Máquinas electorales.

12321375_10153995417478808_9039594376473854890_nPor todos lados máquinas electorales. ¡Qué pobre, esa noción, del racismo de la inteligencia: “clientelismo”! No existe, nunca existieron, clientelismos. Hay máquinas electorales de máquinas electorales. Aceitadas, complejas, un funcionamiento que analiza el deseo del campo social y se dispone a producirlo como mercado afectivo y capital político acumulable. Clientelismo es una noción demasiado “macro”, demasiado sociológica, para poder pensar cómo se ata una necesidad a una imagen de satisfacción, de cuidado, de derecho, de intervención eficaz de un otro, siempre delirado, corrompido, tan benefactor como perverso. El Peludo rosquea, el Peludo confabula, el Peludo se ocupa de las “señoras”. No “discursea” públicamente un carajo. Es el gran técnico, el gran organizador, de la máquina electoral. De la tele, de la comodidad del teclado, de la casa, a la Plaza de Mayo. Movilizar, organizativamente, enormes grupos humanos: solo las máquinas políticas son capaces de hacerlo. Sudada disputa de mayorías sociales. Yrigoyen fue un enigma; su hermenéutica era y son las máquinas electorales. ¡Oh, sombra del Peludo! El pueblo participa, pero no vota. Los partidos políticos existen, pero sin ideas, sin programas, sin otro norte que el emparchamiento cortoplacista de las imposiciones supranacionales de la crisis, el orden conservador del dinero. Una crisis de magnitudes apocalípticas se agita sobre el coro de los estados-nación, repetición del Treinta, pero sin fantasma rojo. En palabras de Pinedo, quien ya se oponía a los primeros e incipientes ejercicios de economía política de estado por parte de Don Hipólito: “Llegado Yrigoyen al gobierno como Mesías, cuando se esperaban sus proyectos redentores se produjo, como fruto de una gestación de veinte años, el más grotesco parto de los montes, concretado en la aparición de cuatro proyectos… de un infantilismo risible. En uno de los mensajes se anunciaba el proyecto de modificar el régimen agrario del país por medio de la colonización agrícola-ganadera, bajo el control del Estado, que se declaraba necesaria para evitar los males que —según se decía— había producido la acción privada; pero en realidad el proyecto de ley remitido consistía en la simple autorización al Poder Ejecutivo para emplear la ridícula suma de 30 millones de pesos en préstamos a agricultores para cosas tan distintas como comprar tierra pública o privada y la construcción de casas-habitación o adquisición de animales, todo como lo decidieran los funcionarios designados por el Poder Ejecutivo, sin que la ley estableciera siquiera por medio de quién y en qué condiciones se harían los préstamos, dejando todo al arbitrio del gobierno!”[1] El gobierno de la plebe se forma entre máquinas electorales, entre comités, como “la chusma”, un “insaciable afán de corrupción” al decir de los socialistas… Una grasa militante que espanta al Ministro de Hacienda, José María Rosa, en 1899: “Nuestros presupuestos han aumentado constantemente en los últimos años. Es notorio que el personal de la administración pública es excesivo, como también en notorio que se han creado cargos inútiles y gravosos con el único objetivo de hacer lugar a personas cuya influencia ha sido suficiente como para lograr que el Estado las mantenga. La burocracia crece; los hijos del país abandonan el comercio y la industria y todas las esferas del trabajo libre y la iniciativa individual, para buscar un empleo oficial o el ejercicio de actividades de intermediación que no exigen ningún esfuerzo. El número de jóvenes que pierden su tiempo buscando alguna ubicación en vez de dedicar sus energías al trabajo, en un país que ofrece riqueza a todo el que emplee un poco de energía y de perseverancia, es sorprendente. Pero todos ansían la vida fácil, aun cuando esta sea miserable, y, para lograrlo, apelan a su ingenio, buscan recomendaciones y utilizan todos los medios a su alcance. Esta multitud de pertinaces solicitantes de empleos da como resultado la creación de nuevos cargos y servicios, todos igualmente inútiles…”[2] El marketing es el chupete de la ciencia política del capital. Una lucha de corporaciones mediáticas organiza la interpretación política de los hechos sociales como “hashtag”, golpes de efecto judiciales, carpetazo de una grabación “smartphone”. Ya nadie se resiste a volverse un botón, un “periodista”, ser la pequeña tendencia municipal del Facebook. Máquina electoral de sí en el “reality show” de la empresa, de la competencia