Diógenes de Sinope.

El hijo del banquero era natural de Sinope, adulteraba las monedas de su Padre, desterrado, el ahora bastardo erigía a su maestro: Antístenes, el Cínico; 

Predicó que el sendero de la vida es la errancia de los solitarios, de los parcos, los austeros, los independientes, los testarudos: un báculo empuñaba la pobreza como cura de sí mismo;

Respetaba solo a los renunciadores:

A los que pueden casarse,

y no se casan,

A los que pueden gobernar la República,

y huyen,

A los que pueden abusar de los muchachos,

y se abstienen de ello,

A los que tienen oportunidad y disposición para vivir con los poderosos,

y no se acercan;

Cuando lo capturaron como esclavo, le preguntaron:

¿Qué sabe hacer?

Respondió: “Mandar a los hombres”;

Cuando necesitaba dinero le pedía a los amigos, no como prestado, sino como debido;

Solía decir que los hombres buenos son imágenes de los dioses,

Y que el amor era la ocupación de los desocupados;

Ante la consulta: ¿Qué animal muerde peor?

Respondió: “de los bravos, el calumniador; de los domados: el adulador”;

Interrogado por el vino que le gustaba más:

Respondió: “el ajeno”;

Cuando, en una ocasión, lo examinaron con la pregunta: ¿Qué es el saber?

Respondió: “para los jóvenes: la templanza; para los viejos: consuelo; para los pobres: riqueza; para los ricos: adornos”;

Alguna vez vio que un recién casado había escrito en la puerta de su habitación “Hércules, hijo de Júpiter, habita aquí: nada malo entre”… Diógenes añadió, cual grafiti:

“Después de la batalla: el socorro”;

Le preguntaron por las putas y entonces dijo:

“las rameras son reina de reyes, pues piden cuanto les da las ganas”;

Murió a los 90 años; Diógenes, el filósofo perro, el cínico de Sinope, el sabio antiguo que mandó a que arrojasen su cadáver, sin darle sepultura, para que todos los animales participasen de él…

Aquél loco, que caminaba Atenas, a plena luz del día, con una lámpara en la mano…

Buscando, inagotablemente, al hombre honesto.

Gemäldegalerie Alte Meister, Staatliche Kunstsammlungen Dresden;

 

 

 

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Técnica y decadencia: la automatización productiva en el cine de Harun Farocki

HarunFarocki_epatsialosEl isomorfismo inconsciente, formal, de la episteme foucaultiana aparece como isomorfismo de la producción técnica del trabajo: las innovaciones del aparato bélico son la filigrana de las innovaciones generales de la cultura. La técnica de la guerra, ante todo, está diseminada en toda la red de la producción social. Harun Farocki —ojo obsesivo, visión de águila— documenta la técnica bélica como el espacio donde el conocimiento puede, abiertamente, verse como potencia destructiva en tanto experiencia de sí mismo, más allá del hombre. Este documentalista alemán se coloca como testigo de la sociedad de control basada en la informática, la cibernética, la robótica, la bio-tecnología, la automatización económica. Muestra que los operadores de las fábricas automotrices ya no están empleados por su fuerza de trabajo sino porque falta espacio físico en la empresa para nuevos robots. La destrucción de la energía humana es una metáfora de la automatización productiva. La ausencia total de una condición subjetiva, enajenada, del trabajo funda la decadencia de la cultura. Ojo del misil que se informa solito del objetivo. Lo persigue, lo reconoce, acaba con él como herramientas traducen tornillos en pixels y los pixels prescinden del hombre bajo el dominio del capital tecnológico. El humano, puro resto. El hombre ya no es el apéndice de la máquina. Ha desaparecido, junto con ella, en la organización automatizada, inmaterial, cibernética, de la totalidad del mundo.

Si Foucault constituye el mayor esfuerzo intelectual de un investigador por traer, ante los ojos, la esencia de la técnica como gobierno y práctica, la obra de Farocki debe interpretarse como su continuación, por otros medios, en la fidelidad de su mirada: la percepción material de las relaciones de fuerza, desatadas por la técnica, como ensamblaje, archivo y microfísica.

Recomiendo: Erkennen und verfolgen, 2003 (Reconocer y perseguir)

Buenos Aires, abril de 2014