Raíces sangrientas raíces

¿En qué sentido el capital ha construido naciones? El engaño de Adam Smith yace en el título de su obra fundamental. Quizás, la primera ilusión de la economía política: que el capital construye la riqueza de las naciones. Es simplemente una apariencia, una idea estática, un producto ideológico del poder burgués. En cuanto puede hacerlo, el caparazón que lo cobija se rompe y nos demuestra lo él siempre quiso de la nación y de sus creyentes[1]: sangre, sudor, lágrimas. Lo que el mercado mundial era in nuce, lo que era ser exterior del capital industrial y del estado del capital, se produce como uno al romper todas y cada una de las barreras que le impedían el dominio completo del planeta como riqueza abstracta. El capital destruye las naciones e impone sobre ellas su propia ley, la ley capitalista del plusvalor: reino imperial de la mercancía. Una nación capitalista —todo mundo posible de la producción de una nación como tal— clausura una medida humana de la pertenencia, siempre finita, siempre frágil ante la seducción y destrucción del infinito: “… el dinero industrial es objeto, valor de uso, expresa una condición subjetiva de pretensión universal y recién entonces se acepta la referencia a un objeto ajeno a su universo, una referencia a bienes materiales heterogéneos, cuando ya ellos no son capaces de incidir en su valor verdaderamente, porque este valor de uso proviene de su propia objetividad en lugar de la objetividad del bien que representa. Es como una lente que está viva, a través de la cual solo logramos ver lo que ella nos permite. Hay un mundo material detrás de semejante lente, pero ya no sabemos cómo es y cualquier isomorfismo del valor resulta inútil”[2] Sintéticamente: el dinero nos roba la constitución de la objetividad del objeto sin su mediación, de este modo, nos roba el objeto y la posibilidad de fundarlo como valioso[3]. Un mundo donde la riqueza encuentre una nueva relación con la necesidad sin la mediación fetichista de la forma del valor: un dinero que ya no puede poseer objetos sino que simplemente los usa, comunitariamente, elevando el piso de goce de la humanidad. Aquello que la tecnología ya señala como productivamente posible. Nos preguntábamos: ¿en qué sentido el capital ha construido naciones?

La reproducción del capital, bajo los límites del nacionalismo industrial, fue un elemento de la reproducción social total. Fue un elemento independiente cuyo movimiento colonizador, mediante la masacre y la penetración de la mercancía occidental, siempre compitió con los movimientos de los demás capitales. Incluidos los capitalistas, no occidentales, no modernos. De ahí que la guerra solucionara fundamentalmente la cuestión de quién manda a quién en los mercados de la conquista europea. Pero el movimiento total del capital, en el XX, no es una suma mecánica que haya dado por resultado la primacía financiera sobre la industria sino que ha producido un resultado singularmente modificado en la propia estructura del capital: la diferenciación interna del capital, entre capital tecnológicamente potenciado y capital simple[4]. El mundo unificado por la mercancía es el mercado mundial del capital tecnológicamente potenciado en donde las naciones ya no reconocen su riqueza sino la amenaza permanente de su fuga. Aquí la percepción del capitalismo financiero como verdugo de los pueblos. Si el capital industrial desarraiga a los hombres de la relación con el uso como mundo a la mano para imponer sobre ellos el tiempo lineal, serial y abstracto de la máquina: el capital tecnológicamente potenciado redobla el desarraigo respecto del lenguaje como pertenencia, tierra, identidad, nación para imponer sobre ellos una cibernética sobre la totalidad del ente[5].

La economía política del cambio tecnológico permanente es la anatomía de la sociedad de control; el dominio de los sistemas sociales mediante la cibernética constituye la estructura de la enajenación social. Ya no son “ideologías” las que se han autonomizado, ni siquiera el estado quien se ha vuelto ajeno. Es la propia sociedad como sociedad mundial la que aparece como lo familiar vuelto extraño en tanto comunicación (hackers, pérdida de identidad, disolución del espacio íntimo, etc) La moderna sociedad funcionalmente diferenciada es el orden cultural de la burguesía trasnacionalizada.

