Los ojos son de la noche

Una ceguera inicial determina la existencia,

los ojos han tenido que abrirse, el ver es un disponerse a ver,

el que mira es, ante todo, un ciego que no puede verse a sí mismo;

El hombre quiere ver y, a la par, se siente visto:

No existe en nosotros una soledad total:

la huida hacia la soledad es el testimonio de una indescifrable compañía…

Una ceguera inicial determina nuestra vida interior;

En esas tinieblas, los ojos no se dan a ver;

El respiro y la visión se dan al mismo tiempo,

en un mismo acto, apuntan al cielo, la vida que nace, hacia arriba;

Irresistiblemente brota la vida, desde la noche, desde el infierno, hacia arriba,

llamada por la oscuridad, que se derramará en luz, una vez herida por la aurora:

Una aurora que será, a su vez, entraña de la sombra:

Una visión, en la luz, que centellea,

en los ojos de la noche.

18/01/2018

L.S.

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Antes de hablar de Pueblo este diciembre (fragmento)

Emancipate yourselves from mental slavery
None but ourselves can free our minds
Have no fear for atomic energy
‘Cause none of them can stop the time
How long shall they kill our prophets
While we stand aside and look? Ooh
Some say it’s just a part of it
We’ve got to fulfill the Book

B.Marley

 

No podemos hablar del pueblo sin haber logrado antes silencio interior. 

Los oprimidos del mundo no son materia prima para ejercicios literarios: son nosotros mismos en nuestro dolor, la posibilidad del sentido, religación entre pensamiento y vida. Sin el silencio de la tribuna, de la opinión, del foro, sin ningún interés pragmático, “realista”, ni expectativas, ni resentimientos, no podemos elaborar ningún discurso acerca del campo popular. Sin tales condiciones, no se puede hablar de pueblo. Y solamente proyectaremos nuestra ideología que, como sabemos, ya tiene respuestas para todo.

El campo popular no es un uso para alguna utilidad, para fabricar algún ídolo, para inventar alguna meta-energía. Tampoco es una especialidad elitista de ninguna clase. El campo popular no está monopolizado por ninguna tradición política, nación, partido, gremio, institución, ideología, carece de “sectarismos”. Es imposible hablar sin lenguaje. Por eso, no debe confundirse el campo popular del cual hablamos con el cúmulo de interpretaciones que le dan expresión. El pueblo es, por necesidad, un discurso polisémico. Tampoco es un objeto del conocimiento o creencia. Pueblo no es información. Tiene afinidad con el símbolo. Es, él mismo, hermenéutico. ¡Si esto no es el pueblo, el pueblo ¿dónde está?! Pero nadie ha visto nunca al pueblo. Permanece oculto, y cuando emerge: une a los oprimidos; y los expresa: simbólicamente. Al hacerlo, se producen muchas nociones sobre el campo popular, pero ninguna lo “concibe”. Esto quiere decir que intentar limitar, concebir, definir al pueblo es una creación de nuestro pensamiento. Pero el pueblo es más grande que nuestro corazón.

Nadie entiende al pueblo; el campo popular no es un asunto del entendimiento: es nuestra propia sensibilidad en el mundo. Es un ideal de redención, una sustracción del concepto, del orden de la opresión, cualquiera sea ésta. Una promesa de justicia. Solo en este sentido místico: el pueblo jamás se equivoca. Y, nunca sabremos, a ciencia cierta, lo que un pueblo es.

No obstante, la repetición de las derrotas históricas no cesa de indicarnos, más bien, lo que no es.

Pareciera que hemos producido un razonamiento circular. Intentamos, sin embargo, afirmar algo muy concreto: que la más simple experiencia en el campo popular rompe nuestro aislamiento y soledad.

El campo popular es lo extraño, lo ajeno irreconocible, rechazado, extirpado por el peso de la conquista, todo lo que ella nos falseó para que sintamos ése orgullo nacional, patéticamente, limitado, deportivo; el pueblo clama un devenir consciente de esas raíces sangrientas raíces que quebrantan nuestra identidad, respetándola.

