Bloody Buenos Aires: consecuencias espirituales de la polarización.

tom-wolfeEn el año 2012 el gran Tom Wolfe ya tenía, a través de su genial pluma, el sentido de la victoria de Trump. La novela, que se llama Back to blood, traducida al español como Bloody Miami, en su primera gran escena, dibuja una típica mujer wasp “que no soportaba la ociosidad ni la indolencia” que no podía disfrutar de la pereza, la frivolidad, el simplemente estar al sol. La wasp, en el atiborrado Miami, siempre tiene algo que hacer y “en la playa, si no había nada mejor que hacer, organizaba caminatas. ¡Arriba! ¡Todo el mundo! ¡Venga! ¡Vamos a dar un paseo de siete kilómetros por la playa, una hora, por la arena!” La wasp se encuentra entre hermosos culos latinos y un marido que no puede dejar de verlos. Algo en ella revienta desde muy adentro. Llena de envidia y orgullo nacional, accede a un visceral satori republicano: la religión agoniza, Dios ha muerto, no somos más que un átomo azaroso dentro de ese superacelerador de partículas que es el universo, no queda nada. Y, cuando no queda nada: nos queda el linaje, la sangre, la Raza. ¡Los lazos de sangre! El orgullo nacional. La Nación. La novela cierra su arranque al grito de… ¡Volver a la sangre!

Polarizados

¿Polarizados?

CFK nunca dejó estar en el centro de la escena política doméstica. En el entretiempo del juego electoral la CGT pudo haber tenido la posibilidad de ocupar ése espacio y la atención de la reconstrucción peronista. Pero duró lo que un pedo en un jean, en un fallido se esfumó toda su posibilidad de hablarle al conjunto de la sociedad, a sus fuerzas vivas militantes, puso la marchita y escandalosamente se recluyó allí donde se siente fuerte, allí donde sabe moverse y ejercer el poder: en el perfil bajo, en la negociación permanente, en la expansión corporativa. Las luces del día y la atención mediática, más allá de los límites controlables de la verticalidad, la espantan y hacen el plato del día de La Doctora. Ella sabe que el poder es continuidad. Que la pérdida de poder se experimenta como pérdida absoluta de espacio. Por eso, hacerse de un espacio ha sido absolutamente fundamental para que CFK puede volver hacer de su cuerpo de mujer, del Sur, perseguida por los Tribunales del Clarín, nuevamente, un cuerpo político capaz de subsumir al PJ como mero plástico y fundación de las panzas desbordantes. Cristina saldó la inversión en Cristóbal López haciendo de C5N su principal máquina electoral de sí. Más allá de que en Arsenal coqueteó con la presentación pública del PRO, tiene una imagen estatal del poder. Necesita del pueblo como ése conjunto de necesitados de ella. Expulsada del aparato del estado buscó, en el espacio mediático, en el clásico formato del canal de televisión, ejercer la continuidad discursiva de su visión del mundo y entonces la inversión en el grupo Indalo retornó como límite a Macri. Alimentada por el dataísmo de estado de Marcos Peña —“dataísmo” es un concepto inventado por el filósofo Byung Chul Han y significa “dadaísmo digital”, esto es, una renuncia al entramado de sentido, un vaciamiento de la lengua, el mero sucederse de lo igual como “pos-verdad”, la cotidianeidad que transcurre tan líquida como idiota— también CFK hace usos de las redes. Que son para ella apéndices, herramientas, de un poder que debe constituirse como soberanía. De ahí la siempre abierta posibilidad de que su habilidad oral —sea para la cancha o para la “entrevista”-soliloquio— trueque en exposición parlamentaria. Para el PRO, las redes sociales son el oráculo de la sociedad, representan el “escuchar al mercado” de la economics, lo que la gente quiere y solo se atreve a preguntar por whatsapp. Para Cristina, son herramientas de prolongación de la persona. Para Duran Barba, el puro mensaje sin contenido, la llegada insustancial, pero afectiva, de la manipulación dirigida de la ternura. Marcos Peña requiere de TN una sola cosa: protección, esto es, horas y horas de mujeres que dan litros y litros de leche, batiendo récords de amamantamiento. En rigor, no es la imagen presidencial como tal la que invade el espacio social, con la Alianza Cambiemos, sino sus infantiles consignas de estado presentadas como empresa del vivir. Marcos Peña es la big data del poder; una cátedra en la Universidad Di Tella sobre el uso de la internet de las cosas y de los ciudadanos. Ultimemos.

 

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“Duran Barba es un lustrador de obviedades” (J. Asís)

En Octubre los argentinos no vamos a votar bajo el apriete, consciente o inconsciente, de los zapatos. Vamos a votar un medio ambiente semiótico —con hambre o con trabajo, con retenciones o con fuga de divisas, con endeudamiento o con ajuste fiscal— más allá o más acá de las famosas “condiciones materiales de la existencia”, siempre pasibles de ser deliradas. Votaremos una ecología de comunicaciones de comunicaciones. Quizás, algún que otro punto programático; eficacia estadística de la puteada contenida. Tal es la miseria del lazo social capturado como cibernética; reinado de lesa política de la dominación tecnológica de la conducta.