El campo popular es el bloque mundial de la biología explotada por el capital como tecnología, genoma, inteligencia artificial. El campo popular aparece como un cuerpo desorganizado por la técnica y el liberalismo que lo reduce a mayoría amorfa de la globalización. Las multitudes globales son puras burbujas. Es que una conciencia nacional es apenas uno de los rostros del campo popular. Jamás su núcleo. Un campo popular puede estar en el estado de modo “posnacional”[6]. No obstante, un proletariado acecha al campo popular como espectro de la clase que reclama encarnación, vida y política. Un proletariado[7] que será escritura, no solo para comunicar, sino para resistir la comunicación. Un proletariado, tecnológicamente, mundial; necesariamente internacional. Volvamos.

El capital podía diferenciar lo que no era capitalismo, lo que no constituía en su relación esencial (la relación salarial) bajo el modo del saqueo imperialista, y para ello debía, al propio tiempo, diferenciarse a sí mismo como capital (monopolista, imperialista, capital tecnológicamente potenciado) Debía establecer sobre sí mismo una jerarquía. Una jerarquía entre aquellos que comandaban y comandan al mundo a imagen y semejanza de su ideal de yo y el resto al cual se le encarga la forma humana, demasiado humana, del plusvalor absoluto. Luxemburgo lo comprendía con clarividencia: “De este modo, el capital va preparando su bancarrota por dos caminos. De una parte, porque, al expansionarse a costa de todas las formas no capitalistas de producción, camina hacia el momento en que toda la humanidad se compondrá exclusivamente de capitalistas y proletarios asalariados, haciéndose imposible, por tanto, toda nueva expansión y, como consecuencia de ello, toda acumulación. De otra parte, en la medida en que esta tendencia se impone, el capitalismo va agudizando los antagonismos de clase y la anarquía política y económica internacional en tales términos, que, mucho antes de que se llegue a las últimas consecuencias del desarrollo económico, es decir, mucho antes de que se imponga en el mundo el régimen absoluto y uniforme de la producción capitalista, sobrevendrá la rebelión del proletariado internacional, que acabará necesariamente con el régimen capitalista”[8]. El desarrollo económico capitalista en virtud del cual las naciones atrasadas algún día van a amanecer con el rostro de las adelantadas es la certeza de la muerte del planeta puesto que no resiste la extracción de materia prima en igual proporción: el capitalismo ha vuelto inviable la vida. La tierra ya no resiste ser transmutada en tasa de ganancia. El programa comunista es una economía política ecológica[9]. No trabaja sobre el tiempo instantáneo de la política profesional sino sobre el tiempo apocalíptico de la advertencia última: “¿Qué Argentina están entre todos ellos diseñando? Una Argentina definitivamente agroexportadora, con un modelo de agricultura sin agricultores, con núcleos técnicos y científicos empresariales tal como los que prepara el CONICET, que pondrán en práctica todo tipo de nuevos engendros biotecnológicos y los librarán al ambiente sin mayores recaudos para la salud de la gente, para la biodiversidad y los equilibrios de los ecosistemas. Una Argentina con un territorio absolutamente despoblado y con enormes ciudades inmanejables, con infraestructuras camineras y ferrocarrileras pensadas exclusivamente para sacar por los puertos privatizados el fruto malsano de la tierra. Una Argentina con una Hidrovía Paraguay-Paraná, que será la arteria coronaria por donde se desangrará el llamado por Syngenta, MERCOSUR de la soja. Una Argentina que dependerá cada vez más del gasoil venezolano y del gas boliviano, mientras nuestras reservas son exportadas por Repsol y cuando además, nos disponemos a hacer del Biodiesel un nuevo vector estratégico de esa Argentina neocolonial. El último hallazgo de ciertos iluminados es que, en un país con millones de niños y adultos que carecen del alimento necesario, pondremos los mejores suelos agrícolas en función de producir nuevos combustibles…”[10] Volvamos.

Fabian

Fabián Tomasi, ex trabajador rural, testimonio viviente del uso de agrotóxicos. Foto: Pablo Ernesto Piovano.