La Patria no es; será siempre, más allá del bien y del mal: lo que falsea la tierra del pueblo para que éste decida morir por el estado.

Quizás, así, interiormente exiliados, de esos viejos ídolos (vueltos más fuertes que nunca; parlamentarios de la nación última, la màs grande, global)…. Interiormente exiliados, dejaremos de apoyarnos en aquél que nos golpea.

Y concebiremos un mañana… Desbordante de justicia.

16/12/2017

L.S.

Texto leído en RADIORUIDO x el Ruso Verea, acá el podcast para escuchar el programa

La disciplina del puño (2014)

A Dos Minutos, por tanta música, por tanta alegría

La disciplina de la calle encuentra al boxeo, es un trabajo de iniciación: El boxeador, el pugilista, esgrime un saber del cuerpo. Los clubes de boxeo de los barrios negros de Chicago no fueron solamente el refugio de los tiros y de la sustancia en ciudades fantasmas, con decorado gansta, ventanas atrancadas con tablones, carteles de comercios antes prósperos cubiertos de hollín, industrias que son galpones harapientos: La muerte reparte la sortija del desempleo pandémico. De este entorno hostil, nace, como flor de loto de la violencia, la sociabilidad protegida del Gimnasio, los clubes de boxeo. Espacio relativamente cerrado, pletórico de códigos, donde las presiones de la calle encuentran el oxígeno de un límite y una catarsis productiva, allí el guetto se piensa virtuoso. Las cuatro paredes que gobiernan el puño son todo el asunto… Y el honor masculino le canta al orgullo de una tradición y de una pertenencia.

En los clubes de boxeo, la conversación es un ritual. El orden de quienes tomen la palabra es una jerarquía con la cual hay que hacerse, el respeto tiene el peso de lo merecido. Los entrenadores tiene preferencia, algunos viejos que frecuentan los gimnasios buscan la joya que brota de cualquier lado del humano. Un leve tufillo de empleados municipales se levanta como de fondo, puede ser mate de la mañana tempranera, “mi madre se siente orgullosa de mí”, lo profano, lo degradado por la sociedad desocupado es ahora motivo del sacrificio: El mundo sagrado de quien sabe evitar los golpes de la vida, del puño.

El arte masculino de la piña es una ética. La tele solo nos presenta las putas y las causas penales del pugilista, pero estos hombres suelen alcanzar otras alturas más allá de las tentaciones del poder. Nadie logra hacerse con el saber del pegar si la energía física, mental, emocional no se encamina, metódicamente, y consigue en el cuadrilátero la revancha que la psiquis desea en lo inconsciente. Todo pugilista, boxeador de sí, moldea su relación con el acto del comer como una actividad fisico-simbólica, incorporada, analizada con medicina, un momento del oficio. En este catecismo, la energía no puede disiparse. La vida personal no aumenta, sino decrece, se concentra toda en el cuadrilátero. La ascesis recorta en lo sexual y en la joda de los amigos. El interés pugilístico debe acapararlo todo, el músculo debe escribir la ley de esta ascesis como una escritura del cuerpo: levantarse al alba para correr, fichar en el gimnasio cada tarde, son 15 o 20 rondas de boxeo con la sombra, bolsas, sparring, saltar la soga, volver derecho a casa, baño, descanso, retiro temprano para las 8 horas de sueño. Austera, aburrida: el boxeador es un solo… Un eremita de barrio bajo.

Algo de toda esta sabiduría todavía se destila en los variopintos gimnasios de nuestro localismo; Paisaje de barrio donde los muchachos y muchachas, preocupados porlos rollos, las celulitis, el culo que se inclina y ve el infame desvanecerse de su forma firme, el transpirarse como pollo que revienta en microondas, los espejos que se comparan, el ritmo idiota de lo electrónico, las calzas, el henchido del Ego, bajo dosis, con esa creatina que promete un poco de brillo para la Disco del Sábado Frenético. Aunque, también, es posible encontra, en esas cuatro paredes que llaman al trabajo del amor propio, una forma de conciencia sobre la conducta: la posibilidad de la salud.