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Mientras tanto, la nación aparece como el espacio donde los pobres y las clases medias más o menos conscientes de su debilidad pueden volver a organizar algún mundo, resistir con alguna institucionalidad a la exclusión, hacerse de un estado que no les imponga la total sustracción del Bien Común disfrazada de aplicación para smartphone.

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La apuesta, no obstante, no deja de ser peligrosa; tratemos de no volver a la sangre.

 

Buenos Aires, 25 de junio de 2017

 

 

 

 

 

 

 

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Sabiduría de la decadencia (fragmento)

La decadencia puede ser pensada como idea, cultura, proceso social, lógica del nihilismo. Aquí hemos preferimos pensarla como escritura: una escritura reaccionaria que guarda, oculta, sabiduría sapiencial. Sapiencial es aquél relato que le habla directamente a los límites humanos para que éste, finalmente, los acepte. Es un testimonio de la humillación del hombre como esclavo de su creación. Es una sabiduría, psicológicamente, paranoica; políticamente reaccionaria; estéticamente alemana; intelectualmente furiosa: Nietzsche, Weber, Spengler, Schmitt, Heidegger, Luhmann. No es una reflexión sobre el futuro, sobre el porvenir, como el deseo de una juventud teórica que trabaja las fuerzas del presente para la preparación revolucionaria de la sociedad libre. Es una reflexión sobre las dramáticas consecuencias del nihilismo en el sentido del acecho permanente de la muerte, la inseguridad, la fragilidad de la existencia —golpeo las cosas, aquí y allá, para ver si dan o no ese sonido vacío, si hay aún en ellas algo serio, grave, de peso en las cosas… ¿cómo volver a darle peso a las cosas? ¿cómo volver a interpretarlas?— al mismo tiempo que vuelve sobre el pensar la necesidad de belleza, verdad, entendimiento, madurez, sistema. La decadencia es, superficialmente, un pensamiento sobre la sociedad. Profundamente, es una reflexión sobre el tiempo, la finitud, la destrucción del hombre como señor de la historia.

El valor del hombre no se ha enaltecido porque todo lo que podía mediante el ser vivo del trabajo, con relación a Dios, se realizó, fetichísticamente, como mercado mundial del capital. Al contrario, desapareció, junto con dios, realizando la riqueza abstracta contra el fantasma recurrente del hambre y la escasez. La decadencia es el ideal del yo que sólo piensa con dinero: el burgués. No exige acabar con el trabajo, pero tampoco presta consentimiento para abandonarlo. Una vieja sabiduría que no sirve, ni de consuelo, ni de guía, cuando estamos en crisis, pero ninguna lo hace. La sabiduría no es utilitaria. No es un remedio, ni cura, algo que hace que duela menos. Pero ella alumbra el dolor, con una perfección que nos absorbe, dotándola de sentido. El sentido es el elixir de la existencia: el propio dolor es el logos que enlaza afecto, pasión y sentimiento con el pensar. La decadencia es un pensamiento sobre la derrota como condición ontológica de la dignidad. Un furibundo retiro de catexis que vuelve sobre el hombre para hacerlo consciente de su desmesura.

 

El rasgo, quizás, central del pensar de la decadencia es su diferencia con la dialéctica como sobrevaloración del objeto amado. La sobrevaloración de lo amado es distinta a la enajenación. En la enajenación hay una promesa, siempre pasible de liquidarse, de recuperarlo todo como universal concreto. Sea éste Dios, Estado Ético, Revolución Proletaria. En la sobrevaloración de lo amado hay una advertencia trágica, fáustica, con respecto al objeto: la intensificación de la personalidad del amado actúa no como una ampliación de la vida sino como la intensificación de un infierno personal. El humano se hunde cada vez más hacia abajo y hacia fuera mientras se inclina con impotencia y angustia frente al abismo del sin sentido. Tal, el mundo que entierra la persona[1] y encumbra la comunicación.

La decadencia nos pone frente a frente con el nihilismo: libros como La decadencia de Occidente, Ser y Tiempo, La genealogía de la moral, La sociedad de la sociedad, van más allá de todos los libros. Nos marcan, con verdades crueles, nos volvemos parte de sus escrituras. El humano se empequeñece, el mundo se achica, el hombre pierde valor… No deberíamos resignarnos. Puesto que esta sabiduría, popularmente, lo aceptaría así: lo chiquito es ya grande y lo grande: falso.

La decadencia funda un segundo socratismo: socratismo del poder y de la técnica, urgencia del saber del no saber, ya no salvación cristiana del hombre por el hombre sino recogimiento trágico del humano frente a lo humano:

ADRASTRO. — ¿Acaso los siervos los levantaron con desagrado del montón de muertos? MENSAJERO. — Ningún esclavo se encargó de este trabajo.
ADRASTRO. — ¿Entonces fue Teseo en persona quien lo hizo?
MENSAJERO. — Así lo afirmarías, si hubieras estado presente cuando mimaba los cadáveres.
ADRASTRO. — ¿Lavó él en persona las heridas de esos desdichados?
MENSAJERO. — Si, y les tendió yacijas y cubrió sus cuerpos.
ADRASTRO. — ¡Terrible peso y lleno de vergüenza! M
ENSAJERO. — ¿Por qué van a sentir vergüenza los hombres por sus mutuos males?
Eurípides