            El capital no construye naciones ni las erige sino tan solo las produce como apariencias de una unidad mayor, el mercado mundial, el cual requiere blindaje del derecho y del estado para circular riqueza bajo la forma del dinero a través de la moneda: la Unión Europea no es la unidad del pueblo europeo sino la reconstrucción de Alemania bajo la convicción de que en su lengua yace el destino de Europa como capital tecnológicamente potenciado. Motor económico del euro. El estado del capital al pensarse en la misma escala del mercado mundial lejos de producir la pertenencia vuelve imperial la mercancía e introduce la existencia del liberalismo (y todas sus soluciones razonables, cautelosas y parlamentarias) para que los pueblos se piensen como individuos. Pero un pueblo no es una suma de individuos sino un bloque histórico: el bloque histórico de los oprimidos. La situación de opresión no es la identidad de los oprimidos sino la semejanza que los aglutina. Parece que en Brasil se destruye la experiencia del PT. La experiencia del PT estaba unida a la construcción del Mercosur y los negociados ahora se llevan puesto la política de Lula. La construcción “desde arriba” de la cuestión continental (por las burguesías de estado tecnológicamente dependientes) reproduce, en la escala del Sur, las ansias de Nación del populismo. Repite, en grande, la ausencia del proyecto del proletariado bajo la organización imaginaria del origen mediante un relato sobre la autenticidad (la tierra del indio) y la traición (la oligarquía) Son los pueblos los que necesitan del proletariado para que el concepto de clase adquiera el carácter de instrumento de lucha y mire hacia el futuro como horizonte. De lo contrario, abrazará pragmáticos proyectos de corto plazo, para la supervivencia, como victoria electoral  y política de baja mediática del desempleo. Una miríada de cooperativas organizadas bajo el nacionalismo de estado sustituye, en tanto obrero colectivo peticionista, la necesidad de producir plusvalor absoluto para el mercado mundial del capital tecnológicamente potenciado.

El oprimido alemán será solidario con el oprimido argentino solo si anticipa en la sabiduría del enemigo.  Éste le asegura: “estarás inmediatamente mejor si Alemania los destruye con tecnología, con tu trabajo”. Pero también nos asegura, a nosotros, con ropajes “marxistas”, la ausencia de contradicción[11] mediante un cuentito sociológico-político que afirmaría una contra-hegemonía (reunión de emergencias nacionales, regionales y movimientos sociales de carácter planetario, BRICS, una supuesta transición a una gestión cooperativa y democrática de la economía mundial, con Brasil a la cabeza en América Latina, Rusia mediando y articulando entre Europa, Asia y Medio Oriente, China y el este asiático proyectándose en el mundo, Sudáfrica teniendo un rol en la integración africana) que resulta, en rigor, un candombe geo-político producido por un latino-americanismo oficial. Pantalla de las burguesías emergentes para saltar a negocios que las potencien respecto de empresas trasnacionales ya instaladas. Mientras unas requieren, principalmente, de tratados internacionales estado-estado, otras promueven los tratados de libre comercio que benefician, primordialmente, a las empresas que alcanzaron mayor grado de internacionalización de su nivel y calidad mundial de producción[12].

Entonces, la historia colonial de América Latina sacudirá los cuerpos contaminados de minería a cielo abierto y clamará por sus raíces sangrientas raíces[13]; Testimonio presente de nuestra diferencia. Una sensibilidad colonizada y colonial, en su dolor, ya nos revela la singularidad del Sur. Produce el desajuste del juicio eurocéntrico y exige una reforma del entendimiento en clave ontológica: una ilustración popular para que nuestros pueblos observen en el concepto un camino posible para trascender la modernidad.

Una toma del saber, que arraiga.

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Notas:

[1] Quienes hacen de ella una esencia prestando cuerpo al estado: los nacionalistas, esos cornudos del espíritu.

[2] Enrique Meler, La lealtad de la traición, Ediciones del Signo, Buenos Aires, 2015.