También podríamos hablar del Negocio mundial. El que se implica en las grandes cadenas del deporte espectáculo, los relatos del estrellato, el cúmulo de verdes que rodean al boxeador… la sonrisa de los excesos que se siguen, uno a uno, al ocaso de aquella virtud trabajada con paciencia de orfebre… Anuncian el desparramarse de toda clase de vicios.

Pero esa es la historia, la que ya conocemos, la del éxito y la caída: el juego de vampiro de la masa y del periodista.

dos potencias se saludan

Confederación General del Trabajo.

El sindicalista profesional cuenta fichas de desafiliación,
tiene las dos manos atadas,
una al estado; otra a la masa que reclama salud;
el plano de su negociación es indefinido;
Quiere volver a manejar la comodidad de su burocracia,
con teléfono, agenda, y cenas tras cenas,
hinchando la panza y el ser caudillo;
Pero la rosca en la cual se enrosca ahora gira en la nada;
Mientras una música de protestas ensordece delegaciones y seccionales,
mira el reloj, sin tiempo para que paguen, quienes obedecen, el precio de la desconfianza obrera;

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Entonces retorna el rostro del honor,
Y afirma:
“Te ofrezco la traición,
Te devuelvo la palabra:
Yo soy la tradición”.

30/08/2017
L.S.

Sabiduría de la decadencia (fragmento)

La decadencia puede ser pensada como idea, cultura, proceso social, lógica del nihilismo. Aquí hemos preferimos pensarla como escritura: una escritura reaccionaria que guarda, oculta, sabiduría sapiencial. Sapiencial es aquél relato que le habla directamente a los límites humanos para que éste, finalmente, los acepte. Es un testimonio de la humillación del hombre como esclavo de su creación. Es una sabiduría, psicológicamente, paranoica; políticamente reaccionaria; estéticamente alemana; intelectualmente furiosa: Nietzsche, Weber, Spengler, Schmitt, Heidegger, Luhmann. No es una reflexión sobre el futuro, sobre el porvenir, como el deseo de una juventud teórica que trabaja las fuerzas del presente para la preparación revolucionaria de la sociedad libre. Es una reflexión sobre las dramáticas consecuencias del nihilismo en el sentido del acecho permanente de la muerte, la inseguridad, la fragilidad de la existencia —golpeo las cosas, aquí y allá, para ver si dan o no ese sonido vacío, si hay aún en ellas algo serio, grave, de peso en las cosas… ¿cómo volver a darle peso a las cosas? ¿cómo volver a interpretarlas?— al mismo tiempo que vuelve sobre el pensar la necesidad de belleza, verdad, entendimiento, madurez, sistema. La decadencia es, superficialmente, un pensamiento sobre la sociedad. Profundamente, es una reflexión sobre el tiempo, la finitud, la destrucción del hombre como señor de la historia.

El valor del hombre no se ha enaltecido porque todo lo que podía mediante el ser vivo del trabajo, con relación a Dios, se realizó, fetichísticamente, como mercado mundial del capital. Al contrario, desapareció, junto con dios, realizando la riqueza abstracta contra el fantasma recurrente del hambre y la escasez. La decadencia es el ideal del yo que sólo piensa con dinero: el burgués. No exige acabar con el trabajo, pero tampoco presta consentimiento para abandonarlo. Una vieja sabiduría que no sirve, ni de consuelo, ni de guía, cuando estamos en crisis, pero ninguna lo hace. La sabiduría no es utilitaria. No es un remedio, ni cura, algo que hace que duela menos. Pero ella alumbra el dolor, con una perfección que nos absorbe, dotándola de sentido. El sentido es el elixir de la existencia: el propio dolor es el logos que enlaza afecto, pasión y sentimiento con el pensar. La decadencia es un pensamiento sobre la derrota como condición ontológica de la dignidad. Un furibundo retiro de catexis que vuelve sobre el hombre para hacerlo consciente de su desmesura.

