotros? ¿Cómo comienza la Constitución? Con un preámbulo. Que la escuela nos hace estudiar y recitar de memoria. Empieza con un Nos. Un Nosotros. ¿Quién es ése Nosotros? ¿Nosotros? ¿Existió ése Nos, ése nosotros? ¿Hemos exigido al estado que reconozca nuestro cuerpo? Un cuerpo no puede ser otro que el del trabajo, el del sacrificio, el cuerpo explotado del hombre por el hombre para producir el mundo del hombre como valioso y como sentido. No podemos dejar de dudar de nosotros si queremos pensar. ¿Acaso hemos sido siempre un puro relato? Lo que sabemos es que, muy a pesar nuestro, algo somos. Una identidad se nos ha clavado, marcado, herido. Porque incluso para poder dudar de nuestra identidad, de nuestro Yo, para poder dudar de nosotros, debemos presuponerlo. Debo presuponer que, ante todo, existo. Alguien debe estar pensando mientras escribo que estoy pensando en esto que, aparentemente, ¿somos? Ya desde el comienzo de la Constitución ¿un hecho literario? ¿Cómo evitar que un texto político como Facundo sea, al mismo tiempo, ideal del yo para el pueblo (civilizado) y origen de la tradición de la literatura argentina? ¿Cómo no va a ser, por lo tanto, el propio Estado-Nación: lector primero de Martín Fierro, su principal propagandista e impulsor? Si el Martín Fierro es el testigo de la esencia de los argentinos, diría Carlos Astrada, el poema en donde alguna vez hemos reconocido una unidad primera, originaria, un destino, una relación con la tierra, con la naturaleza, un arraigo, una pertenencia, unas letras compartidas, recitadas, revindicadas, tanto por porteños como provincianos, nacionalistas y anarquistas, gorilas y peronistas; Si el Facundo no ha podido lograr esto es porque pertenece, totalmente, a uno de los dos bandos inventados por su propio relato, porque, para el otro, el excluido, no hay dominación política sino liso y llano exterminio; Si el mérito mayor de Sarmiento es haber trazado la lógica política del enfrentamiento (amigo-enemigo) entonces vamos a tener que concluir, necesariamente, que el poema de Hernández no es otra cosa que el campo de batalla en tanto éste representa, textualmente, la unidad conquistada del estado. Pero el campo popular excede el texto de Hernández; su captura por el Estado. Y ya expone la diferencia entre lo nacional y lo popular.

[1] Si el principio de identidad es pensado de modo formal A= A entonces B no tiene nada que ver con A, son dos formas distintas. No pueden reconocerse en algo común. Esa lógica no produce una dominación política porque la clave de toda dominación política es que B reconozca en A su propio rostro pero dado vuelta, como Amo. Toda dominación política es una idea del Esclavo que quiere ser Amo. Por eso, el Esclavo desea ser Amo, y Amo no desea: Goza de serlo. Pensada de modo estrictamente formal, la identidad presupone la guerra. Amigo o enemigo. No puedo reconocerme en el enemigo. B debe ser exterminado. El principio de identidad, pensado de modo dialéctico, supone que B no es esencialmente distinto de A sino que se pertenecen, B es lo otro de A, que debe ser asimilado como diferencia específica al interior del conjunto de A. No supone una guerra sino una lucha. El enemigo dialéctico me invita a superarlo o asimilarlo como Ideal. En esa lucha, se juega el destino de B como dominado, es decir, ocupar el lugar de A. O se juega su emancipación, lo cual quiere decir superar tanto a A como a sí mismo, como B, para producir la diferencia verdadera, una historia propia y realizar la justicia más allá de la identidad (de A) y de su estado (que incluía a B como dominado) El enemigo concebido de modo dialéctico presupone que el hombre solo puede llegar a ser auténticamente hombre si se supera a sí mismo como tal, es decir, en tanto revolucionario.

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