[3] El problema del dinero no es económico sino trascendental. El dinero es un asunto metafísico. Fáustico, diría Osvaldo Spengler. En su ser profundo no se juega la contabilidad de la empresa sino una experiencia con la verdad y el destino de la humanidad. No es un asunto privado sino la más pública de las cuestiones. En la relación con el dinero se juega una relación personal con la verdad y el espíritu. En 1949, Truman Capote escribió un cuento llamado “Profesor Miseria” (Cuentos completos, Anagrama, Barcelona, 2004; trad. Juan Villoro) en el cual un multimillonario se dedica a comprar sueños, simples sueños nocturnos, de cualquier persona. Silvia se los vende del mismo modo que Oreilly, el borracho con quien conversa en bares por las noches. Él, también, todo lo ha vendido por el whiskey. Silvia comienza a no poder dormir por las noches. Oreilly, mientras tanto, le dice que lo que hemos vendido es el alma porque los sueños son la mente del alma, nuestra verdad escondida: “la mayoría de la gente se levanta por la mañana, no porque importe lo que haga, sino porque no importaría que no lo hiciera”. El millonario, el Profesor Miseria, los roba, los hace mecanografiar, los archiva, los usa. Una especie de Spotify que arrasa con todo el copyright de los songwriters. Silvia intenta recuperarlos pero no hay modo. Hacia el final del cuento, se queda sin nada. Sin dinero. Capote nos ilumina la escena del coraje del sujeto que se recupera como posibilidad. El coraje ilumina el alma nueva, el personaje ya no tiene nada que perder. Like a Rolling Stone. El sujeto que se recupera como posibilidad de constituir de nuevo el valor (los sueños, el sentido) deberá producir ese mundo, paso a paso, como afirma Silvia: “No sé lo que quiero, y tal vez nunca lo sepa, mi único deseo ante cada estrella será ver otra estrella”. Desde otra mirada, esta vez, sociológica, siguiendo a Pierre Klossovsky, Gabriel Muro, en su artículo “El Signo Erótico”, piensa cómo el dinero nos sustrae el erotismo y sus imágenes: “Klossovsky continúa la estela de Sade y proyecta una sociedad hipotética en donde se aboliría el dinero y en donde los productores de mercancías no reclamarían dinero por parte del comprador, sino la provisión de sensaciones voluptuosas por los propios consumidores. Una economía de trueque en donde productores y consumidores intercambian directamente placeres, convirtiéndose en monedas vivientes. Hombres cuyos servicios se retribuyen con mujeres, mujeres cuyos oficios se pagan con hombres, o cualquier combinación posible de cuerpos. Acaso con la abolición del dinero, los seres vivientes podrían, en sí mismos, convertirse en sustitutos del patrón oro o de la moneda fiduciaria dominante. Klossovsky contrapone sus monedas vivientes a los ejemplos de las mujeres que en la sociedad industrial producen riqueza a partir de la exhibición de su fisionomía: las divas cinematográficas y las modelos. Hoy podríamos agregar a las estrellas porno, a las promotoras, o a las conductoras de tv. Klossovsky las llama esclavas industriales porque su imagen no vale por sí misma, no se convierte ella misma en signo de su propio valor, sino por lo que representa en moneda corriente e inerte. Por supuesto, esta no es una situación exclusiva de las mujeres. En la misma situación se encuentran por ejemplo los conductores de tv masculinos o los deportistas. Para Klossowsky, esta situación solo es reversible en la medida en que los cuerpos-mercancía se vuelvan no solo fuente de riqueza, sino también los signos mismos del valor” [Blog El quirófano fractal: https://elquirofanofractal.wordpress.com/2015/08/26/el-signo-erotico/; los destacados son añadidos] Tanto en Capote como en Klossovsky observamos la apropiación del soñar el futuro, la condición de posibilidad del objeto en el momento de su imaginación productiva. Todo aquello que una dogmática marxista desprecia bajo el rótulo de “socialismo utópico-pequeño burgués”.-

[4] La era del capitalismo tecnológico comienza a partir del momento en que es teóricamente posible para el hombre la destrucción de la naturaleza del planeta, al mismo tiempo, que su reconstrucción como artificialidad absoluta, como idea. La naturaleza como idea del hombre es el pensamiento atómico del hombre como trabajo absoluto del Espíritu; inaugura, para la burguesía, el horizonte de superación del trabajo manual, de la máquina y de la industria, hacia la automatización y planificación de la totalidad del ente. El instrumento para este dominio ha sido la tecnología y la tecnología como la lucha del capital respecto del capital, no simplemente como “competencia”, sino como subsunción jerárquica del orden mundial de la producción: el capital que planifica al capital es el capital que produce tecnología como bien irreproducible, como “naturaleza”. Un capital trasnacional que empuja el derecho hacia la organización del estado capitalista planetario. Metáfora del Imperio. Para profundizar en el concepto: Pablo Levin, El capital tecnológico, Buenos Aires, Catálogos; 1997.