 

El rasgo, quizás, central del pensar de la decadencia es su diferencia con la dialéctica como sobrevaloración del objeto amado. La sobrevaloración de lo amado es distinta a la enajenación. En la enajenación hay una promesa, siempre pasible de liquidarse, de recuperarlo todo como universal concreto. Sea éste Dios, Estado Ético, Revolución Proletaria. En la sobrevaloración de lo amado hay una advertencia trágica, fáustica, con respecto al objeto: la intensificación de la personalidad del amado actúa no como una ampliación de la vida sino como la intensificación de un infierno personal. El humano se hunde cada vez más hacia abajo y hacia fuera mientras se inclina con impotencia y angustia frente al abismo del sin sentido. Tal, el mundo que entierra la persona[1] y encumbra la comunicación.

La decadencia nos pone frente a frente con el nihilismo: libros como La decadencia de Occidente, Ser y Tiempo, La genealogía de la moral, La sociedad de la sociedad, van más allá de todos los libros. Nos marcan, con verdades crueles, nos volvemos parte de sus escrituras. El humano se empequeñece, el mundo se achica, el hombre pierde valor… No deberíamos resignarnos. Puesto que esta sabiduría, popularmente, lo aceptaría así: lo chiquito es ya grande y lo grande: falso.

La decadencia funda un segundo socratismo: socratismo del poder y de la técnica, urgencia del saber del no saber, ya no salvación cristiana del hombre por el hombre sino recogimiento trágico del humano frente a lo humano:

ADRASTRO. — ¿Acaso los siervos los levantaron con desagrado del montón de muertos? MENSAJERO. — Ningún esclavo se encargó de este trabajo.
ADRASTRO. — ¿Entonces fue Teseo en persona quien lo hizo?
MENSAJERO. — Así lo afirmarías, si hubieras estado presente cuando mimaba los cadáveres.
ADRASTRO. — ¿Lavó él en persona las heridas de esos desdichados?
MENSAJERO. — Si, y les tendió yacijas y cubrió sus cuerpos.
ADRASTRO. — ¡Terrible peso y lleno de vergüenza! M
ENSAJERO. — ¿Por qué van a sentir vergüenza los hombres por sus mutuos males?
Eurípides

El hombre en la plateada montaña.

Con el ternero, el pueblo había puesto al ídolo, ese rudimento del Estado, como conducción,

Y a la prostitución como destino del hombre falso,

Pero el dinero del dios fue destruido por el Acontecimiento,

Un rostro radiante, iluminado por el fuego del Creador, bajó por la montaña llena de luz, plateada por el Testimonio, se mostró una sola vez ante los mortales;

Luego debió ser cubierto, y solo ante lo Absoluto, dejaría mostrarse como tal;

A partir de allí, la palabra verdadera, la que ha vuelto al ser sagrado, vela su sentido terrible,

Y se oculta, como verdad, a los oídos de los vanidosos,

Porque es el ojo que observa, nuestra débil humanidad, desde adentro.

 

Belleza de la confianza,

Electricidad de la fe,

Una poesía escrita en el Arcoíris.

a 41 años de Rainbow rising

25/05/2017

L.S.

El hombre en la plateada montaña

Sobre “La chica del tren”.

20170325_174634Vemos, a través de una ventana, el espejo de nuestros ideales. Proyectamos una felicidad en los otros hecha de nuestras miserias, resentimientos, envidias, fracasos. El tiempo corre, al igual que un tren que se desplaza, hacia la repetición de la rutina —esa que tanto detestamos pero a la cual nos aferramos, por lo menos, con una forma— y la biología nos urge con el peso y la coerción que la sociedad ha puesto ahí… como destino del amor: una casa, una familia, el besarse de la pareja en la terraza, la foto de la cena, el hermoso bebe; sano, con su padre que llega del trabajo, la niñera que ayuda. Pero, debajo del ideal, arden los infiernos. Y, lo que se presentaba como delirio psicótico de una mujer, testimonia el rostro inenarrable del agresor verdadero; la eficaz identificación con el abusador. Un film pensado desde el género, dibuja esos lugares comunes que acechan, prejuiciosamente, el desamor de solos y solas. Es cuando llega la venganza real, una inesperada alianza, que romperá, definitivamente, el falso marco de las sonrisas y selfies matrimoniales.

25/03/2017

L.S.