por el cargo, de la vida como basura comprimida. El bebé que succiona su dedo es una máquina electoral. La chica feliz con su “tablet” recién estrenada es una máquina electoral. La fertilización del óvulo es una máquina electoral. El recibo de sueldo del primer salario es una máquina electoral. El casamiento de Roberto con Andrés es una máquina electoral. La compra de una moto es una máquina electoral. Las tetas recién estrenadas por el plan privado de la obra social de la CGT es máquina electoral. La inauguración de una franquicia es una máquina electoral. Las elecciones invaden el ritmo de lo cotidiano como un triunfo del gobierno sobre el más ínfimo riesgo de la vida (imposible) en el liberalismo planetario. Una oportunidad para la foto, un poco de urgente humanidad, la sonrisa del abuelo, el abrazo del morocho, la amabilidad de la vecina, la nena rubia se come un yogurt, la “selfie” del adolescente: el afiche lo envuelve todo en su infame existencia de papel, transcurre por el asfalto, del instante ya perdido, para una ternura tan ansiada como impostada. El país no duerme. Nunca apolilla. Elecciones en coyunturas de la nada misma; tramoya, cual cocainómano sobre un espejo hecho de infinitas transacciones, bajo el “pressing” de la imposición de la propia estupidez. La ciudad, narcótica, insomne, tan susceptible. El teclado que no cesa de producir el lazo social es una máquina de escribir la simpatía y la intolerancia del virtual. Carbonizados los nervios de los argentinos —sin tregua, sin grietas finalmente reconciliadas— que defendiendo a capa y espada el estado de naturaleza de la política profesional se convocan, nuevamente, a la comodidad del ser colonial. El liberalismo nos hace sentir “como en casa”. José Hernández no para de anunciar ¡el pueblo barrerá, finalmente, con las iniquidades mitristas! Dongui las lee, las estudia, las comenta. Es que llegaron los días de las elecciones y los mitristas ganan movilizando 600 votos en toda la ciudad. Hernández no se sorprende, ni se aflige. Vuelve a decir: “ya vendrá el pueblo”. El pueblo no es una realidad histórica sino una promesa de justicia. El historiador está perplejo. No observa el lenguaje mesiánico del escritor del campo popular, narra la historia, en la carencia de un concepto correcto de pueblo. Sin embargo, Halperin ilumina, siempre: “las elecciones eran disputas entre máquinas electorales”[3]. La medida de la actual represión “republicana” de los “populismos de américa latina” expone la repetición del terror contra los Pueblos del Sur quienes, acaso, ya asumen, por las groseras evidencias de la televisión oficial, que sin una política continental en la cual se reconozcan, más allá de las naciones, como pueblos, quedarán a merced del capital-parlamentarismo traidor. Meterse, involucrase, ensuciarse, entre máquinas electorales que, en parte, mutilan la potencia del campo popular pero también, en parte, le habilitan poder, estructuras, negociación[4]. Yrigoyen es esa primera metáfora de los contactos del campo popular con la política profesional, ya expone su diferencia, su carácter enigmático. Las máquinas electorales no deben autonomizarse, automatizarse, deben volver a ser apropiadas por la sangre renovada del campo popular[5]. Lo contrario, su funcionamiento vegetal, (des)organiza un presente absoluto, mundialmente, conocido: el individuo que calcula, ante el ritual de la democracia formal, si votará por el sorete o la mierda.

 

El presente texto se inspiró en el trabajo “Behavioral Cut-Ups” de la documentalista Alejandra Almirón: [https://vimeo.com/125539184]
Buenos Aires, 4 de abril de 2016
L.Sai
 
[1] Cita tomada del clásico “El radicalismo argentino 1890-1930” de David Rock, Amorrortu Editores, Buenos Aires; Página 122-23.
[2] Op. cit. pág. 34.
[3] Tulio Halperin Donghi, El enigma Yrigoyen. Conferencia en la Universidad de California, Berkeley. Versión online.
[4] Lo que Mr. Giddens llama teoría de la estructuración social.
[5] Si la legitimidad política quiere prescindir de la legalidad, la máquina política gira en el vacío. Si, por otra parte, el principio legitimador de la soberanía popular se reduce al momento electoral y se resuelve en reglas procedimentales jurídicamente establecidas, la legitimidad desaparece en la legalidad formal y la máquina política se paraliza, nuevamente. Legitimidad y legalidad son el anverso y el reverso de la máquina política como tal. Ambos principios deben operar que la ella funcione políticamente.
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