[5] Se siente como “modernidad líquida”. Hemos trabajado este asunto en el primer número de la Revista “Espectros” en el ensayo Escrituras de la decadencia [http://espectros.com.ar/wp-content/uploads/2015/08/Escrituras-de-la-decadencia_Leonardo-Sai.pdf] En este sentido, es muy importante destacar la relación entre cibernética y finanzas (derivados fundamentalmente) puesto que ambas operan hacia el futuro. Es imposible su desarrollo material sin la innovación permanente y sofisticación del capital tecnológico (informática, software, cibernética de los negocios, etc) que les permite a los mercados financieros crear sustitutos de moneda, con moneda potencial, del mismo modo que la comunicación puede crear expectativas, haciendo circular en forma global, comunicación de comunicaciones. El sociólogo Niklas Luhmann ha explicado detalladamente cómo la cuestión política de la comunicación es crear eventos hacia delante y la capacidad de control que esto conlleva; el ensayista Joseph Vogl, más recientemente, ha estudiado cómo el espectro de las finanzas logra fusionar la estructuras burocrático-administrativas de los estados nación con el gobierno supra-nacional de las finanzas a través del control monetario de las reservas de los bancos centrales del mundo de forma tal que la propia capacidad de representación del estado se vuelve tan inestable y turbulenta como los mercados financieros. Pero, quizás, nadie expuso con mayor claridad estos asuntos como Paul Virilio en su trabajo “El arte del motor”. Frases como “del darwinismo social a la cibernética biotécnológica no había más que un solo paso” nos han dado muchísimo que pensar. No dejaremos de destacarlo en el siguiente párrafo que condensa nuestras obsesiones: “Si la guerra de la movilización total fue ganada indudablemente contra el nazismo y sus objetivos raciales y eugenistas, aquello también fue el factor agravante del desarrollo de la noción puramente estadística de la INFORMACIÓN, a causa de las necesidades estratégicas de la inteligencia y, por lo tanto, de la difusión progresiva de una CIBERNETICA SOCIOPOLITICA que tiende a eliminar, no sólo a los más débiles, sino el libre albedrío del trabajo humano, en provecho, como lo hemos visto, de una sedicente “convivialidad interactiva” que no es sino la figura de un sometimiento discreto del ser a las máquinas “inteligentes”; simbiosis programada del hombre y la computadora donde la ayuda y el demasiado famoso “diálogo hombre-máquina” disimulan mal las premisas ya no de una discriminación racial confesa, sino de una descalificación total y no reconocida de lo humano en beneficio de un condicionamiento instrumental de la persona”[Paul Virilio, El Arte del motor: Aceleración y realidad virtual, Buenos Aires, Manantial, pág. 145-146, trad. Horacio Pons; 1996]

