Sabiduría de la decadencia (fragmento)

La decadencia puede ser pensada como idea, cultura, proceso social, lógica del nihilismo. Aquí hemos preferimos pensarla como escritura: una escritura reaccionaria que guarda, oculta, sabiduría sapiencial. Sapiencial es aquél relato que le habla directamente a los límites humanos para que éste, finalmente, los acepte. Es un testimonio de la humillación del hombre como esclavo de su creación. Es una sabiduría, psicológicamente, paranoica; políticamente reaccionaria; estéticamente alemana; intelectualmente furiosa: Nietzsche, Weber, Spengler, Schmitt, Heidegger, Luhmann. No es una reflexión sobre el futuro, sobre el porvenir, como el deseo de una juventud teórica que trabaja las fuerzas del presente para la preparación revolucionaria de la sociedad libre. Es una reflexión sobre las dramáticas consecuencias del nihilismo en el sentido del acecho permanente de la muerte, la inseguridad, la fragilidad de la existencia —golpeo las cosas, aquí y allá, para ver si dan o no ese sonido vacío, si hay aún en ellas algo serio, grave, de peso en las cosas… ¿cómo volver a darle peso a las cosas? ¿cómo volver a interpretarlas?— al mismo tiempo que vuelve sobre el pensar la necesidad de belleza, verdad, entendimiento, madurez, sistema. La decadencia es, superficialmente, un pensamiento sobre la sociedad. Profundamente, es una reflexión sobre el tiempo, la finitud, la destrucción del hombre como señor de la historia.

El valor del hombre no se ha enaltecido porque todo lo que podía mediante el ser vivo del trabajo, con relación a Dios, se realizó, fetichísticamente, como mercado mundial del capital. Al contrario, desapareció, junto con dios, realizando la riqueza abstracta contra el fantasma recurrente del hambre y la escasez. La decadencia es el ideal del yo que sólo piensa con dinero: el burgués. No exige acabar con el trabajo, pero tampoco presta consentimiento para abandonarlo. Una vieja sabiduría que no sirve, ni de consuelo, ni de guía, cuando estamos en crisis, pero ninguna lo hace. La sabiduría no es utilitaria. No es un remedio, ni cura, algo que hace que duela menos. Pero ella alumbra el dolor, con una perfección que nos absorbe, dotándola de sentido. El sentido es el elixir de la existencia: el propio dolor es el logos que enlaza afecto, pasión y sentimiento con el pensar. La decadencia es un pensamiento sobre la derrota como condición ontológica de la dignidad. Un furibundo retiro de catexis que vuelve sobre el hombre para hacerlo consciente de su desmesura.

 

El rasgo, quizás, central del pensar de la decadencia es su diferencia con la dialéctica como sobrevaloración del objeto amado. La sobrevaloración de lo amado es distinta a la enajenación. En la enajenación hay una promesa, siempre pasible de liquidarse, de recuperarlo todo como universal concreto. Sea éste Dios, Estado Ético, Revolución Proletaria. En la sobrevaloración de lo amado hay una advertencia trágica, fáustica, con respecto al objeto: la intensificación de la personalidad del amado actúa no como una ampliación de la vida sino como la intensificación de un infierno personal. El humano se hunde cada vez más hacia abajo y hacia fuera mientras se inclina con impotencia y angustia frente al abismo del sin sentido. Tal, el mundo que entierra la persona[1] y encumbra la comunicación.

La decadencia nos pone frente a frente con el nihilismo: libros como La decadencia de Occidente, Ser y Tiempo, La genealogía de la moral, La sociedad de la sociedad, van más allá de todos los libros. Nos marcan, con verdades crueles, nos volvemos parte de sus escrituras. El humano se empequeñece, el mundo se achica, el hombre pierde valor… No deberíamos resignarnos. Puesto que esta sabiduría, popularmente, lo aceptaría así: lo chiquito es ya grande y lo grande: falso.

La decadencia funda un segundo socratismo: socratismo del poder y de la técnica, urgencia del saber del no saber, ya no salvación cristiana del hombre por el hombre sino recogimiento trágico del humano frente a lo humano:

ADRASTRO. — ¿Acaso los siervos los levantaron con desagrado del montón de muertos? MENSAJERO. — Ningún esclavo se encargó de este trabajo.
ADRASTRO. — ¿Entonces fue Teseo en persona quien lo hizo?
MENSAJERO. — Así lo afirmarías, si hubieras estado presente cuando mimaba los cadáveres.
ADRASTRO. — ¿Lavó él en persona las heridas de esos desdichados?
MENSAJERO. — Si, y les tendió yacijas y cubrió sus cuerpos.
ADRASTRO. — ¡Terrible peso y lleno de vergüenza! M
ENSAJERO. — ¿Por qué van a sentir vergüenza los hombres por sus mutuos males?
Eurípides
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