[6] De aquí el terrible problema para la teología política del estado moderno que requiere del campo popular la interiorización de la paranoia, es decir, abrazar una hipótesis de conflicto como “yo del pueblo”, como conciencia nacional, defensiva, de forma tal de fundar la estatalidad con la fuerza de las armas. Un nosotros, un ellos, una división tan organicista (proteger, inmunizar, al organismo) como orgánica del mundo (órganos que representan con su sola presencia al Estado Nación) Este movimiento es el que le aseguraba al estado moderno la neutralización de la revolución mediante el monopolio legítimo de la violencia física y simbólica. La Revolución en el campo popular es el acecho del Anti Cristo. El estado moderno al producir la identidad nacional como esencia del campo popular (una idea de Nación, una identidad nacional, un estado nación) puede, por primera vez en la historia, identificar de modo claro y distinto al enemigo público, al enemigo político, antes, pre-modernamente, disperso. Lo consolida la burguesía con su neta distinción entre sociedad civil y estado logrando dominar la infinitud de la guerra —acotando su espacio— en tanto relaciones/agresiones exteriores y aseguramiento de la paz social hacia dentro. Estos límites son los que el marxismo, el anarquismo, y el populismo, en forma general, le cuestionaban a la modernidad del XX dado que encontraban a su enemigo político tanto dentro como fuera. Los seguidores de Carl Schmitt no tendrían ningún prurito en agregar, a una actualizada lista, a “terroristas islámicos” y fundamentalistas de toda especie a fin de justificar la dictadura de un comisario global que custodie el orden del Occidente Cristiano. La excepcionalidad política (aquello que, en términos marxistas, no se puede subsumir) coincide, productivamente, con el dominio de un capital tecnológicamente potenciado, asociado a determinados súper estados, que, en términos geo-políticos, imponen el derecho internacional. Las nuevas formas de vida y subjetividad son luchas por la tecnología. No necesariamente coinciden con las urgencias nacionales de los estados sobrevivientes, débiles y dependientes, totalmente alienados al corto plazo y la (des) organización de la política como máquina electoral. De este modo, detrás del dominio tecnológico de la actualidad se encuentra un catolicismo que organiza el globo como circo romano universal en el cual los súper estados son los únicos seres susceptibles de representación en sentido cristiano. ¿Por qué? Porque pueden ejercer el símbolo, un poder efectivo, una presencia en ausencia, mediante el control a distancia y monitoreo permanente. La destrucción de la tradición socialista infantilizó la política de la sociedad mundial volviéndola reality show. Política ficción. House of Cards. Este control global permite capturar “el caso”, lo que cae, el pecador del orden trascendente (porque ordena la existencia) e inmanente (porque ejecuta la excepción) del Imperio en un sentido cercano al de Antonio Negri. Una representación mundial, un derecho administrativo supra-nacional, organiza un parlamentarismo universal donde la democracia burguesa absoluta exacerba el elemento aristocrático de la democracia: lo representativo específico de la liberal democracia es justamente su elemento no democrático, que los pueblos no deliberan ni gobiernan por sí mismos. Las diferentes formas de burocracia y administración supra-nacional acceden de este modo a su propio espacio de fundamentación y legitimación eligiendo del sufriente magma humano planetario algunos casos de inhumanidad suficiente que ameriten una sentencia, cada tanto, oxigena la moralidad de las instituciones, la fe racional y el capital cultural de las “middle clases”. Destruir el concepto cristiano-romano de representación corre parejo a la necesidad de identificar estas ficciones jurídicas que organizan la dominación tecnológica del capital.

[7] Se impone una caracterización de las categorías usadas en este ensayo sociológico sobre la actualidad. 4 categorías sobre producción. Por burguesía comprendo a la clase trasnacional de los capitalistas modernos que son propietarios de los medios de (re) producción social del capital, de su innovación sistémica radical, que producen riqueza universal explotando fuerza de trabajo, bajo la forma de la relación salarial, organizando jurídicamente la sociedad mundial. Por proletariado comprendo a la clase económicamente explotada de los asalariados del planeta que, privados de capital propio, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo en el mercado para poder existir. Una tercera categoría-frontera, es la de los trabajadores capitalistas que, aun poseyendo medios propios de producción, su capital no funciona como capital propio ni se realiza para ellos mismos sino para otro capital que los subsume, productiva, tecnológicamente. Tienen la identidad del burgués pero son jerárquica y realmente subsumidos por la estructura tecnológica del capital. Una cuarta categoría-frontera es el lumpen cuya identidad no está dada por la relación con la producción sino con su ausencia, rechazo, negación: sea donde haya nacido y sea la actividad (legal e ilegal) de la cual parasitariamente se nutra para sobrevivir definimos como lumpen aquél que jamás abandona una condición particular para su existencia, y por lo tanto, en tanto grupo humano resulta incapaz de producir una experiencia política lo suficientemente enajenante como para reconocer en ella un universo colectivo de proyección y pertenencia, una clase social. Con la categoría, estrictamente, sociológica de mayoría amorfa de la globalización caracterizo la existencia despolitizada, desarraigada, individualista de la sociedad mundial con prescindencia de las múltiples formas empíricas y particulares de relación (legal e ilegal) con el mercado del capital. La característica fundamental de la mayoría amorfa de la globalización es su inigualable dispersión, movimiento, comunicación y contingencia, esto es, una quietud pantanosa tecnológicamente sistematizada y controlada. Es una mayoría informe, inactiva, estéril, negativa, no posee posibilidad de organización duradera, apenas un episodio de la indignación mediático-moral. Es que las mayorías sociales, a medida que suben en la escala de la política, suben también en la escala de la forma. Un partido de masas tiene más forma que una mayoría amorfa, cuya política es tan fácil de quebrar, que hasta parece que no hace falta hacer política alguna. Basta esperar, como vegetal, al relanzamiento de la inversión y la suba del ciclo. A la mayoría amorfa de la globalización le es afín una “política de los muchos” (Occupy Wall Street, Indignados, “primavera árabe”, 15-M, etc) cuyas “contra-conductas”, lejos de desbordar el orden del capital, lo suscitan con necesidad y urgencia. Por eso, el destino de “la política de los muchos” es Instagram y WordPress. Por pueblo comprendo una categoría teológico-política diferenciada de lo que el populismo entiende por tal (la totalidad de la comunidad política incluidas la clases, sectores y grupos que sería necesario derrocar para la felicidad del pueblo) en el sentido de Antonio Gramsci como bloque social de los oprimidos. El pueblo, un campo popular, no es una totalidad, no un todo, sino un resto. Un resto que carga con la promesa de justicia para todos los oprimidos del planeta, para todas y cada una de sus formas de estar oprimidos. Finalmente, cuando uso proletariado en el sentido de espectro, esto es, en un sentido místico, hago referencia al tiempo mesiánico que produce al proletariado como totalidad convocada. Opera aquí el famoso “como si no” de Pablo de Tarso. Los trabajadores comienzan, lentamente, mediante ejercicios de contraplanificación económica, a comportarse como si no fueran simples empleados, como si sus fábricas “recuperadas”, sus cooperativas, sus reuniones de organización, sus proyectos educativos, ambientales, comunitarios, no fueran un “cuadrado aislado” en el sistema del capital sino el futuro mismo de una nueva sociedad, como si todos sus esfuerzos fueran ya jurisprudencia, reforma del estado, ampliación necesaria de la representación, operatividad del derecho, cuidado de la tierra. El horizonte de planificación socialista es la apertura/intervención/participación cada vez mayor en el espacio público por el campo popular en la dirección de un gobierno de lo común. A ese delirio de lo porvenir de la clase lo llamo inspiración. La categoría de resto es explicada en la nota al pie número 36.

[8] Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital, Buenos Aires, página 454; 1968.

[9]  Un manifiesto de economía política ecológica crítica es el maravilloso texto, desde el campo de la biología crítica, “De Papa a Monaguillo” de Andrés Carrasco [http://andresecarrasco.blogspot.com.ar/] donde se expone, con absoluta claridad y pedagogía, los riesgos biológicos de sustituir las plantas en procesos industriales, la transformación de la naturaleza en una fábrica de productos tecnológicamente modificados.

[10] Jorge Eduardo Rulli, El libro de los editoriales: Globalización y resistencia, Corregidor, Buenos Aires, pág. 100; 2008.

[11] Entre la idea de pertenencia y existencia nacional y la producción mundializada de mercancías y el poder económico trasnacional en permanente competencia.

[12] Para una visión más detallada de este asunto, ver el artículo “Integración latinoamericana: histórica asignatura pendiente” del economista y periodista Julio Sevares en esta edición de la Revista Espectros.

[13] El “marxismo nacional-populista” toma en cuenta el resentimiento del colonizado, el nuestro. Sabe que aunque tenga mil millones de dólares el burgués latino será sudaca, narco, populista, corrupto, chino. Un lumpen burgués, como dicen los marxistas de libro. La pertenencia cae por defecto. Y la soberanía hay que producirla. La famosa “solidaridad de los pueblos” no es aún “una patria grande”; no es una unión ya hecha y para siempre. No es todavía una experiencia política. Tampoco “un significante vacío”. ¿Qué es?

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